Abelardo Martín M.
Acapulco, la joya electoral
Prometer, prometer es el único objetivo de las campañas electorales, hasta convencer a los votantes de que el prometedor sí resultará distinto, diferente, a los anteriores que, al ser electos, olvidaron sus promesas.
Congruencia entre el pensar, el decir o prometer y el hacer es lo mínimo a que estarían obligados los candidatos, pero la sociedad mexicana es laxa, engañable y manipulable. Se le ha formado para ser (y estar) desinteresada de la cosa pública. Sabe que los políticos se sirven de los cargos y que siempre es mejor ser amigo o pariente del ganador, del exitoso porque en la repartición de puestos, posiciones o poder, se obtendrá alguna utilidad.
Acapulco, en Guerrero, es la joya electoral, pues da glamour y nadie en sus cabales puede estar en contra de su rescate como el principal atractivo turístico nacional. Menos cuando el hombre más rico del mundo, el ingeniero Carlos Slim, decidió abanderar y encabezar su recuperación, no sólo de propósito o de palabra, sino con hechos.
Por eso a la hora de caravanear con sombrero ajeno, están más que puestos el gobernador, el presidente municipal, el Congreso del Estado y la clase empresarial para, a la hora de las fotos, aparecer junto al impulsor del centro histórico de la capital de la república y, quiérase o no, el que cambió el espectro de las telecomunicaciones en México.
Desde el presidente de la República para abajo, hay la intención de recuperar a Acapulco, pero habría que separar entre los propósitos y las realidades.
Entre los hechos está que el primer fin de semana de abril, un pelotón de soldados mexicanos fuertemente armados abordó a Kerry Kennedy, hija del asesinado candidato presidencial Robert F. Kennedy, mientras ella y su hija, de 14 años de edad, viajaban en una carretera de Guerrero para asistir a la misa de pascua del domingo.
El incidente ocurrió cerca de Acapulco, cuando el ejército mexicano es objeto de observación y escrutinio por supuestas violaciones a los derechos humanos. Como se sabe, especialmente Acapulco ha sido reforzado con la presencia de la policía federal y el ejército para detener la ola de violencia que se apoderó del puerto en los últimos años.
Kennedy, presidenta del Centro Robert F. Kennedy para la Justicia y los Derechos Humanos, iba acompañada por el defensor mexicano de derechos humanos Abel Barrera y un equipo de abogados que intentó explicar al comandante de la unidad que los soldados estaban violando la legislación mexicana, argumentación que no fue atendida. . “Fuimos detenidos, acosados y amenazados por ocho soldados en uniforme de combate portando armas automáticas”, relató Kennedy en su último artículo escrito para el Inter Press Service, en el que narra su experiencia.
Se explicó al jefe militar que éramos una organización internacional de derechos humanos, pero el teniente responsable del retén exigió inspeccionar nuestras pertenencias en busca de narcóticos. Enfurecido y amenazante dijo: “Yo soy la autoridad, yo tengo el poder.” En ese momento, mi corazón se detuvo. Kennedy, una prominente escritora católica y desde hace tiempo activista de derechos humanos, tenía motivos para sentir temor.
Un informe de Human Rights Watch de noviembre de 2011 encontró que tan sólo en cinco estados mexicanos, entre ellos Guerrero, las fuerzas de seguridad son presuntas responsables de “más de 170 casos de tortura, 39 ‘desapariciones’ y 24 ejecuciones extrajudiciales desde que Calderón asumió el cargo en diciembre de 2006.”
Un reciente artículo del Wall Street Journal informa que “los procuradores militares dicen que están investigando más de 3 mil 500 casos de violaciones a los derechos humanos presuntamente cometidas por soldados, incluidos casos de asesinatos, violaciones y torturas.” El domingo 8 de abril, Kennedy y su hija adolescente en camino a la iglesia temieron convertirse en otras víctimas de la guerra contra el crimen organizado y el narcotráfico.
La recuperación de Acapulco es un propósito urgente, necesario y emblemático. Qué bueno que acudan los candidatos a la presidencia, los políticos y los grandes empresarios a tomarse fotos, pero también hay que provocar que los objetivos de la imagen se correspondan con las acciones y los acontecimientos de la realidad. La joya electoral, de ese modo, dará más frutos.




