José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Benita
Benita Galeana falleció el 17 de abril de 1995, hace 17 años. Murió en la ciudad de México, a la que desde muy niña ansió ir y a la que pudo llegar allá por 1925, con una trenza por delante y otra por detrás, sin saber leer y sin conocer a nadie más que a su hermana Lupe. Setenta años después, a despedirla, a dedicarle el último gran aplauso, acudieron no sólo militantes del Partido Comunista, sino también escritores, pintores, maestros y maestras, amas de casa y trabajadores que la habían conocido o que habían escuchado su arenga justiciera y demoledora: entre todos entonaron La Internacional y lanzaron porras a la destacada luchadora comunista.
Benita publicó dos libros: Benita (1940) y El peso mocho (1979). Sin imprimir dejó Actos vividos. El peso mocho es un conjunto de relatos sobre parientes y vecinos imaginativos de San Jerónimo, Guerrero, su tierra natal (1907), con sus creencias, modos y costumbres, entre hechos sobrenaturales y chismes excesivos correspondientes.
La infancia
Benita se divide en dos partes: La Infancia y En la lucha. En la primera, la autora presenta personajes y sucesos primordiales de su infancia (la forma atroz en que se fue forjando su carácter), al tiempo que repasa la verticalidad del poder económico y machista de su pueblo y nos deja atisbar etapas de la Revolución Mexicana en la Costa Grande de Guerrero.
En El Peso Mocho, al referirse a los decires y fantasías del pueblo, escribe que “empieza el dícere y otras personas le aumentan otras palabras y de boca en boca se va haciendo un libro hablado pero con sabor auténtico…” Benita también puede ser catalogado como libro hablado, no porque se sobreponga a la realidad, sino porque Benita cuenta sabroso, en forma ligera, a lo costeño, como si estuviera platicando con uno. Si el libro es importante porque traza la elipsis de vida –del analfabetismo a la militancia política– de la autora, su substancia narrativa reside en el estilo platicado y en la proliferación de anécdotas significativas. Con algunas de ellas trataremos de seguirle los pasos a Benita Galeana.
Su padre era un hombre “muy bueno” y además “el más rico de la región”: “a veces –le contaron– se llenaba las bolsas de la silla de montar con dinero, y se iba por el campo repartiendo monedas a los pobres”. Muere la esposa, Genaro se tira a la borrachera, pierde su capital, y fallece. Benita tenía dos años y pasa a manos de su hermana Camila, que prácticamente la esclaviza:
Allí empiezan mis memorias –dice Benita–. Las primeras palabras que recuerdo son éstas:
–Pero mujer, ¡si está muy chiquita!
–¡Qué chiquita, si ya está bastante grande! ¡Ya tiene seis años! ¡Ya está buena para que me ayude a trabajar… y por eso la chingo, para que aprenda!
Aprendió a hacer jabón, queso, dulces, tamales, tortillas que iba a dejar a sus hermanos, y a sembrar, a cosechar, a matar puercos, ordeñar vacas e incluso a pelear con cocodrilos. En cambio, Camila “me pegaba con machetes, con palos, con lo que encontraba… o me arrastraba de los cabellos…” Cierta noche, el marido de Camila se acerca a su cama, quiere tocarla, y al segundo intento que hace Benita le corta dos dedos de una cuchillada.
Huye del pueblo con unas amigas, pero no tardan en alcanzarlas. Entonces me colgaron de una reata y me quemaron los pies, con una hoguera hecha con hojas de maíz. A los trece pide su mano un viejo carcamán que había dejado reguero de esposas muertas, y lo deja plantado. Guadalupe la arranca de Camila y se la lleva con ella a Acapulco. Como todo lo que la rodea, el hecho está cargado de violencia:
–Córrele –me decía Guadalupe.
Yo me pasé por entre los alambres desgarrándome el vestido. Camila seguía gritando insolencias y amenazando con el cuchillo:
–¡Nos volveremos a ver, hija de la chingada!
–¡Tú chinga a tu madre, cabrona!
En el puerto aprende a bailar, a estar en sociedad. Uno de sus parientes es el general Lacunza, quien “como nosotros quedamos pobres ya no nos reconoce”; otro es el gobernador Rodolfo Neri. No los iba a ver porque no quería que le tuvieran lástima. Desde los ocho años, su sueño es irse a México. Cuida su virginidad (su único capital social), pero, quinceañera, entra en la dinámica de amores desavenidos que la mantendría compungida y alerta mucho tiempo: tras tener una hija con un escribiente controlado por su celosa madre, regresa a su pueblo y, con tal de ver bien a su hija enferma, se va con un general. Va a la iglesia, pero no reza: Si Dios viviera yo no hubiera sufrido tanto.
Entonces –dice luego– me prometí a mí misma no volver a rezar, porque se sueñan cosas feas.
Un mezcalero le promete buena vida, le asegura “¡nos iremos y no volverá!”, y se va con él. Durante el viaje, acosados por gente armada de Rosalío Radilla, salva la vida y el dinero del mezcalero; éste resulta ser casado, pero le guarda tanta devoción que desdeña a la esposa y le pide a Benita que se case con él. Ella no sólo no está de acuerdo: se indigna y decide irse. El mezcalero no la deja salir, y Benita le dice: “Bueno”, y consiente quedarse, siempre y cuando le prometa que no va a dejar a su esposa.
No le importa que el mezcalero tenga esposa y otras mujeres: no lo quiere, pero con él tiene para comer y vestir bien. Unas amigas la invitan a ir a México. El mezcalero anda fuera y Benita ve la gran oportunidad. Viaja con sus amigas a Tierra Colorada, donde cobra una buena lana que le debían a su marido, y con ese dinero se larga, por fin, a la ciudad de México.
En la lucha
Llega con su hermana Lupe que, para variar, la trata mal. Quiere volver por su hija, pero equivoca de ruta y termina juntándose con el auditor ferroviario. Se baja del tren cuando se sube al taxi que maneja un joven llamado Manuel Rodríguez. Un accidente de tránsito obliga a Manuel a huir, y, solitaria, otra vez sin dinero, Benita acude a El Viejo Jalisco, un cabaret de San Juan de Letrán. Ahí toma ponches y propinas y se refocila relatándonos lo que le pasó con un ex gobernador que la veneraba y con la esposa de éste, o cómo le hizo para que el que afirmó que Benita era virgen le ganara la apuesta al que aseguraba que no.
Manuel reaparece y le da dinero para que vaya por su hija. Le va tan bien que, cuando ella vuelve con Lilia, él ya se consiguió otra mujer. Vuelve a El Viejo Jalisco. Manuel regresa, le promete “vida nueva”, ingresa al Partido Comunista y cae preso el Primero de Mayo. El Partido Comunista le manda un saludo y le pide que asista a un mitin y que hable en defensa de su marido. Por el camino me fueron explicando qué cosa era el PC; por qué luchaba Manuel; por qué lo habían aprehendido… Fue la primera vez que habló en un mitin y que la metieron a la cárcel. Salió a los cinco días, pero como en el mitin que siguió pidió la excarcelación de su marido y además protestó “por la agresión del Japón a China”, fue encarcelada de nuevo. Hasta que salen los dos. No es el primer hombre (ni el último) que Benita salva y que luego le pagará mal. “Benita acepta las imposiciones a su sexo pero resiente la incomodidad social y las humillaciones económicas de la dependencia sexual”, según Carlos Monsiváis, para quien Benita “no vive su sexualidad como acción expresiva o definición personal”: la incluye, “sin decirlo, entre sus responsabilidades primordiales, el primero de los pagos de una mujer”.
Poco habla la guerrerense de momentos dichosos, pero afirma que con Manuel “volvimos a ser felices. Ahora, él me explicaba todas las cosas –la jornada de ocho horas, el comunismo– que yo no entendía bien”.
Es Jorge Piña, sin embargo, quien más le enseñó sobre la lucha de clases, el proletariado, el combate frontal al callismo, al tiempo que le explicaba “por qué los comunistas andaban siempre sin dinero” y no tenían ni para comer. La más reciente separación de Manuel “no le puede mucho” porque ya ingresó al PC. Pegó carteles, habló en tantos mítines que ya se tuteaba (a fregadazos y mentadas de madre) con los policías, y en la cárcel le tenían miedo a los escándalos discursivos que armaba. “¡Yo ya me sentía en la cárcel como en mi propia casa!”, presume, con razón, ya que visitó el bote en 58 ocasiones. Casi alcanza a José Revueltas, quien se pasó más de la mitad de su vida tras las rejas. En dos ocasiones entró a la cárcel con el autor de El Apando: la segunda aprehensión le valió a Revueltas su primera visita a Los muros de agua de las Islas Marías.
Otra vez Manuel, a quien el Partido acusa de trotskista. Con Juan Marinello y Valentín Campa, Benita participó en el truco que tuvieron que hacer para que las cenizas del revolucionario cubano Julio Antonio Mella llegaran a la isla. De vuelta al bote, junto con Marinello, German Lizt Arzubide, Mirta Aguirre y Juan de la Cabada (quien –se decía– le robó a Benita su relato María La Voz, y del que se chismoseaba que era el arreglador estilístico de Benita).
A partir de que, entre mentis y veras, Revueltas expulsa a Benita del PC y terminan agarrándose “a trancazos”, Benita escribe sobre “algunos” errores del Partido, en especial aquellos en que ella se incluía: Ya sé que no soy nadie en el Partido. Un miembro más de fila, atrasado políticamente. Pero nunca sentí que los dirigentes… mostraran ningún interés por encauzarme, por mejorar mi trabajo revolucionario, por hacer de mí, aconsejándome o estimulándome, una luchadora más consciente y capaz. He sentido que me han dejado sola con mi ignorancia… Si el Partido, con todos sus errores ha logrado transformar mi vida, ¡qué no haría si corrigiera esos errores!
Regresa al cabaret. Se va con un gringo a Tampico. Lo deja por ir a sacar a Manuel de la cárcel. No regresa con el gringo, pero tampoco se va con Manuel “porque siendo trotskista no merecía que una mujer revolucionaria se ocupara de él”. Y –ora sí– lo dejó de querer.
Otro traidor, para Benita, era Rubén Salazar Mallén. Se mofa de su cojera y de sus rudos modos porque “siempre salíamos de pleito con él en las sesiones”, y porque “nunca llegó a entender la línea del Partido”. Quizá también porque “la última vez que lo encontré me dijo:
–¿Cómo está Benita? ¿Sigue usted siendo valiente? ¿Sigue usted militando bajo sus compañeros?”
Un anciano bondadoso, un millonario cruzan velozmente por la vida de Benita. Se junta con Humberto Padilla, y sigue luchando en el Partido. Mítines, desfiles, discursos contra Ortiz Rubio, permanente confrontación con la policía y el ejército. Un día despotricó contra Lázaro Cárdenas, erróneamente, reconoce después, porque “entonces no lo conocíamos y el Partido tenía una línea equivocada”.
Humberto la deja y ella sube 10 kilos de peso. A un viejo amigo le cuenta que está escribiendo un libro. No le dijo que éste se iba a llamar Benita.
Para Monsiváis, la experiencia de Benita es, si no típica, “generosamente sintomática. Su narración –apunta– concluye en los años del cardenismo, antes del auge capitalista y la impotencia radical frente al desarrollismo. Ya se instalan, en medio de su denuedo, crítica y resentimiento”…
En el último capítulo es 1940 y aunque Benita tiene sólo 33 años, se niega a subir al estrado, a hablarle a la gente. Cuando tuvo que hacerlo, alguien exclamó:
–¡Coño! ¡Qué voz tiene esa mujer!… Si el Partido se hubiera preocupado por educar a esa mujer, tal vez tendrían una Pasionaria en México… –tiñendo la nostalgia revolucionaria con emociones propias del heroísmo:
Y ella estaba orgullosa, contenta de sentirme la Benita libre de otros tiempos, segura al contacto de las masas, dispuesta más que nunca a continuar luchando al lado de ellas por sus reivindicaciones inmediatas.
“Tal hambre de hazañas y de exhibición de convicciones –concluye Monsiváis– no los llevó al poder ni encumbró a las masas. Pero integró y sigue constituyendo la mejor tradición moral de la izquierda mexicana”.




