Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Míster Jenkins

 (Tercera y última parte)

 Autosecuestro

 –El secuestro de Jenkins es una farsa– habría asegurado desde un principio el presidente Venustiano Carranza. Su estado era lamentable, casi catatónico a raíz del deceso de doña Virginia Salinas, su amantísima esposa.

–No pagaremos ni un centavo de rescate.

Los plagiarios, frente a la cerrazón carrancista de negarse a cubrir los 300 mil pesos del rescate, en monedad de plata y oro, recibirán los 20 mil ofrecidos por la familia en calidad de “enganche”. El general Federico Córdova, jefe poblano del “Ejército Restaurador de la Constitución de 1857” había ejecutado personalmente el secuestro. Su argumento: demostrar al mundo el desinterés de la dictadura de Carranza por proteger a nacionales y extranjeros.

–Es cosa de los gringos–, susurrará Carranza con la mirada líquida, extraviada.

Los periódicos de William Randolph Hearst (el Citizen Kane de Orson Wells ) se esforzarán por repartir su propia “hazaña” de 1898. Cuando a raíz de la voladura del acorazado Maine, anclado en la bahía de La Habana, Cuba, prendieron la mecha para la guerra entre España y Estados Unidos. Por su lado, el senador por Montana se desgañitará en el Capitolio urgiendo el “desembarco” de los marines en Puebla para rescatar a Jenkins. Pese a todo, el pueblo estadunidense no caerá esta vez en la trampa poniendo oídos sordos a los tambores de guerra.

–Fue autosecuestro–, insistirá el presidente Carranza sin poder contener un ataque de sollozos ahogados.

La investigación del plagio, amañanda por supuesto, revela que no hubo tal y que la farsa habría sido preparada por el general Córdova y el propio míster Jenkins. Este es arrestado bajo los cargos de falsedad en declaraciones judiciales y desacato a la autoridad, fijándosele una fianza de mil pesos. Se negará a pagarla optando por la cárcel aunque con atenciones especiales.

 La guerra

 El secretario de Estado estadunidense advierte en nota diplomática a Carranza que le irá mal a México si su gobierno persiste en molestar al cónsul de Puebla. Hará comparecer, por otro lado, al embajador mexicano en Washington, Ignacio Bonilla, un oscuro personaje al que el “viejo barbas de chivo” le ha echado el ojo para sucederlo en la presidencia. A Lansing sólo le faltará nalguearlo.

–En México, señor secretario, se respeta la división de poderes. Por ello, en el caso que nos ocupa, bastará que señor Jenkins pague la fianza fijada por el juez para que obtenga su libertad inmediatamente.

Bonilla está aterrado: le tiemblan las corvas y ya siente mojado su asiento.

–No me venga con legalismos ni estupideces, señor embajador– estalla Lansing. El señor cónsul está arrestado porque así lo quiere Carranza y saldrá libre sólo cuando quiera Carranza. Yo le aconsejo que sea pronto porque de lo contrario la indignación del pueblo exigirá la ruptura de relaciones con su país y usted sabe que después de eso casi inevitablemente entraremos en guerra.

–Hummm, ya lo decía yo: es cosa de los gringos para favorecer a Obregón–, confirmará un presidente Carranza para quien la vida ya no tiene sentido sin su compañera de toda la vida.Las intenciones beligrantes del obtuso secretario de Estado del vecino país serán nulificadas por dos acciones en apariencia insignificantes. La dulce Edith no permitirá el acceso de Lansing al cuarto de enfermo del presidente Wilson, y aún más, le arrebatará de las manos el cartapacio conteniendo los planes para la invasión a México. Por el otro lado, un gringo llamado James Salter, agente vendedor de bandas y correas, se entera de que un paisano suyo necesita mil pesos para salir de la cárcel. Se presenta al juzgado y deposita anónimamente los mil pesos de la fianza. La de Jenkins, quien ya no podrá permanecer encarcelado.  

Ley mordaza  

Gobernaba Puebla entonces Alfonso Cabrera, hermano de don Luis Cabrera, el talentoso secretario de Hacienda y consejero de Carranza. Encabronado porque su carnal ya no sería presidente de la República, pues el “pinche barbón había escogido ya al pendejo de Bonilla”, la emprende contra la prensa. Promulga una ley “candado” con un artículo único: “Se prohíbe caricaturizar, ridiculizar o simplemente exponer defectos del gobierno por medio de imágenes y escritos” (¡Ay, los moneros de El Sur!).Carranza sabe que su ruta no tiene retorno. Se dirige a Veracruz para salvaguardar como Juárez la majestad de la república. No llegará a su destino porque en la sierra de Puebla es acribillado dormido (21 de mayo de 1920). Se insinuará por primera vez la extraña versión de “sucidio asistido”, en este caso la guardia personal del presidente, a sólo seis meses de la muerte de doña Virginia Salinas de Carranza.

 Reptil  

Dos meses antes de aquellos negros sucesos, Richard Lansing había sido echado por el presidente Wilson porque lo sigue considerando una “víbora”. Ya fuera del gobierno, el ex secretario de Estado persistirá en su idea obsesiva de dominar a México. Para entonces ya habrá desechado la invasión armada –“podrían morir connacionales y destruirse muchas de sus porpiedades”. Dictará entonces un método tan sutil como efectivo cuya aplicación exitosa no llegará a conocer a partir del gobierno de Miguel de la Madrid y hasta el foxiano actual. Se incluye, por supuesto, a Salinas y Zedillo.Helo aquí: México es un país extraordinariamente fácil de dominar porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente. Tenemos que abandonar la idea de poner en la presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que eso llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo; debemos abrirle a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto al liderazgo de Estados Unidos, México necesitará de administradores competentes. Con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la presidencia. Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queremos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros.

 La unidad escolar Jenkins

 La gráfica aquí reproducida sobre la donación al puerto de la Unidad Escolar Mary Street Jenkins, fue portada del semanario Crítica, siendo el columnista directivo.“La gran amistad que hubo entre el desaparecido William Jenkins y el doctor Ricardo Morlet Sutter, así como el cariño que el filántropo sentía por Acapulco, le hizo prometer al actual presidente municipal que donaría a la niñez estudiosa porteña un gran centro escolar. Jenkins no pudo cumplir la promesa o al menos verla cumplida, porque la muerte lo sorprendió cuando se realizaban los proyectos.“Sin embargo, la Fundación con el nombre de la esposa del empresario, Mary Street Jenkins, se encargará de entregar el mes próximo la unidad escolar que tendrá un costo aproximado de tres millones de pesos. Un millón habría costado el terreno donde estuvo el hotel La Quebrada y el resto la obra”.“Jenkins le pone el ejemplo a tantos hombres de empresa que se han enriquecido en este puerto y que lejos de ayudar a su progreso sólo exigen más y más sin ofrecer nada a cambio”.Las líneas estas últimas del director de Crítica, Jaime García Guillén, escritas el 16 de agosto de 1965 y no ayer como pareciera…

 Paredón  

Rafael Ruiz Harrel, El secuestro de William Jenkins, Planteta, 1992.
Enrique Díaz Clavel, Mi testimonio, Cem, 1995.
Humberto Musacchio, Diccionario Enciclopédico de México, 1989.
José Rogelio Alvarez, director, Enciclopedia de México, 1968.

Manuel Espinosa Iglesias, Mary Street Jenkins Fundation, Beatrice Truebood, 1988.

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