Anituy Rebolledo Ayerdi
El señor diputado
(Sexta y ultima parte)
Chales
La bahía de Santa Lucia ha dado abrigo a través de los siglos a barcos de muchas banderas –la australiana desplegaba en los veleros que surtieron de carbón al puerto hasta antes de brotar el petróleo. Pero sólo dos de ellas serán familiares a la población por su presencia onstante: la de las barras y las estrellas y la del sol naciente. La estadunidense, tendrá una mejor acogida por parte de los acapulqueños y no lo será por prejuicios raciales sino por razones tan prácticas como el bisne.
–No hay comparación posible–, avala Doroteo Lobato. La minería gringa desembarca dispuesta a vivir excesivamente las 24 horas escasas de una licencia; como si fueran las últimas de cada existencia. Los japoneses, en cambio, se dedican a tomar fotografías y no entran ni por equivocación a una cantina. Adquieren alguna artesanía o quizá un perico perro.
(Don Rosendo Pintos Lacunza, el cronista de Acapulco por excelencia, ubica los hechos en la primera veintena del siglo pasado. Los acapulqueños se sentirán ofendidos por la actitud de los tripulantes de las naves Asham y Kasagui, de la armada japonesa. No consumen alimentos ni bebidas durante sus periódicas visitas al puerto. Aún más, no aceptan agua siquiera porque cada marino trae colgada al hombro su anforita con té. Cuando aquellos escuchen los primeros comentarios adversos –“¿ quienes se creen estos pinches chales, acaso nos tienen asco?– entonces ya no desembarcarán. Luego dejarán de venir).
Ofelia
Un mesero interrumpe la disertación de Lobato para informarle sobre la presencia de un profesor tal. Lo hace con el premio de quienes han visto a la mujer vestida de blanco que se aparece allá por la ceiba de Icacos.
–No pasa nada– explica el anfitrión. Sucede que el profesor Prisco Vergara se torna un salvaje cuando escucha el nombre de su señora madre en un sitio pecaminoso como este. A raíz de que Vergara atacó a botellazos a un trovador cuando cantaba el vals Ofelia, que así se llamaba la madre, tomamos nuestras providencias. Quitamos la pieza de la rockola y advertimos del peligro a los cancioneros ambulantes. Todo está pues bajo control. Luego iré a saludarlo.
Retoma Doroche el tema del box pues ha recordado otro lugar habilitado para funciones de ese deporte. El palenque de gallos de don Amador Estrada, localizado en la esquina de Roberto Posada y Chinacos (hoy estacionamiento). Ahí vivieron momentos de gloria púgiles como Abraham Cuevas, El Brancho; Ramón Oliveros, Olegario Cuevas, El burro, e igualmente Ramiro Arteaga.
Y uno más:
El Triki triki, centro de espectáculos y de baile localizado en la calle Mina propiedad del compositor y promotor deportivo Juan Calleja. Fueron populares en su arena El Tigre Envenenado, El Ave Negra, El Veneno y Yuyín Castrejón, todos ellos de la época del relato.
Caguama
La ausencia de Lobato, quien ha abandonado la mesa para atender un llamado de la barra, es aprovechada por el señor diputado para reprochar una falta de atención culinaria. El habanero Ripoll ya empieza a trepárseme –acepta– y no es cosa pues de que uno tenga que salir de aquí gateando. El consumo de licor de aquella mesa, según reporte del cantinero, es hasta ahora de cuatro botellas de aguardiente de caña.
Doroche se parece cual genio de la lámpara. Como si hubiera escuchado el lamento del legislador va seguido por un mesero portando en la cabeza, sobre un yagual colorado, una charola enorme.
–Está científicamente comprobado– explica el anfitrión de La Marina –que esta botana quita la borrachera como por encanto. No me pregunten cómo y por qué, pero la quita. ¡Y vaya que ustedes la necesitan!
El diputado Bedolla, el reportero y los dos funcionarios trajeados se lanzan sobre la charola como chamacos sobre los restos de una piñata rota. Inhibidas formas y convenciones por el alcohol usan las manos y mastican ruidosamente al comer. Sin que nadie le haga caso, Lobato prosigue su disertación:
–Se llama “pecho tatemado” y corresponde a una receta tradicional del puerto. Es, como su nombre, pecho de caguama asado a las brasas, previamente condimentado con especias. Cuando ha llegado al punto de dorado se rocía con vino blanco y se sirve para comerse sin cubiertos, como ustedes lo están haciendo por pura intuición. ¿Qué les parece?
La falta de respuesta es asumida por Lobato como un elogio para su sorpresa culinaria y decide entonces sorprenderlos con una nueva.
–Esto es verdaderamente milagroso– exclama el diputado Bedolla. Me siento perfectamente bien e incluso la lengua ya no se me traba. Ustedes dos, por ejemplo, ya roncaban como fuelle antiguo y aquí al amigo periodista lo pillé sobándole las nalgas al jotito que nos atiende. Ora sí que el amigo Doroteo se voló la barda. Que delicia de comida y que efectos sorprendentes.
–Que bueno que les haya gustado– ataja Doroche que ha escuchado la ofrenda de Bedolla. Para mi, señor es un placer servir a los amigos. Lograr que ellos estén contentos es mi máxima felicidad.
Brinche
Y diciendo y haciendo. Lobato chasquea los dedos para que el mesero, a quien todos en el lugar llaman La Cayeyona, se acerque a la mesa portador de una charola tan suculenta como la anterior.
–¡Paella!– exclama el siempre despistado reportero de Trópico.
–No me chingue, periodista, ¿acaso pasaría yo por valenciano?– responde el anfitrión carcajeándose. Es arroz guisado, en efecto, pero nada tiene que ver con la paella. Contiene trozos de callo de lapa, caracol del conocido como burgao y otras “armas” secretas. Nosotros le llamamos brinche.
–¿Le digo una cosa, Doroche?– habla el señor diputado.
Cuando viví en la ciudad de México tuve la oportunidad de conocer muchos restaurantes, desde fotingos hasta casas de postín como L´Escargot y el Tupinamba, pero le juro que en ninguno saboreé las delicias con las que hoy usted nos has colmado. Me nace por ello del corazón, ora que sí hermano Lobato, como decía el buen San Francisco de Asís, hacerle un obsequio. Entregarle como prueba de amistad y agradecimiento mi charola de diputado a la XXXV Legislatura Federal. Está vencida desde hace seis años, como tu sabes, pero no dudes que te será de gran utilidad. Con ella, por ejemplo, podrás ahuyentar a una caterva de inspectores ladrones e incluso hacer cosas que tu decencia jamás te aconsejó hacer. Gracias, hermano Doroche.
–¡Señor diputado, señor diputado!, ¿y la entrevista?– persigue el reportero de Trópico al líder Bedolla.
–¿Pero quieres más?– responde aquél. Con lo que hoy escuchaste aquí, mi amigo tundemáquinas, puedes escribir hasta una novela. Suerte y no te me “desapendejes”.
(Sobre lo que fue La Marina de Doroteo Llobato se levantará más tarde un hotel de muchos pisos bautizado también con el nombre de La Marina. Su propietario, el camionero y banquero Antonio Díaz Lombardo, será director del Instituto Mexicano del Seguro Social durante el gobierno del presidente Miguel Alemán Valdez. Cuando alguien insinúe una desviación de recursos destinados a un hospital de segundo nivel, el político capitalino exigirá: ¡ pruebas, pruebas, pruebas! Pasará por alto, como muchos a través de los años, y hoy mismo, que, como lo dijo un señor diputado, se les acusa de rateros no de pendejos).
Paredón
Carlos E. Adame y Alejandro M. Carvajal, Crónica de Acapulco, CEM, 1975.
Luz de Guadalupe Joseph. En el viejo Acapulco, La Prensa, 1992.
Francisco y Lorenzo Liquidano y Alejandro Martínez Carbajal, Memoria de Acapulco, CEM, 1994.
Rubén H. Luz, Recuerdos de Acapulco.
José Agustín, Tragicomedia mexicana I, Planeta, 1991.
Humberto Mussacchio, Diccionario enciclopédico de México, PEV, 1989.
Casasola, Historia gráfica de la Revolución Mexicana, Trillas, 1960
Gonzalo NN. Santos, Memorias, Grijalbo, 1986.




