Anituy Rebolledo Ayerdi
Cómo han pasado los años (XXIII)
Holandeses
Fueron piratas holandeses y no ingleses los que en 1621 lograron interrumpir por más de un año el flujo comercial entre Acapulco y Filipinas a cargo de las Naos de Manila. No se trataba de asaltar a esta o aquella nave sino controlar el tráfico de especias y sedas. Además de los naturales apetitos de riqueza, tales acciones eran guiadas por una feroz sed de venganza contra España, cruel y despiadada durante la Guerra de los Treinta Años. Uno de los más célebres piratas holandeses, con patente de corso del príncipe de Nassau, estuvo en 1615 frente a la bahía de Acapulco sin utilizar su demoledora artillería. El corsario con fama de sanguinario exagerará incluso en cortesías y buenas maneras. Sus enviados solicitarán por la gracia de Dios agua y vituallas y los acapulqueños –convencidos de que en el pedir está el dar–, no se los negarán. Les entregan varias botijas colmadas en El Chorrillo además de gallinas, chivos, garrobos y armadillos. Devueltos estos últimos por ser considerados por los asustados holandeses como auténticos monstruos antidiluvianos. La porra mexicana debió llevar a Brasil garrobos y armadillos. Digo.
San Payo y Santa Sabina
La capilla de San Payo y Santa Sabina fue construida en 1675 a la entrada de la Real Fuerza (Fuerte de San Diego), dedicada por el castellano Juan de Zalaeta al virrey de la Nueva España de nombre Payo Enríquez de Rivera. La imagen de Santa Sabina, la verdadera advocación del templo, lucía en grandes dimensiones sobre del altar mayor y un poco más arriba una cita de Cristo. ¿Y San Payo?, se preguntaba la gente y no faltaba la piadosa que respondiera: “no se llama así por el santo, que a lo mejor ni existe, así le puso Zalaeta de puro barbero para quedar bien con el virrey”.
El templo medía 13 varas de largo por ocho de ancho. La pared principal alcanzaba las doce varas y tres cuartos de espesor. Una construcción localizada en el lado opuesto alcanzaba las 9 varas de longitud y 7 varas con tres de ancho (“vara”=0.835 mts.). Las paredes de cal y canto, y el resto de adobe mientras que el techo era de madera y teja. Una división de tablas en el interior de la capilla contenía cuatro lienzos con imágenes religiosas que alcanzaban las tres varas de largo y una y media de ancho (descripción del cronista Manuel López Victoria).
La obra estuvo a cargo del ingeniero Diego de Barcelona y su costo alcanzó casi los 7 mil pesos. Fue jefe de albañiles Bartolomé Pérez y estuvieron bajo su dirección Luis Hernández, Pedro de Rivera, Miguel Díaz, Pablo González, Andrés Gómez, Juan y Vicente de León, Domingo Carreón, Martín Silvestre, Ignacio y Pedro de la Cruz , Pascual de los Reyes y Juan Ramos. Todos artífices canteros.
La bendición de la capilla de San Payo y Santa Sabina, el 27 de abril de 1675, estuvo a cargo del presbítero y licenciado Gonzalo de Silva Camacho, mientras que la primera misa fue celebrada al día siguiente por el párroco de Acapulco, doctor Cristóbal López de Ozuna. Presentes, el gobernador Juan de Zalaeta, el arquitecto, los albañiles y los oficiales de la Real Hacienda Bartolomé de Soto y Juan de Arrazola, verificando las cuentas.
Acapulco, Ciudad
Tales personajes mostraron al término de los oficios un documento firmado por el propio rey Carlos II. Se trataba de la cédula real otorgando al puerto de Acapulco el rango de Ciudad de la Nueva España. Más tarde con la denominación de Ciudad de los Reyes.
La remoción del gobernador Juan de Zalaeta, terminados apenas los festejos religiosos, fue adjudicado a un entripado del Virrey cuando le informaron que el templo de Acapulco no contenía la imagen de San Payo. Por aquellos mismos días llega al puerto el “teniente de maestre de campo general” Diego Antonio Polo y Navarro, nombrado Castellano, Alcalde Mayor, Capitán de Guerra y Capitán General de Acapulco. (Con muchísimo menos poder y recursos que un “comisionado” actual).
Y véase, a propósito de Polo y Navarro, como en algunos temas, contrariando a esta columna, los años parecieran no haber pasado nunca. El tal alcalde mayor será acusado de cobrar “pisaje” a centenares de comerciantes fuereños atraídos por la feria anual de Acapulco, recursos no enterados a las arcas reales, por supuesto. Otra gracia de Polito fue la de descontar a sus soldados un rubro denominado “limosnas parroquiales”, aduciendo que le preocupaba la salvación de las almas de esos “jediondos descreídos”. Será hasta la muerte de Polo y Navarro, en 1683, cuando el tesoro real incaute sus bienes con valor de cien mil pesos, cantidad recibida del virreinato y nunca aplicada en las reparaciones de la Real Fuerza.
Un día cualquiera los panaderos festejan su día con una guarapeta de padre y señor mío, impidiéndoles entregar a tiempo el pedido de pan destinado a la Nao de Manila. Eso no volverá a suceder. A partir de entonces se contratan los servicios de los tahoneros de la ciudad de Puebla de los Ángeles, quienes surtirán hasta 240 quintales de bizcochos. De Puebla, de sus claustros monjiles, vendrán también las más ricas expresiones del arte culinario colonial y póngale usted un pero al mole de allá mismo.
El Popocatépetl
Una erupción del volcán Popocatépetl genera en el puerto un terremoto –2 de julio de 1685–, que destruye la ciudad excepto las casas de palma y bajareque. Sufren grave deterioro la capilla de San José, el templo de NS de los Reyes y el hospital de NS de la Consolación. Por su parte, la Real Fuerza o Fuerte de San Diego resulta afectado en su parapeto y muralla. La centuria telúrica dejará en el mundo un saldo de más 200 mil víctimas, los mayores números en el Caúcaso (80 mil) y 60 mil en Catania, Italia.
El Credo
A falta de instrumentos científicos para medir la intensidad y duración de los terremotos, se usó para el segundo efecto la oración de El Credo: “El temblor duró la mitad de un Credo, un Credo completo e incluso un Credo y medio”. Y había que creerle al temerario que, en lugar de correr, cronometraba rezando la sacudida. Modernamente, sin embargo, todo dependerá de quien rece El Credo. Ahí estaban, por ejemplo, Jovita Becerra, una rezandera siempre de prisa, cantándolo en 15 segundos, mientras que doña Enedina Fierro, una matrona con reclinatorio propio frente al altar mayor de la Soledad, lo desgranaba hasta en 3 minutos, pausada y convincente. (Usted lector(a) no tendrá que esperar mucho para fijar su propia marca).
Capilla de la Santa Cruz
Anexa al hospital de NS de la Consolación o de Los Hipólitos, se construye en 1715 una capillita dedicada a la Santa Cruz, presidiéndola una enorme. Se le conocerá popularmente como “la capilla del Bosque” por estar efectivamente en medio de una arboleda de elevados y tupidos follajes (hoy quizás Galeana y Mina). Ofició en su inauguración el bachiller Andrés Sánchez de Covarrubias, comisario y párroco de Acapulco. Éste autoriza a médicos y enfermeros a oficiar misa para los desahuciados. El terremoto del 21 de abril de 1776 la hará polvo, mismo que destruye la muralla del ala sur del Fuerte y que determinará la construcción de uno nuevo.
Volcán de Colima
La erupción del volcán de Colima, la noche del 39 de agosto de 1754, provoca en Acapulco un terremoto destructor, seguido de un oleaje nunca presenciado aquí (tsunami). Las aguas de la bahía desbordan el vaso para penetrar impetuosas hasta en cinco kilómetros tierra adentro. Los cerros del anfiteatro serán en este y en todos los casos similares el refugio salvador para los acapulqueños. Habrá víctimas y destrucción de sembradíos a lo largo de toda la costa. Cuando las aguas vuelvan a su sitio, quedarán en la plaza de Armas varias embarcaciones varadas. Los acapulqueños se harán cruces cuando vean a una nave mayor “guindada” en una parota. Marinos extranjeros calcularán en más de “cien mil catapultas” la potencia del mar golpeando las murallas del Fuerte de San Diego. Para la reparación de los muchos daños fue necesario traer de fuera albañiles y carpinteros.
Nuestra Señora de La Soledad
Alejandro Martínez Carbajal, el más acucioso cronista del puerto, anota en su formidable Historia de Acapulco, que la parroquia de NS de La Soledad fue abierta al culto público en 1701. Se localizó en la plaza de Armas, mismo sitio donde se levantó en 1551 la primera capilla de Acapulco, esta dedicada a NS de los Reyes. Su construcción se adjudicó a la mano de obra casi regalada de acapulqueños y a las aportaciones de las empresas navieras y del comercio que usufructuaba la Feria de Acapulco La fachada se orientaba hacia el mar y a un lado el campanario. Fue su primer párroco el bachiller Joseph Matamoros Céspedes.
Casi un siglo más tarde, la capilla de La Soledad resulta seriamente dañada por un terremoto, por lo que el gobernador Ramón de Horse ordenará su demolición. La imagen de la virgen queda bajo custodia militar en el Fuerte de San Diego, donde se celebrarán oficios para las tropas y la población en general.
Virgen Generala
Mientras que el ejército realista jura en la ciudad de México como Generala a la virgen de Los Remedios, en evidente contraposición con la virgen de Guadalupe enarbolada por Hidalgo, en Acapulco la virgen de la Soledad es jurada también como Generala de los soldados del Rey. Sucedió la tarde del martes 8 de diciembre de 1812, durante una imponente ceremonia militar en la explanada del Fuerte de San Diego.
La encabeza el devotísimo gobernador Pedro Antonio Vélez, no obstante cruel y sanguinario. Tambores y pífanos atruenan los aires con marchas militares. El gobernador se dirige hacia el altar levantado ahí mismo, produciéndose entonces un silencio grave aprovechado por Vélez. Impone a la Dolorosa una banda que la acredita como Generala de las tropas realistas y coloca en sus manecitas el bastón de mando con empuñadura de oro. Vendrá enseguida la ruidosa celebración por parte de las tropas y un público formado por notables de la ciudad.
Así lo cuenta Martínez Carbajal. Un cronista anónimo lo hace de esta manera:
“El 8 de diciembre de 1812, las autoridades religiosas, civiles y militares, en fraternal consorcio, proclamaron a nuestra Señora de la Soledad Patrona y Generala de las tropas acuarteladas en el Castillo. El comandante de ellas, Pedro Antonio Vélez, ciñó a la venerable imagen con una banda de Generala y, en señal de vasallaje, puso en sus manos un bastón de mando. El pueblo que presenció la escena aplaudió emocionado aquel gesto caballeresco y filial mientras se disparaban salvas de artillería como manifestación de júbilo.”
Será el mismo José Antonio Vélez quien, en agosto de 1813, entregue la capitulación del Fuerte al cura don José María Morelos y Pavón, junto con su bastón de gobernador. ¿No que no, cabroncito?, musitará don Hermenegildo Galeana, atusándose las patillas.
Será hasta el 5 de enero de 1820 cuando, una vez terminada, la capilla se convierta por aclamación popular en parroquia de Nuestra Señora de la Soledad y así la consagra el cura Felipe Clavijo. Ese mismo día, la sacra imagen será trasladada en procesión solemne del Fuerte de San Diego a su nueva casa. La misa Coram Sanctissimo será oficiada por el propio Clavijo, en presencia del gobernador Nicolás Basilio.




