José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* A la sombra del mezcal
* Un poema para Leopoldo Estrada
Muchas veces he escrito sobre las novelas de Juan Sánchez Andraka. La reseña que leí durante la presentación de A pesar de todo, realizada en el auditorio de la Cámara de Diputados en 1980 o 81, me costó que Juan nunca me invitara a su programa de radio ni a las prometosas reuniones culturales que hizo cuando ingresó a la nómina de la SEG, en la época de Daniel Pano, ni a las pozoladas político-literarias que sigue organizando en Omeapa. A pesar de que sus libros cada vez están más caros, su servilleta y amigo sigue siendo su fiel lector.
Hace casi un año que se presentó en el auditorio de la Cámara de Diputados Un mexicano más, basada en la novela de Juan que tanto pegue tuvo en el estado de Guerrero en los años 70; la acaban de reponer, en Función de Gala, en el auditorio Sentimientos de la Nación, y hace casi un año que anda en el mercado pirata, pero aun así no he tenido oportunidad de verla. En cambio, fui a la exhibición del interesante y convencional cortometraje turístico sobre Guerrero para el cual el escritor chilapeño hizo el guión, y acabo de leer su novela A la sombra del mezcal.
La historia de A la sombra del mezcal es excelente: en un párrafo, va de los años 50, en que producir mezcal estaba prohibido en el estado y los fabriqueros eran perseguidos y chantajeados como delincuentes, y de los pasos que dieron en su afán por proseguir la antigua tradición del mezcal en sus pueblos, hasta el enorme brinco que realizaron, en cuanto organización, revaloración y –tras conseguirle categoría de marca– internacionalización del mezcal, con el apoyo incondicional del gobernador Alejandro Cervantes Delgado.
En su presentación, Enrique Ramírez García, presidente de la Fundación Produce Guerrero, AC, quien encomendó a Juan la novela, recuerda que “el maguey está ligado a la vida de los habitantes de esta región desde la época prehispánica”, que “es una planta que se ha utilizado en el vestido, en la construcción, en la elaboración de bebidas fermentadas”, y que “fue hasta la época colonial cuando, ya conocido el proceso de destilación, se empezó a fabricar el mezcal”. Anuncia que es “una historia imaginaria pero con base en los verdaderos ambientes, problemas y obstáculos que vivieron los cientos de ‘fabriqueros’ del siglo XX”, y afirma que estamos ante una novela testimonial e histórica.
Dice Sánchez Andraka que “este trabajo no es mío, solamente”. Y reconoce que “más bien” es de Tulio R. Estrada Castañón, quien “me proporcionó los resultados de sus investigaciones, de sus entrevistas y de sus experiencias”. Los versos alusivos al mezcal que suele decir Corchefas en la novela son autoría de Emilio Ángel Lome, José León Guevara, Sem Díaz y Santano González. Y el mismo Juan reapunta que su novela “está basada en hechos reales, con personajes reales”.
Está de más decir que la narración reboza de escenarios mezcaleros: “Nuestros hornos tenían más de dos metros de profundidad y tres de diámetro. Corchefas les había hecho, en el fondo, un empedrado con recubrimiento de concreto. Dijo que así se facilitaba la limpieza y se ahorraba leña. Sobre ese fondo colocábamos leña seca de tepehuaje y la prendíamos. Cuando el horno ya estaba caliente le arrojábamos piedras, de las que llamábamos ‘azules’. Cuando éstas estaban al rojo vivo poníamos sobre ellas las cabezas partidas del maguey, hasta llenar el horno. Las tapábamos completamente con palma de zoyate. Con palas las cubríamos de tierra cuidando que no quedara orificio. Este tapado quedaba así durante tres o cuatro días. Después, en una canoa de madera de tres metros de largo por uno y medio de ancho y medio metro de hondo, desmenuzábamos el maguey cocido con una hacha. Nuestras tinas eran de madera… Ahí metíamos el maguey desmenuzado…, ya convertido en ixtle. A esto le llamábamos caldo. Suavemente lo batíamos. Estábamos pendientes del aroma y de las burbujas que se producían por la fermentación. Ésta… la lográbamos, a veces, hasta en ocho días. Constantemente probábamos el caldo. Después, en lo que llamábamos ‘horno atizado’, colocábamos una olla de cobre y allí hervíamos el caldo a fuego lento. Los vapores subían hasta la tapa para continuar por un tubo de cobre horizontal que se conectaba con un ‘serpentín’ o ‘culebra’ que era otro tubo de cobre enrollado de menor diámetro que estaba sumergido en un depósito de agua de enfriamiento. El mezcal salía tibio de la parte inferior del serpentín y era recibido en un recipiente…”
Suficiente para advertir el minucioso trabajo de campo que sustenta la narración de Sánchez Andraka, y para que los lectores sepan que se trata, en efecto, de la historia del mezcal en Guerrero, con detalles de su proceso de producción y sus avatares con la ley “del timbre”, contada en hilazón de anécdotas informativas, vivenciales o simplemente cotorras que nos hacen fácil la lectura y, probablemente, más sabia y ritual la manera en que elevamos el carrizo de mezcal y decimos salú.
El dirigente de la Fundación Produce de Guerrero recurre a la metáfora cuando enuncia que Sánchez Andraka “escribió esta novela con el mezcal como principal personaje”. El tema es el mezcal, el personaje que relaciona todo con todo es el propio narrador, un joven hijo de fabriqueros que hereda el gusto por el mezcal y quien, en su relato, va concordando su propio crecimiento en edad, conocimiento y experiencia con el de la producción mezcalera y frecuentemente con el entorno: “Era el año de 1946. Todavía no había luz eléctrica. Candiles de petróleo, velas, quinques y hachones de ocote eran los que… alumbraban nuestros pasos”. “Era el año 1957, me acuerdo porque yo ya tenía 17 años”. O: “Me acuerdo que, ya en el año de 1952, mi papá llegó tristísimo, casi llorando. El gobierno, dijo, lo había descubierto”. Por ejemplo. Hasta el año de gracia en que el gobernador Alejandro Cervantes Delgado, quien siempre demostró simpatía y admiración por la cultura popular, en especial la del centro de Guerrero, colocó una copa de mezcal sobre el dorso del índice y el anular y, echándose magistralmente una que otra copla mezcalera, empezó a promover el mezcal “en ferias y exposiciones nacionales” y a obsequiar “a políticos, diplomáticos y empresarios mezcal guerrerense, en su afán representativo de nuestra entidad”, y de ahí p’al real.
Datos y personajes de la vida real se desplazan a todo dar gracias al trabajo narrativo de Sánchez Andraka, que por otra parte se la llevo tranquila, ya que para realizar esta bella y necesaria empresa recurrió al entramado literario de sus otras novelas, en varios aspectos. Corchefas, por ejemplo, se llama José Sánchez, como el personaje de otra novela de Juan, con el que comparte su sentido de solidaridad y la imaginación desbordada. El propio personaje-narrador es joven y tiene el mundo por descubrir, como casi todos los personajes principales de Juan, aunque esta vez sin contradicciones dramáticas. El joven mezcalero se enamora de una chica de ojos verdes que sólo por casualidad no se llama Concha (sino María). Mucho dice “me acuerdo”, llora con facilidad y casi siempre que llega la noche anuncia que “me voy a dormir”, y sueña con unos “ojos verdes, brillantes y grandes”. ¡Los fantasmas narrativos de Juan!…
Esta vez al joven personaje le va bien con la amada, pues ella también es hija de fabriqueros y juntos se lanzan a realizar el sueño de sus padres: “Vamos a promover nuestro producto hablando de sus propiedades terapéuticas, de su incomparable sabor, de su elaboración a base de leña y, sobre todo, lo vamos a presentar como símbolo de México…”
El final es complaciente pero fregón: por tercera o cuarta vez se repite la mejor copla del romancero mezcalero, esa de:
Aquel que bebe mezcal
y no invita a su compañero,
no es del sexo masculino,
es del sexo masculero.
Matrimoniado, con la bandera de la organización y la superación productivas en alto y ya bien fincados los pasos para la internacionalización del mezcal, el personaje está cumplido y feliz… y la novela de Juan Sánchez Andraka cumple su cometido:
“Esa noche las estrellas brillaron más que nunca. Ahora sí, de veras, parecían magueyes de luz en el cielo”.
Bohórquez, ese “subterráneo”
Abigael Bohórquez (1936-1995) fue un poeta sonorense marginal al que se ubica como integrante de la “corriente subterránea”. La Wikipedia afirma que “sus versos, que en su tiempo eran subversivos, son clave para comprender el devenir de la poesía en la literatura mexicana”. Ya en un Pozole Verde (Leopoldo Estrada al desnudo, El Sur, 8-I-2012) recordé al poeta y dramaturgo sonorense, por la maravillosa interpretación que hace de la obra pictórica –de los desnudos en particular– de Estrada, al que llama nuestro “gran pincel universal”. Dice la Wikipeda que “en su obra poética sobresalen los motivos homoeróticos y las reflexiones metapoéticas”, y en plan siquiátrico vestido de académico destaca “la autocompasión del yo lírico”. Para mí Abigael ya es un chingón (y desde luego un homoerótico) desde el momento en que se lleva tan bien con Leopoldo Estrada, “un gran artista y un gran hombre”, como no se cansaba de decirle. Parte de eso, lo escribió. Es un poema que los pozoleros no debemos desconocer. Suena mucho al brasileño Oliverio Girondo, pero viene de una combinación de sonidos verdaderos, tan juguetones y auténticos como la amistad y la admiración que canta y declara. El poema se titula Pintor retratado por poeta. Es para Leopoldo Estrada, de parte de Abigael Bohórquez:
Aquí llega este hombre corolíneo,
desmedido y floreal,
solar y edénico,
girándulo y nutricio,
frumental y violíneo,
arábigo de hueste y ataujía,
rama de luz,
memoria de los élitros;
aquí llega este hombre marismífico,
acuñador de pájaros,
equilíbrico y dulce,
rosastral y luciérnico,
mago savial, clarífono,
insomne y liquidámbar,
aquí llega este hombre turpialífero,
espérmico y frodante,
arborador y eufónico,
fecular y terrángelo,
góndolo y genesíaco,
cúspido y sagital,
hijo maduro,
acércalo a tus ojos,
estremécete,
siente
la vital invasión de sus gravitaciones,
de sus bosques acústicos,
sus temblores hidráulicos,
sus cósmicas alianzas,
las labores profundas,
las nuevas estaciones,
la impaciencia del ruido costanero,
la salud de los valles y la selva,
los húmedos satélites del fondo,
desembárcate,
inúndate,
desquíciate,
pertúrbate,
gladiólate,
desgástate,
jazmínate,
deslúmbrate,
magnóliate,
exáltate,
pálpalo como es,
todo el poder que da la poesía
está con él,
contigo.
Con un sabor de suelo y humusándalo,
de la gris pequeñez súbdito y amo,
este hombre desteje en soledades
el estambre translúcido del sueño,
reduce el mar a una ánfora de chía,
el cielo a una guirnalda de agapandos,
la flor a este atavío de palomas,
el pájaro a girándula y a pino,
el barro y el papel lapizlazula,
las maderas confunde y planetiza,
nada terrestre a sus aceites falta,
él todo lo convierte, lo desgrana,
lo labora, lo espiga, lo transforma,
el más acá y el más allá telura,
y al llevar a sus dedos labradores
los barnices, los lacres, su memoria,
sus pinceles, sus dones, su alegría,
los Nombres Infinitos genetiza,
los Jardines Terrestres reconvierte.
Pastor entonces es de tener alas,
llegan sirenas utéreas y ubrecidas,
y caballos azules y madréporos,
y toros de vainilla y aleteos,
y cabras oropéndolas
y alcatraces cantores
y arcángeles y arcángelas cachondas.
Aquí llega este hombre.
Abrid los ojos.




