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Celebran en Chiepetepec a San Miguel Arcángel con milpa, flores y pan

 En las faldas del cerro Chiepetzin, a veinte kilómetros de la ciudad de Tlapa de Comonfort, se encuentra una comunidad nahua llamada Chiepetepec. Su nombre significa “cerro de la adoración” y su población es de unas dos mil personas.

Cada año, el 28 de septiembre celebra una de sus fiestas más importantes: el día de San Miguel Arcángel, santo de la Iglesia católica, adoptado como objeto de veneración por parte de algunas comunidades indígenas desde tiempos coloniales.

Dicho santo representa la destrucción del hambre. Es él quien logra que el hambre se vaya con la llegada de la cosecha. Por esa razón, es fundamental para los habitantes de esta comunidad darle las gracias con una fiesta que dure dos días, con ofrendas y con baile.

Los preparativos para la celebración comienzan muy temprano. Las mujeres van en la madrugada a recoger la milpa que necesitan para la creación de sus ofrendas. Es en ellas donde colocarán todo lo que les dio motivo para estar agradecidas con San Miguel, todo lo que ellas mismas sembraron y más tarde cosecharon con sus propias manos.

La milpa verde y fortalecida por la temporada de lluvias, las flores naranjas, rojas o blancas y algunos panes de color rosado formarán parte de ese regalo que ellas adornan con esmero para entregar en señal de agradecimiento.

El punto de encuentro es a las 11 de la mañana en la iglesia del pueblo. A esa hora empiezan a llegar las mujeres de la comunidad, de diferentes edades, cargadas con sus regalos. Son niñas, jóvenes, adultas y ancianas. Visten sus mejores ropas, se envuelven en sus rebozos de colores y llevan con cuidado sus ofrendas de milpa, flores y pan. Algunas de ellas, además de llevar obsequios, cargan a sus niños en las espaldas.

Mientras las mujeres se reúnen en la iglesia, dos hombres visten la imagen de San Miguel que se encuentra frente al altar. Son voluntarios que aceptaron la responsabilidad de vestir al santo en su día, única vez en el año en que le cambian la ropa. Le quitan la deslucida vestimenta color violeta del año pasado y le dan una nueva, de colores vibrantes. Son los encargados de adornarlo y de cargarlo durante la procesión que está por comenzar.

Afuera del templo esperan hombres y niños. Los niños corren, algunos con zapatos y otros descalzos. Los hombres conversan a la sombra de un árbol. Los músicos, con sus instrumentos de viento en las manos, aguardan el momento de darle vida a la ceremonia con su ritmo.

A las 12 del mediodía, San Miguel está listo y comienza el ritual. Todas las mujeres salen de la iglesia y encabezan la procesión. Se dirigen a un cerro cercano, al lugar donde deben entregar sus ofrendas, y son guiadas por una anciana que camina adelante y quema copal. Con ese humo le agradecen a Dios la milpa recibida y le piden más milpa para el futuro.

Detrás de ellas viene San Miguel, ahora vestido de rojo y con alas nuevas, cargado por sus cuidadores. Le siguen el rezandero y los principales de la comunidad, hombres que ganaron esa jerarquía debido a su edad y sabiduría. Más atrás caminan los músicos y el resto de los hombres que participan del rito.

El rezandero es la voz del grupo. El dirige la oración y los demás le responden. Se mezcla el Padrenuestro en español con palabras del náhuatl. Reza en voz alta. Se queda en silencio. Los peregrinos dicen su parte. Luego los músicos tocan por un rato y se detienen para que el rezandero continúe con su súplica.

La procesión avanza a paso lento, por un camino empinado, plagado de duras piedras. Se ensucian los pies en el lodo, rezago de la lluvia del día anterior. Caminan, cantan y rezan hasta que llegan al cerro, centro ceremonial que los recibe año tras año.

Primero los recibió en mayo, cuando fueron a pedir agua para sus tierras. Y ahora los recibe para que den las gracias. Es a este cerro al que suben todas las mujeres a hacer sus ofrendas, mientras los hombres las esperan abajo. Son ellas las que van a despedir a la lluvia y a hacer el baile de la milpa.

Los colores de sus vestidos y rebozos se mezclan con los de las ofrendas en una danza más antigua que ellas mismas, una tradición que nadie sabe cómo comenzó pero que todos sienten propia. La música suena y ellas bailan, llenas de gratitud por la lluvia que hizo que sus sembrados crecieran fuertes y sus cosechas fueran abundantes. A su vez, arrodillado en el borde del cerro, el rezandero dice sus palabras. Junto a él, la anciana que guiaba a la procesión eleva el perfume del copal al cielo. Mientras, en el lado opuesto del cerro, reposa San Miguel, que debe estar presente durante el baile.

Además de agradecer por lo recibido, la danza de la milpa tiene el fin de evitar el hambre. Las ofrendas de milpa son para que el Señor del Hambre quede satisfecho y no los moleste en todo el año.

Al terminar la danza, los fieles vuelven al pueblo por el mismo camino de lodo que los trajo. Llevan sus ofrendas consigo, porque el ritual aún no ha finalizado. Cuando llegan al pueblo, todos juntos dan una vuelta completa alrededor de la iglesia, antes de devolver a San Miguel al lugar donde permanecerá hasta su próxima fiesta.

El rito debe continuar en sus casas. Allí tienen un altar en el que le rinden homenaje a la milpa y a sus herramientas, cada una de las cuales tiene un collar de flores a su alrededor.

El machete, el arado, el hacha y el gancho ocupan un lugar en el altar porque ellos hicieron posible el trabajo por lo que también merecen comer. Las ofrendas para ellos consisten en mole, tamales, pollo entero cocido o caldo de res. Las personas de la casa dejan los alimentos en el altar durante una hora, luego las levantan y las comen.

Pero la fiesta no terminará ahí. Seguirá todo el día. A las 12 de la noche continuará en la comisaría. Será el lugar de reunión de toda la gente del pueblo. Quienes tengan chivos los donarán para la celebración. Los matarán y harán caldo para entregar una nueva ofrenda.

El rezandero presentará también a estos animales y se volverá a bailar la milpa. Pasado un rato comerán de esas ofrendas. Finalmente, la celebración terminará el 29 de septiembre, cuando el pueblo regrese a la iglesia a rezar con la gratitud que lo caracteriza y con su deseo de mantener vivas las tradiciones que lo identifican como pueblo. (Tlachinollan)

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