Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Jesús Mendoza Zaragoza

Una guerra sin fin

*Es previsible que estemos ante una guerra sin fin,ante un juego o una farsa. En fin, ante una simulacaión que la clase política ha montado para mantener el control del país aunque siga creciendo la lista de muertos y desaparecidos.

Han puesto al Ejército mexicano en las calles; también a la Marina Armada y a la Policía Federal. También a las policías estatales y hasta las municipales Han metido toda la carne al asador. Ya van para ocho años en las calles y en los caminos del país. Y… nada. Ha sido un montaje y un espectáculo para el consumo público. ¿Qué han logrado, qué podían lograr? Los resultados los tenemos a la vista. Una guerra que no tiene fin y que nos está malacostumbrando a verla como parte del escenario cotidiano y permanente del país.
En Guerrero las cosas se complican. Repuntan las acciones violentas en Acapulco. Las regiones Centro, Norte y Tierra Caliente viven tiempos de crisis. Las fuerzas armadas y las policías cumplen tareas de bomberos: mitigan incendios y se van; van de región en región al ritmo que les macan las organizaciones criminales. Pero en ninguna región se ha logrado la limpieza que pregonaban las autoridades. Sencillamente porque esta guerra parece más un juego o una farsa. Es una guerra que ha decepcionado a muchos y que está cansando a otros más, por absurda e irracional.
Cada vez se deja ver la simbiosis que hay entre el crimen organizado y diversas instituciones públicas del Estado. Porque quienes han salido perdiendo son las organizaciones ciudadanas que han tomado iniciativas para darse seguridad donde el Estado no lo ha hecho o no lo ha querido hacer. Las autoridades han mostrado una extraña dureza contra las organizaciones ciudadanas, tales como las autodefensas michoacanas, la Policía Comunitaria de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC) en Guerrero y las policías ciudadanas de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG).
En Michoacán lograron cooptar a amplios sectores de las autodefensas en una Policía Rural domesticada que está diseñada como auxiliar de las corporaciones de seguridad pública, de dudosa confiabilidad. Y las autodefensas que no quisieron alinearse están en prisión. Y las organizaciones criminales, aunque diezmadas, siguen vivas.
Y en Guerrero, la Policía Comunitaria fue envenenada y dividida con dinero desde el poder, el cual desconoce al sector que está más vinculado con sus comunidades y que ha dado la pelea a la delincuencia con sus propios y escasos recursos. A lo mejor de la CRAC se le ha arrinconado al terreno de una supuesta ilegalidad con el fin de desactivarla y se ha metido a la cárcel a algunos de sus representantes. Y la Policía Rural, como alternativa para la seguridad de las comunidades, no parece despegar. Y las organizaciones criminales siguen protagonizando sainetes con las corporaciones públicas de seguridad.
El caso es que no parece haber experiencias exitosas de seguridad en el país que hayan sido promovidas desde el poder público. Dan más que decir, en este sentido, las experiencias de la CRAC histórica. Y todo porque para las autoridades, incluir a los ciudadanos es muy riesgoso. Para ellas, incluir significa cooptar y desciudadanizar. Solo saben controlar y no saben nada de coordinar o colaborar. Así quedan ocultas todas las disfuncionalidades de las estrategias de esta guerra sin fin.
Es un verdadero insulto a la inteligencia la idea de que el país va a superar la apabullante violencia solo con militares y policías. Por demás, la experiencia de estos años lo demuestra y la simulación continúa. Porque todos los factores de las violencias diversas, siguen intactos. ¿Cómo no va a generar violencia un modelo económico excluyente como el nuestro en el que los negocios del crimen organizado han llegado a ser una vertiente de la economía de mercado? El espíritu del mercado neoliberal, como el lucro, la especulación, la mercantilización de todo, la explotación del ser humano, el consumismo, ha dado origen y respaldo a los grandes negocios de los criminales.
¿Y cómo no van a generar violencia una gran parte de las instituciones públicas como los partidos políticos, tan ocupados de las cosas del poder que han abandonado su identidad en un sistema democrático y se han vuelto mercaderes de cuotas políticas al mejor postor? Y nuestros gobiernos están tan ocupados en armar negocios para los privilegiados con reformas que reparten migajas y amontonan más riquezas en pocas manos. La espantosa corrupción pública que sigue amparando negocios, así sean legales o ilegales, es la mejor aliada del crimen organizado. Pero como esto no se combate con policías y militares, no hay nada que hacer.
Por todo esto, es previsible que estemos ante una guerra sin fin, es decir, ante un juego o una farsa. En fin, ante una simulación que la clase política ha montado para mantener el control del país. Se han dedicado a administrar la violencia, a repartir territorios, a meter en prisión a ciudadanos que se atreven a participar, a castigar selectivamente a grupos criminales y a cosechar sus respectivas ganancias. No hay que dudar en que la lista de los muertos y desaparecidos seguirá creciendo estrepitosamente y que seguiremos padeciendo de miedo, enojo y depresión mientras los ciudadanos sigamos pasivos con una cantaleta de lamentos.
Lo que preocupa es la suerte del país, de modo que en la medida en que se desplacen hacia el futuro las soluciones de fondo relacionadas con la violencia y con la delincuencia organizada, en esa medida persisten condiciones para crisis de mayor calado y de mayor alcance que aumenten la alicaída gobernabilidad que ya tenemos e impacten en situaciones de zozobra económica peores de las que tenemos. Y, sobre todo, preocupa que se consolide una cultura de la ilegalidad y un declive moral en la población porque los gobiernos no toman decisiones responsables y serias en torno a las violencias que padecemos hoy, atacando desde sus raíces los factores que las generan.

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