Arturo Martínez Nateras
Fábrica de Letras
Las armas del alba
Las armas del alba de Carlos Montemayor, Joaquín Mortiz, es una hermosa novela histórica. Termina donde empieza, en el primer disparo y se inicia donde concluye, con el primer disparo a las cinco cuarenta de la mañana. “La oscuridad era muy densa aún…”. Arturo Gámiz dio la orden que inicio la gesta con la cual se inaugura el ciclo de la guerrilla de nuevo corte de los años sesenta.
El asalto al cuartel Madera es un episodio memorable y un logro literario gracias a la pluma del escritor de Parral. Probablemente nadie mejor que el autor podía poner sobre el papel tanta belleza y fabricar con sus letras una obra de la épica juvenil e insurgente de la sierra de Chihuahua. Carlos tiene la ventaja del origen, del impacto que le produjeron los sucesos y del nivel que ha logrado como escritor.
Carlos Montemayor es ya el literato de la guerrilla mexicana de la segunda mitad de siglo XX. Guerra en el paraíso tiene una alta importancia como novela histórica y en la conformación de un estilo que combina el rigor con la composición literaria. A mí en lo personal la novela sobre al guerrilla de Lucio me dejó un sabor agridulce y el sentimiento de que pudo ser mucho mejor.
Las armas del alba es un libro breve, cuyas 212 páginas se leen con ese placer especial que incita el arte de escribir bien. Alguna vez Carlos Monsivaís escribió que en México había concluido el ciclo de la literatura de inspiración rural. Las armas del alba inicia uno nuevo.
La narración del asalto, de las luchas campesinas, de la conducta y de las contradicciones de los gobiernos federal y estatal; de los luchadores sociales orillados a la lucha armada la teje Montemayor con una descripción plástica de la sierra madre de Chihuahua tanto en los días previos al asalto como en la fuga de los sobrevivientes. Anoto que en la novela histórica de Montemayor, en la literatura, en general en los escritos, relatos y testimonios del movimiento social el amor es el gran ausente…
“El viento parecía ir con ellos, formando parte de la neblina, de la fragancia del bosque, de la corpulencia del mundo… Saliendo de los pinares el aire era más transparente. Parecían apartarse, con el paso de sus cuerpos jirones tenues, rojos aún, del crepúsculo”.
El libro es “un homenaje a una generación honestísima, brillante y limpia” (ver en La Jornada, la entrevista de Cesar Güemes al escritor). La partida militar de entonces recibió una mención honorífica y los guerrilleros trascienden con honores a la historia y a la literatura gracias a la pluma de Montemayor. Carlos tenía 18 años en 1965 y el mismo dice: “Sin duda este fue el hecho que más me marcó como escritor, analista político, periodista e historiador”. La gesta y el heroísmo de Arturo Gámiz, del doctor Pablo Gómez y de todos sus compañeros de lucha renace, queda inscrita y bien escrita. El general Giner ordenó:
–Habla el gobernador. Que no traigan los cuerpos de esos hijos de la chingada. Entierren a todos allá, en fosa común. Querían tierra, pues denles tierra hasta que se harten…
Y allí quedaron los cadáveres cuya descomposición se había iniciado. Al paso de los años de esa tierra resucita el ejemplo de los mártires que ofrendaron la vida por la democracia, la prosperidad, por la justicia.
La lectura de Las armas del alba remueve sentimientos y recuerdos; incita a vivir y a repensar. Algunos personajes de aquellas jornadas de lucha campesina viven (los Gaytán, Pedro Uranga, Alvaro Ríos…). Un elemento fundamental para entender otros movimientos y los fracasos es la confirmación del papel de infiltrados como el capitán Lorenzo Cárdenas, de negro historial al servicio del Estado mexicano represivo y del sistema de espionaje y provocación. No comparto la insinuación de que probablemente el Partido Comunista pudo bloquear la salida del doctor Pablo Gómez a Cuba. No obstante el cúmulo de errores, uno de los signos inequívocos de la conducta de los comunistas fue siempre la solidaridad. No me consta, pues entonces era yo apenas un militante de base en Monterrey igualmente conmovido por las noticias sobre el asalto…
El 23 de septiembre es un día memorable tanto por la represión a los trabajadores huelguistas de la fábrica de armas, la ocupación militar del IPN en 1956, los eventos de Madera en 1965, el ataque militar al Casco de Santo Tomás en 1968; y en 1973 murió Pablo Neruda… Por todo ello la Liga Comunista adoptó tal nombre… Un dato curioso más es la conducta de las autoridades frente a las normales rurales. Así como hoy la primera reacción de entonces con relación a las de Saucillo y de Salaices era clausurarlas…
Lea usted Las armas del alba y constate la definición que nos obsequia su autor de la literatura:
“Es una forma de conocimiento del mundo, de la vida y de profundización de la experiencia. Una gran literatura es aquella que nos hace vivir y sentir lo que narra. Así escribo poesía, novela y cuento para compartir no la idea de la vida, sino la sensación de lo que es vivir”.
Cajita de Olinalá
El Ayuntamiento necesita un@ director de cultura de alto nivel, un verdadero promotor, no un culturero, con capacidad para iniciar la colocación de Acapulco como capital cultural del Pacífico. Por favor no vayan a salir con otra sustitución de un mediocre por otro pero superior (en la mediocridad).
Hoy 13 de septiembre comparto mi pensamiento entre los 35 años de la manifestación del silencio realizada en 1968 y en el Congreso de Anáhuac, iniciado en Chilpancingo en 1813. Morelos, siervo de la nación, fundador de los poderes de la república y autor de los Sentimientos de la Nación.
No estaban ausentes andaban de parranda. La votación en la Cámara de Diputados de la 59 Legislatura sobre el caso del senador Ricardo Aldana la ganó el PRI y asociados. No obstante, los ausentes definieron. Pablo Gómez se quejó de que el PRI fue el único grupo completo presente. ¿Y los siete ausentes del PRD? Por lo menos ameritan un extrañamiento público. Jesús González Schmall fue el único diputado de Convergencia que no apoyó al PRI. Ya empezaron. Lo anticipé en mi escrito sobre los grupos parlamentarios…
Víctor Jara. A partir del 12 de septiembre del 2003, oficialmente el Estadio Nacional de Chile se denomina Víctor Jara, en homenaje al cantante asesinado en aquel lugar convertido en campo de concentración de torturas.
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