El músico debe conmover por su entrega y no por su técnica: Julio César Oliva
Claudio Viveros Hernández, corresponsal, Taxco de Alarcón * Recientemente homenajeado en el Sexto Concurso y Festival Nacional de Guitarra de Taxco, un acto que coincide este año con sus cuatro décadas de trayectoria artística y la inclusión de su obra Balada, creada especialmente para el Internacional Guitar Competition a solicitud de Guitar Fundation of América, el compositor, maestro y guitarrista mexicano Julio César Oliva vivió aquí siete días intensos al lado de artistas nacionales e invitados extranjeros.
En amplia charla con El Sur se mostró agradecido de que el gobierno estatal y el Instituto Guerrerense de la Cultura, a través del Centro Cultural Taxco, le hayan festejado estos cuarenta años de trayectoria. “Se dice fácil pero es la vida de un hombre. Ha valido la pena con una carrera muy sacrificada que he tenido, de penurias, esfuerzos. Qué no me ha pasado. Cantidad de conciertos de los que no cobré ni un quinto o no tenían dinero para pagarme, evoca con cierta nostalgia. Si acaso era un vale para que me dieran cinco o seis discos y un fajito de partituras. Yo estaba feliz, la cosa era tocar. Cuántas composiciones he hecho y no he cobrado ni un quinto. Yo no compongo por dinero sino porque me gusta. Es un camino solitario, ha sido largo y azaroso. La música y el arte son una filosofía, una entrega total y absoluta para conmover a la gente. Esa es la misión, de convertir ese momento inolvidable”.
Con voz suave, pausada y una expresión relajada, el autor de La guitarra de cristal, considerado un disco de cinco estrellas en el Classical Music Shopping, afirma que en la música, en la guitarra se requiere de mucha paciencia, porque el camino es largo. “Una cosa muy importante es que siempre se conserve la humildad, la modestia, la sencillez y esté uno abierto y dispuesto, así tenga uno setenta años de edad, a aprender de quien sea, con alguna enseñanza, palabra o actitud. Se trata de aprender algo y tener la suficiente humildad, por eso recomiendo, especialmente a los jóvenes, que no se les suban los humos. No tiene uno porque envanecerse ni presumir de nada.
“Mi madre, que falleció hace muchos años, me inculcó valores muy hermosos acerca de la humildad, de la modestia, la sencillez. Decía: no tenemos porqué envanecernos de nada. Ante Dios, ante la vida, no somos nada. Independientemente de eso y las creencias religiosas, ni ante la naturaleza debemos comportarnos así. Viene una granizada, un huracán, una onda de calor o un terremoto, acaba con todo. No somos nada.
Pianista frustrado
–¿Cómo nació su carrera con la guitarra?
–Yo empecé a tocar piano, que es mi instrumento favorito, lo adoro igual que a la orquesta. Estudié un poco con mi hermana mayor y luego, por premuras económicas en la casa, lo tuvo que vender y no me quedó más remedio que tocar la guitarra. Yo la veía colgada en la pared, estaba muy chico y hasta me quedaba dormido ahí, con la guitarra. Según yo le sacaba piezas y piezas y mi madre abogó ante mi papá para que me enseñara a tocar, aunque no era maestro, se dedicaba a otras cosas y tenía un carácter fuerte.
“Llegó un momento que ya no me quiso enseñar porque supuestamente yo tocaba mejor que él y me quedé sin maestro. Posteriormente un hermano mío me siguió enseñando, pero luego se fue a los Estados Unidos. Eran los años sesenta. Por necesidades económicas de la familia empecé a trabajar muy chiquito y comencé a comprar discos para escucharlos en un aparato con aguja casi de alcayata, una y otra vez y así saqué fragmentos de sinfonía, oberturas, de piano, de Chopin, Bethoven, de los clásicos y de música popular. Me sabía casi quinientos requintos de los boleros más famosos de todos los tríos de aquella época”.
“Hice un trío de boleros y uno de música veracruzana y, como yo me quería seguir dedicando a eso, no me aguantaron el paso porque iban a estudiar otra cosa, y me quedé solo. Después hice un dúo de música internacional, yo hacía los arreglos y dos o tres años más me quedé solo. Luego vino un grupo como de música instrumental, como de jazz, y me volví a quedar solo.
“Y hasta que por fin yo tomé mi camino. Me sabía cantidad de piezas que sacaba de los discos y me hice un guitarrista solista. Andaba en reuniones, en teatros, programas de radio y televisión. Después ingresé a la Escuela Superior de Música, que estaba cerca del zócalo (de la ciudad de México) y fue ahí donde empecé mi carrera más en forma. Dos años estuve y de ahí me pasé al Conservatorio Nacional de Música.
“Seguía de oído sacando mil cosas de música popular, de flamenco de jazz, rock, blues, clásico, todo lo que caía en mis manos, obviamente la guitarra y se puede decir que soy autodidacta en componer, hacer arreglos y transcribir. Con los años seguí tocando de solista y después fui parte del Terceto de Guitarras de la Ciudad de México con Gerardo Tamez y Antonio López y tocamos en gran parte de la República y nos salió una oportunidad de ir a tocar a Europa.
“Aprendí a hacer arreglos y componer para dos, tres, cuatro, seis, ocho guitarras y comencé a incursionar en ensambles o en grupos más formados. Tuve que esperarme cuarenta largos años para más o menos ver la luz. Afortunadamente, ahora muchas editoras de París, Japón, de Estados Unidos me están publicando mis obras y mis discos que he sacado ya están en todas partes. En casi todos los festivales ya incluyen música mía. Fue así como se ha ido dando reconocimiento a mi trabajo. La verdad, ha sido un trabajo sacrificado, de penurias, de aguante. Porque lo fácil es llegar, pero mantenerse es lo más difícil”.
Un guitarrista de la vieja guardia
Saberse el único de su generación que sigue activo, le sorprende felizmente, pero le causa también cierta preocupación. “Es una gran responsabilidad que traigo en los hombros; para bien o para mal soy el único que represento la vieja guardia. Los guitarristas de hoy son de la nueva hornada, de una técnica impresionante y yo tengo otro concepto, soy de la linea directa de Manuel López Ramos, Guillermo Flores Méndez, Alberto Salas, Selvio Carrizosa, de Ramón Donadío. Soy el producto de esa generación, muy bohemia, romántica que anteponía el sentimiento, la expresión y darse al público, más que a la técnica”, comenta.
Al abordar este aspecto recuerda que en su tiempo la técnica era importante, “pero no lo veíamos como un fin. Desgraciadamente ahora veo que el guitarrista, pianista, violinista considera como fin supremo la técnica. ¿Entonces qué pasó con la música, con la expresión? Nada. Cero. Entonces se vuelve un arte frío, mecánico, demasiado intelectualizado, casi como salido de un laboratorio y hay que recordar que no estamos trabajando en una nave espacial, en la NASA. Estamos trabajando con arte, sentimientos, con sensaciones, con emoción”.
“Por eso creo que lo importante de una artista, de un músico que se pare en un escenario, es que el público salga conmovido, más que asombrado de la técnica fenomenal, aunque obviamente eso se respeta y se reconoce, pero creo que lo más importante es eso. Es muy raro que se pueda conmover hasta las entrañas. ¿Quién?. Solamente un Segovia, un Rubinstein, un Cazals, Arrau, en fin… fueron los últimos monstruos sagrados que conmovían a las multitudes al grado de casi cortarse las venas. Esa época como que ya pasó, desafortunadamente para el arte y para la música.
“En mi época no había festivales como los hay ahora. No había ningún curso, no venía nadie, las partituras nos costaban mucho trabajo conseguirlas. Yo tuve que copiar a mano, tengo todavía libretas y libretas. Si usted las pedía, tardaban dos años en llegar, venían en barco y costaban una fortuna, eran inaccesibles para los guitarristas de aquel tiempo. Nos hicimos guitarristas por obra y gracia del cielo. Todo teníamos en contra y, sin embargo, casi todos los músicos de mi generación tenemos buena grafía musical, porque no nos quedaba otra, teníamos que copiar muy bien la música o sacar de oído con memoria fotográfica para retener toda la información”.
–¿Qué representa un concierto ante el público?
–El guitarrista de ahora tiene todo, facilidades, becas, cursos, miles de marcas de cuerdas, cuando en mi época nada más había una o dos. Noto que se han aturdido de tanta información y técnica y se ha descuidado la expresión y el darse a la música, al arte a la guitarra y al público. El dar un recital es un acto sagrado, de comunión con Dios, la vida, el público y uno mismo. Es como si fuera la última vez en tocar, es un suicidio prácticamente. Es un acto místico y desgraciadamente no lo ven así muchos guitarristas. No quiero generalizar pero la mayoría ha caído en el tecnicismo exagerado y no debe de ser así. Es urgente que se retomen los hilos por la música, que fluya esa energía.
“Mi música es como una fusión del romanticismo y del impresionismo. Sería como una especie de neoromanticismo-impresionismo, porque desde niño me llamaban poderosamente la atención los románticos y los impresionistas. Me enloquece esa música, tuve esa influencia y mis composiciones suenan un poco a todo ello traspasado a la guitarra. Se puede decir que mis obras son como de piano o de orquesta transcritas a la guitarra. Es una curiosidad y por eso quedan difíciles. Mi música no es virtuosa, es hasta apacible, densa y con mucha armonía. Hay muchos sonidos y voces que hay que estar cuidando, es como una orquesta que meto en la guitarra y por eso se hacen difíciles mis obras tanto para la mano derecha como la izquierda.
“En mi caso, mis obras son como unas hijas que ya se me fueron. En el momento que doy una pieza, termino de componerla o le saco copias, ya no es mía aunque traiga ni nombre y todo, es una hija que ya voló, ya tiene alas propias, ya es dueña de si misma y como que ya no me pertenece. Más bien le pertenece a México, a este maravilloso y bellísimo país que quiero tanto.
“Me atrevo a afirmar que, a lo mejor, si yo no hubiera compuesto o tocara mis propias composiciones, ya no estaría en el candelero. El guitarrista de ahora maneja mucho repertorio de vanguardia. Tal vez ya estaría fuera de la jugada, pero me he salvado por mi música”.
Taxco y Santa Prisca
Para Julio César Oliva componer otra de las piezas dedicadas a Taxco el gran problema que tuvo fue el título. ¿Cómo le pongo?, pensó una y otra vez, ya que otros compositores le habían dado un nombre. Y fue así que apareció Santa Prisca, la parroquia que debería de sonar como a órgano monumental de Bach. Así suena la pieza, como si estuviera Bach tocando el órgano. “La hice con mucho cariño. Normalmente mi trabajo se basa mucho en ideas extramusicales, en la poesía, pintura, una buena película, paisajes…o en aspectos de la vida personal, en fin. Puedo estar leyendo un libro e inmediatamente no sé qué mecanismos se disparan en mi mente y empiezan a transformar la literatura en música, o puedo ver un cuadro y ya empiezo a oír una música. Es un fenómeno curioso que me pasa desde niño”, finaliza.




