Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulqueños XVI

La Banca del Zócalo

El sitio donde se reunía todas las noches un grupo de acapulqueños para discutir los sucesos del día dio nombre a una agrupación que hará historia en el puerto: La Banca del Zócalo. Quienes a ella se han referido no han exagerado al compararla, por sus libérrimas opiniones, ácidas críticas y fina ironía, con la celebérrima Ágora ateniense.
Uno de ellos, el bien recordado amigo Rafael Castrejón Pérez en un artículo publicado en El Sol de Acapulco. Texto en el que llama a sus integrantes “agudos críticos y recios analistas sociales que gozan del respeto y aprecio de los acapulqueños”.

Zeus tlalchapense

Con Rafa, cuento aparte, mantuvimos cinco años un programa matutino de noticias y comentarios por la radiodifusora XECI. Un día, sin decir agua va, se nos impidió la entrada a la cabina de trasmisión. Orden del dueño, Eduardo Morales, se nos dijo. No obstante ser hijo del poderoso zar radiofónico y gobernador de Puebla, Guillermo Morales Blumenkron, Lalo temblaba de miedo como cervatillo lampareado. Sudaba empavorecido por la cruda y la amenaza del diputado Filiberto Vigueras Lázaro, líder estatal de la CTM, de “cerrarle por sus güevos el changarro”. Los locutores eran entonces cetemistas, ¿lo siguen siendo?
Y todo porque Radiopanorama, que así se llamaba la emisión, le había dado voz a un grupo de trabajadores hoteleros para denunciar la venta descarada de su movimiento de huelga. Pero más que eso porque uno de ellos había llamado corruptos al propio Vigueras y su jefe mafioso don Fidel.
–“Te pongo las banderas rojinegras, pinche Lalo, si no corres a esos cabrones enemigos de la clase obrera”–, estalla la santa ira del Zeus “tronante” (sic) de Tlalchapa.
Allá, en su tierra, Vigueras Lázaro poseía una enorme residencia cuyo orgullo era una alberca de grandes dimensiones. Muy sus cuotas y caprichos, qué chingaos. Lo censurable era que la población sufría por la escasez de agua cada vez que el líder vaciaba y llenaba su “pileta”, como le decía. Tan seguido que llegó a sospecharse que el personaje no cloraba el agua, tal vez por resultarle muy caro.

Viejos mitoteros

Volviendo al tema, Castrejón Pérez recuerda que un presidente municipal, seguramente para granjearse con aquellos, mandó a construir una enorme banca de granito y una placa metálica con los nombres de viejos y jóvenes “banqueros”, como se les llamaba popularmente. La respuesta de aquellos fue en general de genuino agradecimiento por el homenaje. No faltaron, sin embargo, los reparos: “Que no crea ese señor que con esta pendejada nos va a cerrar el pico”. La placa, por cierto, desaparecerá misteriosamente.

Banqueros

Enrique Díaz Clavel, cronista de la ciudad, recuerda a viejos y aguerridos “banqueros”. El integérrimo líder obrero Constancio Martínez, implacable contra los negreros, déspotas y corruptos; Julio Diego, reviviendo la lucha escuderista entre los trabajadores del mar; Patricio Escobar y su memoria viva del líder Juan R. Escudero, cuyo cadáver acribillado le tocó recoger con un grupo de mujeres. José O. Muñúzuri, periodista e impresor que tuvo que huir de la ciudad a causa de un reporte metereológico que no le gustó al capitán de Puerto, y Galo Castillo, intrépido hombre de mar defensor tenaz del astillero de Tambuco.
Ahí estaban puntuales el puntilloso Juan Castañón –bigote kaiseriano, pistola al cinto y fuete en la mano–. Un día, Juanito no tendrá tiempo de sacar su forty-five: morirá acribillado por lanzar un piropo a una mujer ajena. Jesús de Basterra, jovial y dicharachero; Roberto Maya Torreblanca, arrastrando desde niño el apodo de El Gayso, porque así pronunciaba el nombre de las garzas de su pueblo Dos Arroyos. Taxista, fue amigo e informante de Donato Miranda Fonseca, cuando secretario de la presidencia con López Mateos. Jorge Joseph bautizará al chilapeño como “El ministro del odio” y para algunos el certero mote influyó para que no llegara a la presidencia de la República. Se la ganó Díaz Ordaz por un hocico.
La simpatía inigualable de Milo Fares y sus excursiones a la “Tahuer” (nombre “críptico” de La Huerta, en la “Zonaja” o zona de tolerancia), al frente de media docena de banqueros de “terceras y hasta cuartas edades”. Milo jurará nunca más repetir la experiencia y ofrecía su sólida argumentación. “Me hacen quedar mal pues en lugar de ron o güisqui piden el inexistente “habanero Lozano” (de antigua elaboración local publicitado como “bueno, puro y sano”). Y mucho peor: llegan preguntando por La Nalga Bruta, La Rompecatres, La Tetona Orihuela y La Tintorera (“casi me lo arranca, la cabrona”: un testimonio anónimo). Todos ellos apodos de damiselas con las que habían alternado en el Foco Rojo, un cabaret de la primera “zona roja” del puerto, allá a finales de los 30. ¡ Viejos pendejos!, lo enchilaban…

Los banqueros y Alemán

Durante una visita al puerto, el presidente Miguel Alemán pidió ser recibido por La Banca del Zócalo, deseoso de conocer la opinión de los auténticos acapulqueño sobre la obra federal, aquí ejecutada por la Junta Federal de Mejoras Materiales. Así sucedió y el mandatario disfrutó de aquel encuentro que le hizo recordar, dijo, la sinceridad y la gallardía de sus paisanos. El veracruzano pidió a los banqueros no renunciar al privilegio de criticar a sus gobernantes, y, como súplica personal, mantenerlo informado sobre las nuevas “mañosadas” de su gente.
Se conocerá más tarde un diálogo del presidente Alemán con el presidente de la Junta Federal de Mejoras Materiales de Acapulco, su cuate Melchor Perrusquía.
– ¡Que chínga te pusieron en La Banca de Acapulco, Melchor, pero que chinga, hermano!
– Nada me extraña de esos pinches agiotistas, jefe. Y eso que todas las cuentas las maneja el Banco de Acapulco, las de la Junta, las mías, las de los proveedores y funciones e incluso las de mis puitas. Entre todas levantan una enorme montaña de billetes, jineteados alegremente por esos cabrones usureros. Son unos mal agradecidos, Miguel, no les hagas caso.
– ¡Ay, Melchor, pero qué pendejo eres; no tienes idea de lo que estoy hablando. Y no la tienes porque vives muy alejado de la gente del puerto. Gente que como ninguna otra podría orientarte en tu trabajo. ¡Acércateles, Melchor, acércateles y escúchalos!

Alcaldes y ex alcaldes

Eran asiduos a la Banca del Zócalo hombres sencillos que habían ocupado la presidencia municipal de Acapulco. El orfebre Enrique Lobato, que lo fue hasta en tres ocasiones. Don Delfino Moreno, ordeñando sus propias vaquitas, Baltazar Hernández y su primo Canuto Nogueda Radilla, ambos litigantes. La abogacía estaba representada por Pedro Terán Mendoza, Rafael Saavedra Ramos, José Murillo Novelo, Jesús Cruz Manjarrez y Manuel Añorve López. Este último hacía las veces de “niño artillero de la Banca”, con una dotación permanente de cohetes, cohetones, chinanpinas, buscapiés y toda la parafernalia pirotécnica. Con ella hará bailar a los viejitos o romperá reuniones acaloradas. Alguna vez, Manuel lanzará una andanada de buscapiés a la llegada del doctor Ricardo Morlet Sutter, apenas ascendido a la presidencia municipal.
Al alcalde acapulqueño no le cae en gracia la azufrosa recepción y francamente encabronado llama a un policía que pasa por ahí. Remita al cohetero, le ordena. Como ve que el uniformado no solo no le hace caso sino que con el resto rie a carcajadas, Morlet adopta una actitud severa:
– ¡Soy el presidente municipal de Acapulco, tu nuevo jefe, obedéceme!.
El tipo aquel no se inmuta. Está seguro que se trata de una nueva chacota del grupo y sólo cuando el alcalde le reclama nuevamente obediencia, ahora con palabras mayores, reacciona con una argumentación para él válida:
– ¡ Antes que nada, amiguito, in-ti-fí-que-se, sí señor, in-ti-fí- que-se!
El requerimiento del uniformado provocará la carcajada del grupo, incluido el presidente municipal, distendiendo el ambiente para permitir la huida del cohetero junto con el policía.
Eran tiempos en los que un presidente municipal solía caminar solo y su alma.

Anecdotario

Decía Rafael Castrejón que las travesuras de Manuel Añorve y los comentarios incisivos del Gayso Torreblanca, ya formaban parte del anecdotario de Acapulco. Un Acapulco que se fue para dar paso a la ciudad cosmopolita que, no obstante su calidad turística de primer orden, sigue padeciendo carencias y malos servicios públicos, los mismos que antaño fueron temas quemantes de los “banqueros” del Zócalo. Y concluye: todos ellos se iban a dormir a casa ya entrada la noche, después de haber hecho la vivisección de funcionarios y políticos “mañosos”.
Por su parte, el cronista Díaz Clavel recuerda a Tino González, peluquero de alcaldes y gobernadores – Alejandro Gómez Maganda fue su compadre–, quien eludía cualquier confrontación con sus pares. Evitaba hacer corajes porque en su cena nunca faltaba el aguacate. También recuerda EDC cuando el alcalde Efrén Villalvazo Alarcón, amenazaba desde el pórtico del cine Salón Rojo, de su propiedad, con meter a la cárcel a los “viejos mitoteros” que hablaban mal de su gobierno. Nunca lo hizo. Ahí estaba, enorme y agudo, Arturo Escudero, siempre pendiente de reafirmar o rectificar versiones sobre la vida de su primo Juan. Tito Alvarez Gutiérrez, también en disputa permanente con los detractores de su parientito Juan Alvarez, vilipendiado por Santa Anna como El Atila del sur. Manuel Chito Ávila, pulcro y perfumado, “por lo que pueda ofrecerse”, decía.
Los más antiguos banqueros habían saboreado las aguas frescas que expendía el Chino Rivera en el viejo quiosco del Zócalo y en cuya parte alta ofrecía serenatas dominicales la banda de música de don Chalo Polanco. Ahí mismo, el Güero Beto López narraba sus andanzas como “vaporino” de los siete mares. “Vaporino” se llamaba a los tripulantes de cualquier embarcación mayor y se le distinguía por sus camisas de seda floreada y su modo de caminar, ladeándose, como si lo hicieran sobre la cubierta del barco. “Es que no me caben en el pantalón, cabroncito”, contestó el padre Rodolfo García cuando un deslenguado lo acusó usar “faldas”. El de la Fábrica, fue el templo de este curita mundano que contaba “chilitos” con mucha gracia. También, puntuales, Alejandro Hudson Batani, Simón Funes Dueñas, José Camargo, José Isabel Moreno, Eligio Gómez y Lucio Lobato,
Una última anotación de Díaz Clavel: La gente joven escuchaba con atención a estos acapulqueños dueños de toda la sabiduría del mundo. Ahí estaban: Jaime y Efrén García Guillén, Andrés Pérez García, Leonardo Flores y Anituy Rebolledo Ayerdi. O sea, este escribidor.

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