Del preguntar por Pensión Guerrero en el pequeño y caluroso despacho del Inaplen
Aurelio Peláez * “Yo –dice el anciano– nunca había querido acercarme a esas oficinas; siempre había tenido cómo. Pero ahora, con la rodilla lastimada, trabajar no se puede, agarra uno algo pesado y se dobla la pierna”.
Tímido, acude a preguntar a las oficinas del Instituto Nacional de Adultos en Plenitud (Inaplen) sobre la Pensión Guerrero. Antes, espera que termine de hablar con una de las encargadas del lugar una mujer madura, quien intercede no por ella, “sino por un señor al que cuido. Mire, yo le ayudo, yo siempre le ayudo, pero queríamos ver… Ya lo inscribí, traje sus papeles, lo que pasa es que le puse la dirección de la casa de su hermano y no vaya a ser que allá le llegue el recurso. ¿O les van a pagar con tarjeta? No vaya a ser que… O sea, ya está en la lista, ¿no? Porque algo más le ayudaría, digo, yo le ayudo, pero quería ver cómo se los van a dar”, dice de los 400 pesos de la Pensión Guerrero, que a partir de este día repartirá el gobierno estatal.
A mediodía quedan pocos visitantes permanentes a las oficinas del Inaplen, los que hacen vida social común: ejercicios, actividades culturales y deportivas, los que aprovechan o hurgan de los escasos programas de apoyo en salud, empleo a los adultos mayores –o en plenitud, según el lenguaje de las oficinas de gobierno: los viejos, los ancianos, se dice en la crudeza de la vida en la calle.
Las oficinas del Inaplen en el parque Papagayo –que todavía exhiben las viejas siglas: Insen–, una de las tantas por donde tuvieron que pasar los viejos en el trámite de la pensión, es un pequeño y caluroso despacho con frente de cristales con letreros en cartulina y carteles por todas partes. A un lado de la puerta de entrada está el austero anuncio en fotocopia a blanco y negro de una clínica especializada en dentaduras postizas que, dónde más, ofrece sus servicios.
Afuera quedan la sillas de plástico que ocuparon los asistentes de la mañana a una de las consultas que ofrecen un par de días a la semana alumnos de la Facultad de Medicina. Las consultas comienzan poco después de las 8 de la mañana y ya desde esa hora hay filas de adultos mayores esperando la atención que no podrían pagar en un más digno consultorio de geriatría especializado.
La mujer madura, de unos 50, cuenta ahora al hombre que dice que hasta ayer no se había parado por una oficina del Inaplen, que ella cuida de un señor, que le tramitó la pensión, y que está preocupada porque le llegue, no vaya a ser que uno de sus hermanos se quede con el recurso.
Le escucha una de las asistentes “del diario” a esa oficina del parque Papagayo, vestida de blanco, algo cansada a eso de las 2 de la tarde: “Porque también hay que cuidar que ese recurso se entregue de manera plural, que no se vaya a quedar nada más para los de un partido, porque hay cada…”.
El hombre que por primera vez fue a las oficinas del Inaplen, y que ya le dijeron que no se preocupe, que ya está seguramente en las listas de apuntados a la pensión, que le dijeron que no tiene que ir a Chilpancingo, como le dijo su amigo, porque los del gobierno están en Chilpancingo, se levanta de una de las sillas de plástico en las que se acaba de sentar y cojeando ofrece: “¿Un refresquito, señoras?”




