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Fernando Lasso Echeverría

Octavio Paz

El pasado 31 de marzo se conmemoró el centésimo aniversario del natalicio de Octavio Paz Lozano, uno de los tres premios Nobel que honran a nuestro país. Lo obtuvo en literatura en 1990 y los otros dos lo fueron Alfonso García Robles, diplomático que logró el premio Nobel de la Paz en 1982, y el químico Mario Molina, quien obtuvo el de Química en 1995. Sin embargo, este ensayo está dedicado exclusivamente al literato y diplomático Paz Lozano, quien fue distinguido además con los siguientes premios: el Xavier Villaurrutia en 1956; el Miguel de Cervantes en 1981; y el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, por la revista Vuelta, en 1993.
Difícil tarea es escribir algo nuevo sobre don Octavio Paz, no obstante, personajes de este nivel no son conocidos a fondo por el público en general, y creemos útil para nuestros lectores, esbozar –aún con limitaciones– una semblanza biográfica de este ilustre mexicano. Paz fue –además de un distinguido ensayista– un gran crítico social, y un poeta destacado, con antecedentes familiares muy interesantes y poco sabidos: su abuelo paterno fue un mexicano liberal decimonónico; su madre, una española de tendencias conservadoras; y su padre, un revolucionario zapatista.
Su abuelo paterno fue el abogado y escritor Irineo Paz Flores –originario de Jalisco– quién tomó las armas en Colima, contra la intervención francesa; posteriormente se sumó a la rebelión de Tuxtepec encabezada por Porfirio Díaz, contra la reelección del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, y acabó publicando un influyente periódico de larga vida –pues circuló de 1877 a 1914– de nombre La Patria, cuyas críticas al presidente Díaz le valieron una temporada en la cárcel. Como funcionario público se desempeñó como secretario general de Gobierno, de Sinaloa, Jalisco y Colima. También fue juez y magistrado del Tribunal Superior de Justicia; después fue diputado y regidor del Ayuntamiento de la Ciudad de México. En las crónicas históricas del siglo XIX quedó señalado un suceso que siempre lamentó el abuelo del poeta: el duelo que lo llevó a enfrentar y matar a Santiago Sierra Méndez, hermano de Justo Sierra Méndez e hijo de Justo Sierra O’Reilly, secretario de Educación porfirista (1905-1911).
Don Irineo publicó varias obras, que lo dieron a conocer como escritor contemporáneo de la generación literaria de Vicente Rivapalacio y Manuel Payno, entre otros. Entre ellas, se recuerda: La piedra del sacrificio (1871); Amor y suplicio (1873); Amor de viejo (1874); Doña Marina (1983); Leyendas históricas de la Independencia (1894); Vida y aventuras de Joaquín Murrieta (1908).
Su padre, Octavio Paz Solórzano, fue así mismo abogado, y al igual que don Irineo, combinaba su actividad profesional con el periodismo en la misma publicación familiar, en la cual abordó con frecuencia el proyecto agrario del zapatismo; sin embargo, Paz Solórzano abandonó pronto la administración de La Patria para sumarse a la rebelión de Emiliano Zapata, con la cual se identificaba; don Octavio fue, junto con Antonio Díaz Soto y Gama, uno de los más valiosos ideólogos de esta corriente revolucionaria, y se desempeñó un tiempo, como representante del zapatismo en Estados Unidos; después de la muerte de Zapata, continuó en ese país más bien como desterrado político. Mientras esto pasaba, nuestro biografiado y su madre vivieron en casa de don Irineo, ubicada en la población de Mixcoac, que ahora forma parte de la ciudad de México. “El barrio de Mixcoac, era tan callado y tan tranquilo –decía Paz– que podía oírse el paso del tiempo”.
Esta atmósfera del entonces pueblerino Mixcoac, y en especial, el ambiente de la casa misma, que colindaba con la de Valentín Gómez Farías –en cuyo jardín estaba enterrado éste– y que tenía enfrente una iglesia del siglo XVI y un convento del siglo XVII, marcó notablemente a nuestro personaje; el mismo Paz escribió sobre sus primeros años de vida lo siguiente: “Vivía en un pueblo, en las afueras de la ciudad de México, en una vieja casa ruinosa, con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros”. En la conferencia que dio después de recibir el Premio Nobel, Paz describió minuciosamente su espacio infantil: “El jardín se convirtió en el centro del mundo y la biblioteca en una caverna encantada”; “había una higuera, templo vegetal, cuatro pinos, tres fresnos, un huele-de noche, un granado, herbazales, plantas espinosas, que producían rozaduras moradas. Muros de adobe. El tiempo era elástico; el espacio, giratorio”. Finalmente, en 1920 –ya muerto Zapata– el pequeño Octavio y su madre, emigraron a Los Ángeles, California para acompañar a su padre en el destierro, dejando a don Irineo en su casa, donde éste, murió cuatro años después.
Este hecho provocó que la familia Paz volviera al país y se instalara nuevamente en la casa paterna de Mixcoac, en donde (como lo comentaba Paz) se encontraba la biblioteca de don Irineo, abrevadero intelectual primario del precoz niño Octavio, quien a los 10 años de edad, fue inscrito en el Colegio La Salle, cuyas instalaciones estaban ubicadas en la casona de la ex hacienda El Zacatito de Mixcoac, donde Paz –quien hablaba el inglés, aprendido durante su estancia en Los Ángeles– estudió el francés, y posteriormente, estuvo en el Colegio Williams fundado por ingleses, en la ex casa de campo de Limantour, el secretario de Hacienda porfirista; ambas eran escuelas particulares de estudios básicos del pueblo de Mixcoac; después, estuvo en la secundaria oficial número 3, en donde participó en la huelga estudiantil por la autonomía universitaria en 1929; y luego, ingresó en 1930 a la Escuela Nacional Preparatoria (en el antiguo Colegio de San Ildefonso) donde realizó sus estudios previos a los profesionales.
Fue en San Ildefonso donde, de acuerdo a confidencias del mismo Paz, éste descubrió al novelista y poeta francés Marcel Proust, a los escritores de la generación del 29, y a los poetas del 27: García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén y a los maestros de éstos: Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez; relataba también, que gracias a las revistas y libros que llegaban al México de principios de la tercera década del siglo XX, conoció a los literatos latinoamericanos, César Vallejo, Vicente Huidrobo entre otros, y señalaba entre éstos a Pablo Neruda, a quien calificaba como una figura incomparable y por quien nunca dejó de expresar su admiración, a pesar de sus diferencias ideológicas posteriores. En la Escuela Nacional Preparatoria, una estirpe de intelectuales que funcionaban en ella como maestros, refuerzan sus conocimientos en el aula; entre ellos estaban Antonio Caso, Samuel Ramos, Carlos Pellicer, Julio Torri y José Gorostiza. En ese entonces –decía Octavio Paz– ya tenía claro que quería ser poeta. Fue en 1931 cuando publicó su primer poema, Cabellera, y en ese mismo año fue uno de los fundadores de la revista estudiantil Barandal, que fue el punto de arranque de su participación en otras tantas: Cuadernos del Valle de México (1933-1934); Taller Poético (1936-1938); Taller (1938-1941), revista que marcó la aparición de una nueva generación de escritores mexicanos y en la que colaboró don Alfonso Reyes; El hijo pródigo (1943-1946); Plural (1971-1976) y Vuelta (1976-1998), publicación que lo llevó a recibir el premio Príncipe de Asturias, y en la cual plasma su regreso a México a través de poemas de reencuentro con amistades y lugares, entre los que está el celebrado Nocturno de San Ildefonso.
En 1932 inicia su carrera de Derecho, la cual abandona en 1937 dejando inconclusos sus estudios para irse a radicar a Yucatán como maestro rural de los hijos de los campesinos. Al parecer, esta difícil decisión la tomó Paz ante la muerte de su padre en circunstancias dramáticas, pues don Octavio Paz Solórzano murió en estado de ebriedad arrollado por un tren. Por otro lado, si bien Octavio Paz Lozano provenía de una familia de abolengo, en esos momentos de su historia había venido a menos en lo económico, hecho que le provocó severas privaciones financieras. En Yucatán, Paz se encontró con una realidad enorme de discriminación racial y desigualdades sociales extremas, situación que lo impresiona y provoca que sus convicciones políticas se profundicen y abrace las causas de la izquierda, deseando un cambio social radical. En ese momento –decía Paz– tuvo claro, que además de poeta, quería ser revolucionario; y de esta manera, al amor y otros temas juveniles manifestados en su poesía, se sumaron la inconformidad social y la revolución. El brutal escenario del campesino maya lo llevó a escribir en esa época Entre la tierra y la flor. Como socialista convencido, Paz dará sus clases a hijos de obreros y campesinos, y marcha por Campeche y Tabasco con la consigna de replicar ese modelo educativo.
Después de algunos meses, y ya casado con Elena Garro, parte con ella a España, para asistir en Valencia al II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, al que fue invitado por Pablo Neruda, y en el cual entró en contacto con la guerra civil española, que se había desatado un año antes; por sus experiencias en ella, Paz confesó cierto alejamiento de la izquierda, ante el impacto que le causaron el dramatismo de las purgas internas en la Unión Soviética, el dogmatismo comunista, y la exclusión dentro de la misma izquierda española. Pero con estas vivencias, el joven y desconocido Paz tiene también la oportunidad de codearse con el grupo de escritores progresistas que manifestaban su solidaridad con la causa republicana; entre ellos, Luis Cernuda, Julien Benda y Louis Aragón, que tuvieron gran importancia en su vida.
Al paso de los años, Octavio Paz finalmente renegó de las doctrinas comunistas, diciéndose decepcionado de las estrategias antidemocráticas y políticas totalitarias para implantar esta doctrina ideológica. Al respecto, don Octavio comentaba: “Entre 1930 y 1940, lo mismo en Europa que en América, la mayoría de los escritores que entonces éramos jóvenes, sentíamos una inmensa simpatía por la Revolución rusa y el comunismo, pero en la década posterior se iniciaron las revelaciones y las desilusiones; descubrí la existencia de campos de concentración en la Unión Soviética y ya no me pareció tan claro que el comunismo fuese la cura de las dolencias del mundo y de México”. “Vi al comunismo como un régimen burocrático, petrificado en castas, y vi a los bolcheviques que habían decretado bajo pena de muerte la comunión obligatoria, caer uno tras otro, durante las purgas de Stalin”. Su postura personal lo aisló política, filosófica y literariamente, hecho que hizo declarar a Paz lo siguiente: “Mis críticas al comunismo provocaron una biliosa erupción de vituperios. La oleada de odio y lodo, duró muchos años; algunas de sus salpicaduras, aún están frescas”.
Otra faceta interesante de Octavio Paz lo fue su actividad diplomática, pues desde 1944 se integró al Servicio Exterior Mexicano. Curiosamente, fue Pablo Neruda –cónsul de Chile en varios países por muchos años– quien le sugiriera tal posibilidad, con las siguientes palabras: “En vista de que no tienes dinero y hablas varios idiomas, ¿por qué no emprendes la carrera diplomática? Esto evitará que termines como periodista o profesor… Por otro lado, podrás viajar y conocer otros países”, insistía don Pablo, para convencerlo. Octavio Paz se interesó en la propuesta y presentó sus exámenes de oposición, mismos que aprobó e ingresó al Servicio Exterior Mexicano, recorriendo el escalafón burocrático desde su primer peldaño, pues se inició como canciller de tercera en 1944, hasta alcanzar la titularidad de una embajada en 1962. No obstante, por su misma preparación, su carrera fue rápida y ascendente desde el principio; en el puerto norteamericano de San Francisco se realizó la conferencia mundial que daría lugar a la Organización de las Naciones Unidas; la delegación mexicana fue encabezada por don José Gorostiza –alto funcionario de Relaciones Exteriores– quien conoció a Octavio Paz en su modesta encomienda y lo cambia de San Francisco al Consulado de México en Nueva York, como canciller de segunda, y de ahí a la Embajada de París, como tercer secretario, donde permanece desde 1945 hasta 1951, y tiene la oportunidad de hacer amistad con André Bretón, Benjamín Péret, y otros distinguidos escritores franceses y de otras nacionalidades.
En 1953 regresa a México, y trabaja en la Secretaría de Relaciones Exteriores; en 1959 fue enviado nuevamente a París y en 1962 es cambiado a la India, donde más tarde ocupó el cargo de embajador. En 1964 contrae matrimonio con Marie-José Tramini. En 1967 ingresó al Colegio de México. Su actividad diplomática la concluyó en 1968, al renunciar a ese puesto por medio de una carta que le envía al entonces canciller Antonio Carrillo Flores, como protesta contra la política del gobierno mexicano diazordacista ante el movimiento democrático estudiantil.
Su primer libro, Luna Silvestre (1932), no fue muy conocido, sin embargo, Paz Lozano recibió una favorable opinión de Rafael Alberti, quien a su paso por México afirmó que la poesía encontrada en ese libro era “muy revolucionaria” porque su joven autor “trataba de cambiar al lenguaje”. Paz, como ensayista, publicó una extensa obra, entre cuyos títulos destacan El Laberinto de la soledad (su obra más conocida); El arco y la lira; Las peras del olmo; Cuadrivio; Corriente alterna; Conjunciones y disyunciones; Posdata; El signo y el garabato; Los hijos del limo; In/mediaciones; Sor Juana Inés de la Cruz, o las trampas de la fe, Tiempo nublado; Sombras de obras; Hombres en su siglo y La otra voz; Poesía y fin de siglo y La llama doble. Como poeta destacan sus libros Libertad bajo palabra; Salamandra; Ladera este, en donde recoge sus experiencias en oriente; Pasado en claro, largo poema donde Paz trata en forma íntima y profunda parte de su niñez y juventud; Árbol adentro, bello poemario en donde exalta predominante el erotismo y el amor, aunque hay también un lugar importante dedicado al diálogo con la literatura y las artes plásticas. Octavio Paz, murió en 1998, en la Ciudad de México.
* “Presidente de Guerrero Cultural Siglo XXI”

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