Federico Vite
Entre Corrección y El origen
Cuando aparece Corrección en 1975, Thomas Bernhard deslumbró el panorama literario alemán; este libro de manufactura impecable –quizá la novela más alabada de este autor– compitió en los estantes de las librerías con una novela breve que se publicó también ese año y fue escrita por el mismo Bernhard: El origen (Anagrama, 1984), documento en el que consuma una amarga invectiva contra el sistema educativo de Salzburgo. Thomas es un tipo que reconoció los límites de su existencia, y desde ahí comenzó la indagación estética que lo ha caracterizado.
Por estadística, notamos que este hombre publicó en más de una ocasión dos libros por año, lo cual habla de su compromiso con su obra autobiográfica (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño), lo que los alemanes han de-finido como la Erziehunsgroman, novela de la educación, aunque el mismo Bernhard llamó a su saga: novela de la antieducación sentimental. Justamente en 1975, sus lectores se preguntaban qué camino seguiría este caballero: la autobiografía cínica o la creación novelada de algunas reflexiones filosóficas.
Veamos, en Corrección, el anónimo narrador de la novela llega a la casa del taxidermista Höller, en cuya buhardilla el suicida consumado Roithamer permaneció durante seis años pensando cómo planear y construir, en el centro geométrico exacto del bosque Kobernauss, un cono que, desa-fiando las leyes de la construcción tradicional, estaba destinado a ser residencia y ‘felicidad’ de su hermana. Urdida en torno a un proceso obsesivo de creación y destrucción, la novela muestra el sinsentido del hombre contemporáneo.
En cambio, El origen es una novela que se divide en dos partes, cada una de ellas titulada con el nombre de un personaje importante para el autor, “Grünkranz” y “El tío Franz”. En la primera sección Salzburgo padece la guerra y sufre la absurda contraposición de nacionalistas que definen el canon del nacionalista ideal; en la segunda parte la paz de esa guerra es un espejismo revelado por la resurrección del catolicismo. El autor recurre a la primera persona para dar cuenta de los espacios, humores y pulsiones vitales de los personajes que van apareciendo en la trama. El tono de la narración es sobrio, sin florituras ni arpegios que busquen melodías dramáticas en una historia que se condensa y cae en el horror.
Si Corrección es la fuerza y el encanto estético de un escritor, El Origen es la piedra lunar de una finca que soporta visiones de sufrimiento y horror.
Al pensar en la fuerza de la autobiografía de Bernhard viene a la cabeza un autor reciente que con el correlato de su existencia se ha encumbrado en los montículos de la literatura europea, me refiero al escritor noruego Karl Ove, quien ha ganado adeptos con su saga Mi lucha.
Pero volviendo al punto, la técnica que utiliza Bernhard en sus libros es simple, relega la acción por la reflexión y rompe la intriga, pero genera el suspenso, uno quiere saber qué pasa. Los relatos no poseen orden cronológico, el autor usa y urde sus recuerdos en torno a diferentes escenarios, abre y cierra las vetas de sus relatos. Sondeó temas duros: la soledad, la muerte, la enfermedad y la locura. ¿Por qué? La biografía es la clave, Bernhard nació en un convento para madres solteras —su madre había llegado a ese lugar para evitar el escándalo— y muy chico volvió a Austria, donde fue educado por su abuelo materno, Johannes Freumblicher, un escritor menor. A los 11 años ingresó como interno a un colegio de Salzburgo, donde recibió una educación nacional-socialista y católica. Abandonó sus estudios para trabajar de vendedor en el sótano de un barrio pobre de Viena. Después fue internado por una pleuresía que derivó en tuberculosis. Su estado de salud se agravó y llegó a ser desahuciado por los médicos. Contra todo pronóstico, sobrevivió, pero las complicaciones crónicas lo obligaron a llevar una vida de reclusión y cuidados intensivos. Murió en Austria, en el invierno de 1989. Sus libros El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño muestran cómo una persona doliente y frágil entiende el mundo que le ha tocado compartir y, sobre todo, lamenta no haber sido lo suficientemente fuerte como para vivir sin asistencia médica.
El buen Thomas heredó una estética en la que el absurdo y el horror son las vías para encarar ciertas desavenencias entre humanos. Obviamente, se apegó a la autobiografía para explicarse su estancia en el mundo, no quiso verse como el suicida de Corrección, un Sísifo dañado. ¿Qué hubiera pasado si Bernhard hubiera sido acapulqueño? Que tengan buen martes.




