José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*El Plan del Zapote / 1
Resumen del resumen
En la Presentación de la novela titulada El Plan del Zapote, La primera rebelión del siglo XX (Conaculta y Gobierno del Estado de Guerrero –a través del FOECA–, 2009), el autor, Mauricio Leyva, recuerda la mano dura con que Porfirio Díaz trataba a los guerrerenses. Anticipa que el dictador basaba su poder en el ejército, el Congreso federal y en los gobernadores, que solían ser “amigos y compadres suyos que le garantizaban sumisión total y plena libertad para obrar a su antojo, con la finalidad de crear intereses convenientes a sus políticas personales. Este último factor –apunta– fue minando su gobierno debido a que los gobernantes en turno instituían gobiernos ilegítimos que en principio de cuentas eran encabezados por personas originarias de otros estados, quienes actuaban de manera déspota y favorecían únicamente a un reducido grupo que acumulaba la mayor parte de las riquezas. Ningún estado estuvo exento de esto…”, y Guerrero fue uno de sus favoritos.
Para mediar entre la rivalidad de los caciquiles generalotes Diego Álvarez y Vicente Jiménez, Benito Juárez impuso en la gubernatura de Guerrero “al jalisciense Francisco Otálora Arce, a quien Vicente Jiménez desconoció, y (quien) contando con una parte del Congreso nombró como gobernador interino a Francisco Domingo Catalán”. En 1871 Diego Álvarez reasume el poder militar regional, en 1873 se sienta por segunda vez en la silla gubernamental, a la cual renuncia en febrero de 1877, después de la proclamación del Plan de Tuxtepec que encumbró a Porfirio Díaz en el poder.
El porfirista Vicente Jiménez –cuenta Leyva– emprendió una “cacería” contra Diego Álvarez, quien “de inmediato contraatacó, el resultado fue sangriento y dio de beber sangre a la tierra”. Díaz optó por destituir y desterrar a Jiménez y envió como gobernador del estado al general tlaxcalteco Rafael Cuéllar. Diego Álvarez gobernó de 1881 a 1885. Lo sucedió otro general conocido: Francisco Otálora Arce, quien conseguiría ser reelecto en 1889 y en 1893. Los guerrerenses estaban hartos de los gobernantes impuestos y el general Canuto Neri, jefe de Armas Federales en el estado, protesta formalmente por la reimposición de Otálora Arce “y teniendo al pueblo de su lado logra que el fraudulento gobernador ni siquiera se presente a tomar protesta”. Díaz nombra gobernador interino a Mariano Ortiz de Montellano. Neri refunfuña y don Porfirio cambia a Ortiz por Antonio Mercenario.
Ora sí que este es el resumen del resumen con que Mauricio Leyva enmarca históricamente su novela. Empieza en la Presentación y prosigue en los primeros cinco capítulos, íntegramente dedicados a la rebelión de Canuto Neri, el que sería amablemente amnistiado por el dictador y quien moriría –en 1897– tras ingerir los platillos que le sirvieron en un banquete realizado en Palacio Nacional.
Sirva la refifada para que los lectores empecemos a ubicar el panorama político-militar regional y a familiarizarnos con nombres de personajes, lugares y fechas importantes; con asunciones y caídas gubernamentales y escaramuzas armadas en las que las fuerzas federales persiguen y derrotan a las rebeldes surianas que surcan el relato que nos espera. Lo cierto es que desde la Presentación Mauricio captura a los lectores, gracias al estilo ligero que empieza a desarrollar y sin duda porque casi todos los sucesos de este periodo decimonónico que se refieren al cariño mortal que Díaz le tenía a los guerrerenses resultan tan aberrantes y novelescos que no le piden nada a pasajes de la novela indigenista o a los de dictadores latinoamericanos que escribieron Augusto Roa Bastos, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, entre otros.
Anécdota anticipada y didáctica
La escritura en un solo bloque, sin punto y aparte, de este texto inicial, sugiere el afán condensador del autor. Leyva lleva prisa, pero no tanta como para no presentarnos al gobernador Mercenario “redimensionando las prácticas de los anteriores gobernantes” en 1900, y advirtiendo que “un grupo de intelectuales guerrerenses y michoacanos opositores a la dictadura de Porfirio Díaz, desde 1897 tomarían la antorcha de la libertad e iniciarían una lucha que definiría el carácter de los demás movimientos revolucionarios de la nación mexicana…”
En plan prolijo, enlista a “estos jóvenes”: entre los nombres sobresalen: Eusebio S. Almonte, Anselmo Bello, Aurelio Vázquez, Alberto Jiménez, Fortino Arellano, Margarita Viguri, Luciana Jiménez, Juan, Felipe y Gabino Garduño, Vicente y Porfirio Jiménez, Cesáreo Cuevas, Francisco Parra y Jesús, Epifanio, Wenceslao, Mateo, Francisco y Juan Bello. “Éstos –aclara– se unieron a Salustio Carrasco Núñez, a quien apoyaría Inocente Román y Sabino Arroyo y quienes impulsaron la candidatura de Rafael Castillo Calderón ese mismo año de 1900 en que Mercenario quiso releegirse”.
El largo enlistamiento equivale a un homenaje a los “jóvenes” rebeldes que habitan las páginas que vienen y nos deja avizorar los inicios del movimiento político regional que inició bajo un zapote de Mochitlán.
La candidatura de Mercenario “era apoyada por el Partido Científico dirigido por Rosendo Pineda, (quien) creó un gran movimiento cívico que llevó al triunfo a Castillo Calderón, pero a través de la imposición, el Congreso declaró vencedor a Mercenario. Las protestas por parte del grueso de la población no se hicieron esperar y el impuesto gobernante tuvo que renunciar quedando Agustín Mora en su lugar con la misión de convocar a nuevas elecciones; así lo hizo, sólo que quedó como único contendiente a la gubernatura, a la cual se negaba a renunciar. Reorganizado Castillo Calderón, se inscribe para contender de nueva cuenta y junto con sus jóvenes seguidores emprende con bríos renovados su campaña. Ante la amenaza latente de perder el poder, Agustín Mora desata una persecución contra sus oponentes que los obliga a levantarse en armas el 8 de abril de 1901 en el pueblo de Mochitlán, allí, bajo un zapote prieto, se dieron cita todos los partidarios y por primera vez, tal como lo hiciera el gran Morelos en su lucha por la independencia cuando le quitó el antifaz al movimiento y cesó de invocar el nombre del tirano, se proclamó el Plan del Zapote, que en su primer punto manifestaba, sin temor alguno y en franca rebeldía: Desconocimiento del régimen porfirista. Para reprimir a los rebeldes, fue enviado un entonces desconocido militar llamado Victoriano Huerta cuyo rango era de coronel; aunque los principales precursores del movimiento lograron huir, este sanguinario personaje fusiló a más de cincuenta personas en el poblado de Mochitlán, al poco tiempo fue aprehendido y fusilado Eusebio S. Almonte en compañía de su amigo Elías Ramírez, el coronel alcanzaría el grado de General Brigadier, por la intervención del destacado político guerrerense Manuel Guillén, se declaró una amnistía para todos los jóvenes que habían formado parte del Plan del Zapote…”
De alguna forma, en la Presentación de El Plan del Zapote, Mauricio Leyva nos cuenta la novela. La archirresumimos convencidos, como el autor, de su función ilustrativa y didáctica. Mauricio Leyva (Chilpancingo, 1980) es autor de dos libros de poemas y de una obra de teatro. Ésta se titula Sentimientos de la Nación y aporta muchos datos sobre la situación y el carácter de varios personajes históricos, pero como está escrita en diálogos cargadísimos, es muy difícil de leer y de poner en escena, como lo constató el grupo teatral que encabezaba el recordado Jaime Figueroa, que para estrenarla en 2010 tuvo que contratar a una asesora de historia y a un guionista. En una solapa del libro se registra que Leyva “ha sido objeto de múltiples reconocimientos por parte de autoridades e instituciones educativas”. El Plan del Zapote, La primera rebelión del siglo XX es su primera novela. La mano ligera pero templada que Mauricio Leyva muestra en ella tal vez advierta a quienes conocen sus poemas y su obra teatral, que la narrativa es el género en que mejor se aplica. Su investigación, seria, acuciosa, dejó, sin embargo, algunos históricos cabos sueltos… o medio rasurados.




