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Jesús Mendoza Zaragoza

Ya era tiempo

 

Sobre todo en las redes sociales, se desató un gran caudal de imágenes y opiniones acerca del suceso protagonizado por los estudiantes de la Universidad Iberoamericana con motivo del encuentro con el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto en dicho espacio académico. Hay que señalar que dicha universidad tuvo el acierto de convocar a los candidatos presidenciales a participar en un ejercicio llamado Buen ciudadano Ibero con la finalidad de promover la participación activa y consciente de la comunidad estudiantil, de los académicos y de los trabajadores de la propia universidad, de cara a las próximas elecciones.

Ya anteriormente fueron recibidos en el Campus de Santa Fe, Andrés Manuel López Obrador, candidato del PRD, PT y Movimiento Ciudadano y Gabriel Quadri de la Torre, candidato del Panal; faltando ahora sólo la visita de Josefina Vázquez Mota, candidata del PAN, programada para el día 4 de junio próximo. Este ejercicio se encuadra en el contexto de una sociedad plural que promueve la libre expresión, el debate de las ideas y la crítica.

Lo que me interesa señalar ahora es que en este hecho se empieza a vislumbrar la salida del largo túnel de la apatía de los jóvenes, sobre todo de los estudiantes. Desde las grandes movilizaciones del 68 y los años subsiguientes, los jóvenes han sufrido un fatal sopor que los ha adormecido y los ha mantenido al margen de los asuntos públicos, sobre todo de la política. Basta hojear un poco los contenidos que muchos jóvenes suben a las redes sociales para darse una idea de esta realidad.

Lo sucedido en la Ibero puede ser un punto de referencia para visualizar las perspectivas que la juventud va asumiendo en estos momentos tan críticos para ellos y para la sociedad entera. La cuestión juvenil tiene que entenderse desde el entorno cultural que domina en nuestro tiempo, cuando la fuerza de la razón ha decaído y se ha impuesto el mundo de los sentimientos, propiciando la carencia de utopías, la ausencia de ideologías que valgan y la evasión de cada quien en su propia burbuja. El imperio del individualismo y de la insolidaridad ha permeado las conciencias de las nuevas generaciones, que se están ocupando en construir sueños a la medida de cada quién sin importar lo que suceda en la plaza pública.

Por otra parte, en la juventud hay una oculta indignación ética que les ha llevado a rechazar la política de manera frontal. Muchos jóvenes experimentan asco y desprecio hacia los políticos y hacia las instituciones que representan y, por ello, buscan distanciarse de esos ámbitos como una forma de protesta. De hecho, su actitud apolítica tenemos que leerla en clave de protesta. Incluso tramitan su credencial de elector no para votar, sino sólo para tener acceso a los antros.

Creo que en la juventud siguen latentes valores que son indispensables para la sociedad, como el inconformismo que lo cuestiona todo, un espíritu de riesgo que la lleva a compromisos y situaciones radicales, una capacidad creativa con respuestas nuevas al mundo en cambio que aspira a mejorar siempre como signo de esperanza. Su aspiración personal más espontánea y fuerte es la libertad, emancipada de toda tutela exterior. Es muy sensible a los problemas sociales exigiendo autenticidad y sencillez y rechazando con rebeldía una sociedad invadida por hipocresías y manipulaciones.

México ha perdido mucho cuando los jóvenes se han marginado de los asuntos públicos, pues los recursos que tienen, señalados arriba, no se han introducido en las dinámicas sociales, que están prisioneras dentro de los círculos viciosos de los adultos y de las instituciones. México ganaría de manera inmensa si se valorara la participación de los jóvenes en todos los espacios institucionales sin que esto significara su domesticación o su claudicación.

Debiéramos estar preparados para permitir y alentar a los jóvenes para que contribuyan a la democratización del país, de acuerdo con su propia visión y respondiendo a sus necesidades. No debiéramos esperar que ellos se ciñan a los parámetros de los adultos, ni menos, de la clase política que se ha ganado a pulso el desprecio juvenil. Ellos pueden ser el germen de algo nuevo para un mundo en el que ellos tengan plena presencia. De hecho, tenemos que reconocer que la juventud representa hoy uno de los sectores más vulnerables del país y que no se sienten a gusto en donde han quedado excluidos de oportunidades.

Son jóvenes la mayoría de las víctimas de la violencia; son jóvenes los que cada año quedan excluidos de las universidades y de los puestos laborales; son jóvenes los que caen en las propuestas vacías del consumismo porque no les satisface el trato que reciben en la sociedad. Los jóvenes tienen que pasar de ser víctimas a convertirse en protagonista de los cambios que necesita el país.

Por todo esto, los jóvenes se estaban tardando para hacer lo que hicieron en la Ibero, lo que representa un signo alentador de que empiezan a reclamar su lugar en la vida pública para darle a la política un talante distinto, atractivo para quienes tienen aspiraciones a la justicia y a la paz. Ya era tiempo de que los estudiantes se pusieran de pié y manifestaran de manera colectiva lo que sienten y piensan.

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