José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Dos relatos animalescos
La plegaria nocturna
(¡Pinches moscos!)
De niño creía que las cartas viajaban de noche a través de los cables eléctricos y que al amanecer ya estaban ordenadas en una gran mesa de diversas oficinas postales, listas para la mochila del cartero. En las manchas húmedas de las paredes o en ventanales oxidados encontraba fi-guras, personajes e historias más fabulosos que los de la televisión. Cierta tarde de lluvia, en Tixtla, atrapé una rana y, en un intento por saber cómo era posible que de su panza salieran torrentes de agua, le disloqué las quijadas. Las ranas no llueven, me explicó mi mamá: sólo llaman la lluvia. En el comedor, frente a un par de huevos estrellados en salsa de jitomate y chile verde estaba de acuerdo en que primero había sido la gallina, pero si lo que me servían era un hirviente caldo de pollo con pierna y muslo, para mí era evidente que todo eso había nacido de un huevo. Ahora es piña chocarrera, pero yo fui el primer niño que mató un condenado zanate cuatrero en el aire y no lo llevó a casa porque siguió volando. ¿Cómo no iba a creer que las moscas eran las mamás de los mosquitos?…
Con el tiempo, me enteré de que a las moscas les reconocen un origen mitológico y uno que otro parentesco real, además, claro, de la mirada periférica y de la sorprendente velocidad con que esquivan manoteos y periodicazos, la cual, me dicen, se debe a que estos fantásticos seres viven el tiempo por adelantado. En el súper hay una gran variedad de mosquiteros y casi no hay pierde, pero hay que saber esperar a la mosca en el futuro que prácticamente ellas acaban de vivir.
Respetando su origen y realeza, desde luego. Aunque desde niños estemos convencidos de que las moscas dan sus primeros alegres y verduzcos revoloteos en la majada fresca de las vacas y de cuanto mamífero masque mejor. Su ofensa es casual y, como dijeran cómicos y hambrientos, ¿qué tanto pueden beber de mi sopa?…
Con todo y que se me ha curtido la piel, estoy peor que de chamaco.
–Señor –digo, y digo–: ¿de dónde vienen los moscos?
La pregunta me asalta so-bre todo en noches calurosas como ésta. Después de que, hundido entre las sábanas, apagué la lámpara del buró. Cuando, surgido de la nada, empiezo a escuchar el juguetón, aterrador, invicto zumbido de un mosco. Si resulta que en lugar de un mosco son dos o tres, el ataque se vuelve una comedia dramática. Me entra entonces un complejo de Pearl Harbor entumido de sueño sobre el que empieza a planear una mancha de Mings hinchada de metralla. Pienso también en la Gestapo, en sus nocturnos sirenazos de muerte entablando para siempre el sueño de los barrios judíos.
Me cubro hasta la cabeza con el sarape, pero casi inmediatamente me destapo: por vergüenza… y orgullo: sabemos que el vengador insecto se refocilará con nuestra cobardía y empezará a zumbar como remolino locuaz dentro de nuestra cabeza, y a carcajearse de nosotros.
En el Distrito Federal el contraataque es pan comido, basta con encender la luz y brincar a dos manos sobre estos condenados caballitos de pica del demonio. Los moscos chilangos son lentos, zonzos, confiadotes. Sobre todo esos moscazos zancones que acostumbran pegarse muy orondos al techo, del que cuelgan como murciélagos drogados. ¿Pero de qué sirve, aquí, prender la luz, como sea para voltear a ver el despertador o rascarse las ronchas que nos dejan?
Moscos carajos: ascienden presurosos, cabritean adonde nunca los podremos alcanzar, o en un suspiro ojos de plato se esconden debajo de la mesa, tras los cuadros, en los dobleces de las cortinas, en cualquier pelusilla de polvo, camaleónicos, velocísimos, descarados, astutos. Prende uno la luz, y el mosco está allá lejos, o simplemente no está en ninguna parte; la apagamos, y el moscacho regresa.
Si quieren, pues, que pi-quen, ¡que piquen!, ¡pero que no zumben los malditos!…
Que no acribillen a rezumbidos las horas más dulces, que su platónica y demoniaca realidad no sobrevuele los vi-llorrios de nuestro sueño, que aunque no sea judío, ¡pos también es tierra santa!…
¡Que nos dejen dormir!
Por eso, ninguna dicha más grande y maravillosa que la de (tras calcular los intervalos circulares de su vuelo y el instante en que ha de pasar frente a nuestras narices) lanzar, ¡plasts!, el aplauso furioso, encender la lámpara de la maldita noche y, con lágrimas en los ojos, descubrir en las palmas de las manos la mancha sanguinolenta de un mosco.
Perico burro
Era listo, pero sabía demasiado, y hablaba de más. Con su vozarrón de medium transportado. Era un perico pelón. Una mañana despertó parado sobre su pura pata izquierda, y así anduvo todo el mediodía, sólo para que en un trastabilleo fuera a caer en una olla hirviente de elopozole, donde na-dó, pidió auxilio y gritó peladeces hasta que una mano santa lo rescató, poco antes de que diera sazón.
-…re, re cóggr… cholis! –carraspeó Totó, sacudiendo las alas empapadas y humeantes sobre el mantel, como si él mismo dudara de estar vivito y gargareando.
–¡El ingsepulto! –lo remedé, con un sincero escalofrío en la garganta. El cabroncito daba pena; encogido y vaporoso, semejaba un tierno tamal de hoja. Lo bueno es que con un perico la ternura es puro cotorreo, y entre irle secando las plumas que le quedaron y echarle relajo pesado no hay contradicción ni problema. Me asusté cuando, mientras lo secaba, repentinamente se tiró hacia atrás y quedó de espaldas al piso, alas y patitas para arriba. Así le había pasado a Pa-corro, su antecesor.
Una mañana en que Juanito se arreglaba para la escuela, buscó sus zapatos bajo la cama, y lo encontró. Que va y que le pregunta a Altagracia:
–¿Mami?, qué… ¿los pericos duermen con las patas parriba?
Nos alegramos de que no fuera el caso: Totó sólo quería que le limpiara bien las axilas.
Sobrevivió, sin plumas. Si no tenía una pluma verdadera, menos las iba a haber de colores, verdeperico, rojo a su lado, amarillo atardecer… No ocultó su felicidad ante los retoños plumíferos que empezaron a sugerirse sobre su piel. Por lo menos, no iba a andar desnudo. El cotorro que vino a cenar, El abominable Perico de las Nieves. Engordó, como pollo y, narizón de por sí, empezó a parecernos demasiado formal. Si el pollo gordo hablaba, creías que se trataba de un tecolote albino. Y es que la voz de ultratumba con que salió del hervor del elopozole ya era parte del noventa y nueve punto nueve por ciento de su repertorio sonoro.
–¡Aprrende a nadarrrr! –carraspeaba de pronto el perico cabrón a espaldas de quien se hubiera levantado de noche por un vaso de agua a la cocina.
Luego aprendió a modular el vozarrón. Se alejaba de las bolitas de masa y las tortillas, y si le poníamos enfrente un elote con mayonesa, queso y chile piquín, casi se le paraba el corazón. Valió la pena que dejáramos de hacer elopozole en casa, ya que, con el tiempo, Totó se tranquilizó y aprendió a modular el vozarrón. Se le aflojaron las cuerdas carraspiales y se le renovó el ánimo al muchacho.
¡Hablaba hasta lo que no! Como en los chistes, si hubiera habido un teléfono en la sala él habría contestado y después de media hora de cotorreo le hubiera dicho a Altagracia:
–Es parra ti, Tacha.
Con sus dos patitas, el condenado recorría la casa de ida y vuelta, olisqueando por aquí y por allá como un gran investigador, aprendiéndose al vue-lo no sólo los chismes y disparates de los vecinos, sino cosas de la calle, rumores, platiquillas de novios, gritos de niños, de señoras, de vendedores am-bulantes, ¿no va a querer tierra, marchanta?, ¡fierros vieeejos que veeendaaan!… Más que como investigador o magistrado, Totó caminaba co-mo si estuviera rozado de la entrepierna. O el inocente to-davía no salía del pasmo de olla, o, con la costumbre de vivir sobre sus patas y con el fino oído que lo caracteriza, los quejidos de los gatos de los vecinos no lo dejaban dormir. ¡Totó el insomne!
–¡El loco! –gritara yo una mañana, de a tiro contrariado.
Totó se había aprendido los parlamentos de las telenovelas y al rato el provocador pero cariñoso periquito perro, el hasta tierno periquito burro ya era el periquito encabronado que si desenfundaba la voz era para pelear. Sintetizando su síntesis, discutía sobre crímenes sin castigo, sobre hijos descastados, ojos transplantados que seguían viendo lo que testimoniaron en vida, sobre herencias de sangre y no sé qué abusos de sexo y poder. Mucho parloteaba sobre el comportamiento de cierta amante que me inventó, Altagracia ya está harta de tus embustes, descastado, malandrín de poca monta –rezongaba, y cuando Altagra-cia ya se estaba creyendo la calumnia, ¡Ella te quierre, Carría Carrlota!, me gritaba el tonto, para mi fortuna, pues desde que nos conocimos Alta-gracia sabe que me llamo Juan.
Debo reconocer que el parlachín individuo siguió perpetrando historias, a pesar de que apagamos la televisión. A mí se me quedó, simplemente, Carlota, Altagracia pasó a ser Ferrnando Roberrto y Juanito el Arriba Señor, como suele gritar Altagracia al cuarto de hora para la escuela, frente a la puerta del dormilón.
Por si fuera poco, Totó, que había aprendido a ladrar como perro, era una garantía de seguridad para la casa. Ni los gatos, cuyo apetito de croquetas y basureros de la casa de al lado ha causado tantos pleitos entre los vecinos, se acercaban. Días antes nos llevamos la sorpresa de que Totó podía mantener una plática más o menos fluida a lo largo de un minuto o dos, si le teníamos la debida paciencia.
Su modo de comunicación, es decir su lengua, no tenía pierde, si por mí fuera la explicaría con la teoría de las dos caras de una moneda (concepto y acústica), pero con una sola de sus caras. Con frases, palabras, sílabas, ruiditos palatales, gorgorritmos y silbiditos platicaba con nosotros hasta lo que no: así nos enteramos de que la vecina de atrás había sorprendido a su marido apapachando a la sirvienta en su propia cama, y no sólo supimos cuando Aurora la vecinita de junto salió con su domingo siete, sino que, ayudándole a Totó con las palabras claves, Tanrto ejsfuerzo, Con razón, No erstudios, Prr esrcuela, no descansamos hasta saber el nombre del que puso Jorge al niño.
Ya que en el estado mé-dium tonto y metichitriz en que se encontraba no podíamos regresarlo a volar a la selva, ni mandarlo a zoológico, tras una reunión de urgencia, Altagra-cia, Juanito y yo estuvimos de acuerdo en que lo mejor era llevársela bien con el perico perro.
–Totó –dije, en calidad de delegado–: tú eres de la familia, nosotros somos tu familia, tú, Arriba Señor, Fernando Roberto, y yo, Carlota, somos una sola familia. No vayas a andar de chismoso, con los vecinos, ¡cuando Arriba Señor se va a la escuela y Altagracia y yo a trabajar!…
Totó no era un sabio, ni un filósofo; como escritor no hubiera pasado de garrapatear fotonovelas, como indicaba la locura narrativa que lo invadía cuando a Altagracia se le olvidaba su fruta del día o se le estaba pasando su segunda hora de comer.
Un ciudadano común y corriente, muy albino. Era un perico burro: había que verlo desplazarse de ladito por la cuerda floja de colgar ropa, gritándose a sí mismo ¡Te vas a caerrr, eerrdejo!, como chamaquito audaz pero totalmente descocado. Nunca dejó de probar sus alas, de ensayar el brinquito que dan los pájaros antes de tirarse al abismo, sin paracaídas. Ya le estaba entrando complejo de pato, pero un día de éstos se iba a echar a volar.
De su jaula de mediodía trepaba por una rama del guayabo hasta el mecahilo, a la mitad de éste saltaba, batía las alas rabonas, y ¡santo costalazo que se acomodaba en las nalgas el cirquero chambón! Dos meses anduvo con una pata enyesada y un parche de pirata en el ojo.
–¡…Errdejo! ¡Burro!
Nos alejó del elopozole y de casi todo lo que oliera a maíz, pero sobrevivió en nuestro corrazón, y tampoco murió en una atrevida práctica de vuelo.
En las tardes, Juanito, Altagracia y yo nos arrejuntamos en un solo sofá, pero ninguno de los tres tiene ganas de encender la tele.
Para consolarme, Alta y Juanito sugieren que Totó tuvo una muerte a la altura de su facilidad comunicativa, digna del genio de la lengua, por una sola de sus caras, que fue.
La (última) vez que llegué pasada la medianoche a casa, pasé la sala en silencio, y cuando iba a dar el primer paso en el corredor, escuché un ruido. Alguien hurgaba, algo removía cáscaras de huevo, papeles arrugados o pedazos de barquillos para nieve en la cocina. A tientas, de dos pasos alcancé el rincón de la escoba y, justo cuando la tuve presta para atuzarle al gato, al perico burro se le ocurrió maullar.




