José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*El Plan del Zapote / 3
Retratos antiheroicos
El mochiteco Anselmo Bello y el totolapense Rafael Castillo Calderón son el eje y el arco de El Plan del Zapote, del episodio histórico suriano y de la novela de Mauricio Leyva así llamados. En ambos casos, destaca su iniciativa y heroica participación. Leyva prefiere no ahondar en los bienes patrimoniales ni en la psicología de Bello y Castillo, de quienes soslaya su pasado inmediato y su futuro promisorio. El puro esbozo de la doble moral o inmoralidad de estos dos protagonistas podría poner en tela de juicio la versión histórica del Plan y de la novela misma. Valgan como fichas trascritas apenas después de leerlas los retratos verbales que siguen. Estos provienen de diversos tiempos y visiones históricas. Hay que tomar con reservas lo que dice Antonio Mercenario sobre Rafael Castillo (o del Castillo), sin olvidar que lo manifestó en un documento oficial. Sobre Bello, remitimos a los archicitados Renato Ravelo y Florencio Benítez González. Los tres apuestan a la antiheroicidad de los dirigentes de la supuesta primera rebelión del siglo XX.
Rafael Castillo Calderón
En La dictadura porfirista en Guerrero, Florencio Benítez González pone sobre la mesa una carta que, siendo gobernador del estado Antonio Mercenario envió a Porfirio Díaz. En ella, Mercenario revela que Rafael Castillo Calderón “tiene la marca indeleble de la ingratitud y nunca ha tenido ni tiene algún prestigio, no sólo social ni mucho menos político… su último triunfo fue el de que hace como un mes y medio vino a esta capital con lágrimas en los ojos pintándome su mala situación y suplicándome le anticipara sus dietas como diputado por todo el periodo (catorce meses) y aunque los hechos merezcan tratarlo con rudeza, fui deferente porque me apenó que viniera a humillarse como el más desgraciado”.
Castillo “suplicó” a Antonio Mercenario que le comprara una prensa y útiles de imprenta por dos mil pesos, y “obtuvo por medio de las humillaciones que antes digo, algo del empréstito de Coyuca, pues de los $3,000.00 que le dieron por la prensa y sus dietas adelantados, una parte se tomó de esos fondos”.
Cuando, por angas o mangas, Mercenario deja la gubernatura para que entre el poblano Agustín Mora, con todo y su fama de revoltoso, Rafael Castillo pide audiencia con el nuevo gobernador, y una y otra vez en la oficina de Porfirio Díaz. Le quiere contar en corto lo caliente que está el centro del estado, pero Díaz no lo pela y Castillo se regresa al sur, dispuesto a encabezar un movimiento contra el dictador.
El candidato visible de la oposición, al que el hacendado Agustín Mora tendría que enfrentar en elecciones (tras los que adquiría el rango constitucional), era Rafael Castillo Calderón. “Pero Castillo Calderón –sigue Benítez-, hombre del sistema que conocía el gobierno de Guerrero desde sus entrañas, no estaba dispuesto a prestarse al juego y aventurarse a un proceso amañado en las que no las tendría todas consigo”, y apresura el ya atrasado Plan del Zapote, que habría sido dado a conocer el 8 de abril de 1901.
Pues bueno, “al día siguiente de que se publicó el Plan de Mochitlán, Castillo se apresuró a enviar una carta al gobernador Mora” en la que, lavándose las manos palaciegas, dice –chismea- que “Anoche… tuve conocimiento… de que se iniciaba un movimiento revolucionario en las Costas. Pretendía desde luego ver a Usted pero no me fue posible y en tal situación me he determinado a salir de esta capital violentamente para aquel rumbo a fin de ver si todavía es tiempo de volver las cosas a su estado normal”.
Rafael Castillo manifiesta al gobernante Mora “todas sus simpatías” y sus intenciones por cooperar “a la buena marcha de su administración, pues a usted le consta que desde el primer día que me le presenté me puse enteramente a su disposición, encareciéndole repetidas veces que se sirviera ordenarme en lo que yo pudiera servirle, con los pequeños elementos de que aquí podía disponer; pero tuve la pena de que Usted nunca me dijera nada, no obstante de que ambos conocíamos la delicada situación en que se encontraba el Estado”.
Castillo achaca a problemas familiares su disque ignorancia sobre “asuntos políticos” regionales, pero, como quien no quiere la cosa, abriendo de par en par su pecho de líder regional poderoso pero conciliador, asegura a Mora que “una vez que (dichos asuntos) asumen un carácter serio manifiesto a Usted que por mi parte me esforzaré en impedir que sus efectos sean desastrosos y cuidaré especialmente a toda costa que la persona de Usted salga enteramente ilesa”.
“Para la insurrección contra don Porfirio –acota Renato Ravelo-, Castillo no tomó iniciativa alguna pero ofreció rápidamente sus servicios al nuevo gobierno”. Apagada la rebelión del Zapote, por Victoriano Huerta, Rafael Castillo logró escapar y, luego que envió a su esposa a pedir clemencia para él a Díaz, éste se apiadó y permitió que Castillo saliera del país, al que regresó poco después, fresco como lechuga, para desempeñarse como juez de Distrito en Ciudad Juárez.
“Castillo Calderón –cierra Benítez- volvió a Guerrero hacia el año de 1911, pero sería en calidad de contrarrevolucionario, pues no se le quitó el ‘gusanito’ de la política. Cuando inició su campaña el apóstol Madero simpatizó con el movimiento reeleccionista de Díaz. Muerto Madero, abrazó de inmediato el movimiento carrancista en la entidad para seguir combatiendo el agrarismo. Se retiró en 1918 para atender sus ranchos que tenía en Jaleaca de Catalán, Cocula y San Miguel Totolapan. Murió siendo un hombre acaudalado” en 1920.
Anselmo Bello
Otro que salió ileso de la ditirámbica historia y vivió para disfrutar su fortuna fue Anselmo Bello. Él y sus parientes, junto a la familia Reyes, eran los principales latifundistas de Mochitlán. Sólo “los hijos de Anselmo, Francisco y Refugio Bello –recuerda Ravelo-, poseían unas tres mil hectáreas, de las que son actualmente ejidos de Mochitlán, Ahuehuetzingo, Nejapa y Tepechicotlán”. Florencio Benítez cuenta que cuando Agustín Mora llegó a la gubernatura, en Mochitlán y sus alrededores merodeaba un bandido que a la vez era “jefe de la policía de aquel pueblo y cometía atropellos constantes contra los habitantes… apoyado por el hombre fuerte y cacique de la región, Anselmo Bello”. (“Policías y bandidos –agrega- no son en realidad los antagonistas que se supone. Son algo impreciso e intercambiable, y aun cuando uno domine, el otro está activamente presente. Son agentes dobles, de orden y desorden”).
Mora amonestó a Anselmo Bello y todo mundo en paz. El historiador igualteco dice que la rebelión, “tan pronto dio inicio, se fue derrotando a sí misma por falta de apoyo hasta de la misma población en donde se dio a conocer… Por principio, quienes se levantaron en armas eran temidos por la población debido a sus malos antecedentes que arrastraban, empezando por el propio cacique de la región Anselmo Bello”.
Ya vimos cómo le fue a Rafael Castillo Calderón luego de que el Chacal Victoriano Huerta mató a cincuenta empleados de los terratenientes y apagó la rebelión. Anselmo Bello huyó a una de sus haciendas y luego salió del estado disfrazado de mujer, mientras dejaba a su esposa prisionera de Huerta. Al volver, aumentaría propiedades y bienes, y como Pedro Páramo, estaría atento a los cambios de la descabellada guerra revolucionaria, para levantarse en armas en apoyo de quien estuviera en el poder o más conviniera a sus intereses.
En La vida de Cenobio, novela del mochiteco Eduardo Sánchez Jiménez sobre la que platicaremos la próxima semana, Anselmo Bello y Rafael Castillo Calderón reaparecerán como personajes, pero ahí no serán los héroes de la novela de Mauricio Leyva.




