Silvestre Pacheco León
RE-CUENTOS
Los apodos
Aparte de ser los más feos, en el internado de Tixtla nos ponían los peores apodos.
Todos éramos de la Costa Grande: El Ráscale, El Marro, El Charro, El Timbre, El Burro, La Cucha.
Un día nos juntó un maestro para aconsejarnos:
–Miren, cada uno de ustedes sabe que es feo y también saben que eso ya no tiene remedio. Así van a crecer y así se van a morir, pero no todo está perdido para ustedes porque gracias a que están estudiando algún día van a ser maestros y luego se van a ir a trabajar a los pueblos más alejados donde ustedes van a ser los reyes.
Todas las muchachas van a querer andar con ustedes, entonces no pierdan la oportunidad, consíganse a la más bonita, de preferencia que sea hija del rico del pueblo.
Sólo así van a poder mejorar la raza porque sus hijos ya no nacerán tan feos.
Así nos aconsejaba el profe, pero en la costa los papás daban también su recomendación. Le decían al hijo casadero:
–Abre bien los ojos y tírate donde haya “concha” aludiendo a la copra que los costeños ponen a secar en los patios.
Bueno, eso pasaba en aquellos tiempos cuando la copra valía porque quien tenía un palmar la gozaba cosechando hasta cuatro veces al año.
En el internado no había nadie que se escapara del apodo. Un chamaco de Tenexpa que llegó escuincle de a tiro y un poco amanerado pero bonito le decíamos La Muñeca.
El encargado de recibir la correspondencia en el internado tenía la puntada de anotar en la lista a los destinatarios con puro apodo.
A él le decían El Ráscale porque se fijaba bien en las cartas que llevaban algún billete y las abría tan finamente que nadie se daba cuenta para reclamarle.
A quien seguido le robaba era a La Muñeca. Su papá le mandaba billetes de cincuenta pesos metidos en la carta y ahí le decía: “Te mando cincuenta pesos pa’que te los gastes en lo que necesites”, y La Muñeca que nunca encontraba el dinero se quejaba:
– ¡Ah que mi apá!, nomás me dice que me manda dinero pero creo que se le olvida ponerlo, o de plano me lo dice nomás de chiste porque nunca me manda nada.
Al que le decíamos El Charro no era que tuviera las piernas pandas, sino que los ojos y la boca los tenía parecidos a un pez de laguna que tiene los ojos saltones y la trompa gruesa.
Pero el más feo de todos era El Timbre, era de Coyuca, un hombre “alegativo”, escandaloso y mal hablado, con una voz tan fuerte que parecía tener un amplificador integrado.
Le decíamos El Timbre porque en ése entonces había un timbre de a peso para las cartas que traía una cara olmeca, que era como si le hubieran tomado una foto a ése compañero.
Un día en la escuela se descompuso el aparato de sonido y al director le urgía reunir a los estudiantes para entregarles el apoyo de las becas que daba la federación. Después que el director intentó en vano hacerse escuchar con voz en cuello, le dijo a su ayudante:
–Vete a buscar a El Timbre para que dé la noticia.
El Timbre lo hizo con gusto y casi ni ocupó gritar para que su voz fuera escuchada hasta el último rincón de la escuela.
Médicos chiriperos
Como muchas mujeres de la costa, Brígida andaba preocupada buscando un médico que diera con la cura de su marido.
Hacía ya tiempo que Mele se quejaba de un “escosor” en la espalda que no lo dejaba descansar, y su mujer siempre andaba entre sus conocidas preguntando de un médico que fuera bueno para curar.
Brígida pasó por todos los médicos conocidos en la tierra de Papa Chuy y ninguno daba con la enfermedad que tanto afligía al marido y a la mujer.
Para Brígida ya no era vida eso de ir todas las mañanas a trabajar al ayuntamiento de Petatlán teniendo que cerrar el changarro que su marido había dejado de atender nomás por culpa de ése malestar que le impedía descansar en la hamaca del corredor como Dios manda.
Lejos estaban los días en que Brígida se despedía de Chano en la mañana encargándole el changarro:
–Mele, te dejo 150 pesos de cambio en la caja. Ya sabes, quiero que me entregues buenas cuentas cuando regrese, le gritaba al marido quien desde temprano se hamaqueaba en el corredor.
–Vete sin cuidado, vieja, ya sabes que yo cuido bien el negocio, le respondía el marido a modo de despedida.
Mele era apodado entre los vecinos como el No hay porque con tal de no levantarse de la hamaca, nunca había lo que el cliente buscaba.
Después de tanto lidiar consultando aquí y allá a los médicos chiriperos sobre la rara enfermedad de su marido, se vio obligada a viajar hasta Acapulco.
El médico especialista consultado, por más que interrogaba y revisaba a Mele se declaraba impotente para dar con el diagnóstico.
–Es muy raro lo que le pasa a su marido, señora, y me causa extrañeza que tampoco en Petatlán ni siquiera Garibo siendo tan buen médico haya dado con la enfermedad.
–Lo último que me queda es sacarle una radiografía a su marido, a ver qué encontramos.
Con la placa a tras luz el médico miró la marca inconfundible del tejido de la hamaca en la radiografía, impreso en el costillar de Mele, y hasta saltó de gusto.
–Señora, va a tener que comprarle una mecedora a su marido porque es la hamaca la que le hace daño.




