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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

*La vida de Cenobio

Los inicios

 

La vida de Cenobio, novela del mochiteco Eduardo Sánchez Jiménez, inicia en 1893, con “la primera revuelta que se dio contra los terratenientes”, y termina con la muerte de Cenobio Mendoza. En el segundo capítulo –Vientos revolucionarios-, el autor retoma, en retrospectiva, el lanzamiento de El Plan del Zapote, al que le concede la categoría de “segundo levantamiento en el estado contra el porfiriato” y del que deduce “la iniciativa de que se hiciera una constitución donde se subrayaran los derechos humanos”, aunque no deja de señalar el particular interés que los caciques tienen en el asunto:
“–¿Cómo le vamos a hacer? (dice uno). Si es que esos huarachudos toman las armas y nos quitan lo que nuestros padres se sacrificaron en heredarnos.
“–Pues debemos unirnos a la causa pero no con estos pendejos, ellos no se enterarán del significado de este movimiento, pero debemos ser cuidadosos, ese licenciado [Rafael del Castillo Calderón] es muy inteligente y tiene buenos ideales.
“–Entonces lo que debemos hacer es iniciar el movimiento nosotros y así agarrarnos de las cabezas de mando. Si tenemos a Castillo tenemos asegurada la plaza de Mochitlán –dijo Anselmo [Bello].
“–Mira, Anselmo, también nos conviene estar bien con Castillo porque si el movimiento surge con nosotros aseguramos nuestros intereses y los de nuestras familias, aseguramos que la revolución no llegue hasta nuestras tierras y cuando sea el reparto de tierras nosotros seremos los que repartiremos el queso… –dijo Mateo Bello”.
El panorama que de entrada nos presenta Eduardo Sánchez Jiménez es desoladoramente realista, empieza con la madre de Cenobio acosada por el patrón de la hacienda y con un peón azotado con un chirrión. Casado con Elena Pomposo, Cenobio tuvo un hijo, Máximo. Se fueron a vivir a El Duraznal, “sembrando la tierra… Allá donde no hay malicia y los árboles crecen verdes y frondosos”. Hasta que llegó el día de entregar tributo al cacique.
“El año no fue tan bueno, hubo muchas plagas, cayeron torrenciales lluvias que se llevaron gran parte de los cultivos. El patrón llegó con sus llamados ‘guardias blancas’ y ataron a Cenobio a un encino prieto y le amarraron las manos a un caballo, (éste) caminó y Cenobio gritaba como si le arrancaran las manos…”
“En 1893 se dio la primera revuelta contra los terratenientes”. Anselmo Bello, Rutilo Muñoz, Jesús Bello, Alejandro Nava, Porfirio Jiménez (quien poco después firmaría el Plan del Zapote, como presidente municipal que era) y otros caciques mandaron llamar a sus peones.
“–Pinches pobretones –platicaban-, creen que pueden vencer a los ricos –mencionaba el patrón de la élite mochitleca [Anselmo Bello].
“–Ese pendejo de Arce (Francisco, el gobernador) tiene que actuar si no estos mecos se la van a creer y nos pueden dar en la madre –decía otro asistente.
“–No lo creo, sólo que ataquen con sus resortes y sus pedos –dijo otro”.
Formaron a los peones y “No se espanten –les dijeron-, no vamos a matarlos, aunque por huevones se lo merecieran, sólo les comunicamos que no se vayan a espantar… en Huitzuco sucedió un enfrentamiento entre peones y patrones, los pobres como ustedes querían repartir las tierras y matar a los ricos pero se toparon con pared. Cómo creen ustedes que con piedras y pedos van a derrotar a quien tiene armas y al ejército de su parte, no sean pendejos. Si aquí quieren hacer eso no van a poder y si quieren morir como esos pendejos de Huitzuco aquí los espera el general Francisco Arce con una compañía de federales”.

El pronunciado

Para Cenobio Mendoza, la advertencia significó una esperanza, “supo que ya se empezaban a dar los levantamientos en contra de los terratenientes”. Poco le duró el gusto, pues al volver de la reunión Cenobio se encuentra con su perra, que agoniza con la panza rajada de un machetazo, y luego con un cuadro sangriento y terrible. Uno de los hermanos Garduño, perro de caza de Anselmo Bello, decidió vengarse de Panuncio (o Pafnuncio), hermano de Cenobio, novio y “malaconsejador” de Petra, hija postiza y sirvienta del cruel Garduño, y “nomás con ocho” testaferros “encontraron a la madre de los Mendoza sola, tejiendo un sombrero de palma, y sin decir nada la amagaron con fuerza, la mancillaron y luego le dieron un tiro en la cabeza…”
Desesperado, Cenobio busca a gente de Quechultenango, con quienes ataca “el palacio municipal, en una batalla que duró cuatro horas hasta que derrotaron al mal organizado y reducido cuerpo de rurales… pero a los dos días llegaron trescientos soldados al mando del capitán Guido de la comandancia de Tixtla y (éste) recuperó la plaza tomando como presos a los jefes Cenobio Mendoza, Juan Ojeda y Pedro Ramírez”, quienes fueron remitidos “a la prisión de Tixtla, en donde estuvieron aislados hasta 1910”.
Al llegar la insurrección de 1911 –expone Renato Ravelo Lecuona, en La Revolución Zapatista en Guerrero-, “los ideales de los campesinos no eran de reparticiones de tierra sino de devolución de las que les habían quitado”, y como fueran los campesinos pobres los que en Mochitlán acudieron al llamado insurreccional, don Anselmo Bello huyó y dejó abandonadas sus tierras. El principal organizador local, coordinado con Julio A. [Astudillo] Gómez, fue Cenobio Mendoza, quien “era pobre, no tenía nada, salió de la prisión de Tixtla quién sabe cómo, y se presentó con dos carabinas para organizar su grupo rebelde y pronunciarse”.

La visión de los jodidos

A partir de ahí, Sánchez Jiménez sigue con lupa la vida de Cenobio. Lo ubica en sus quehaceres, con su familia, en algunos aspectos de su intimidad, y a lo largo del destacado papel que desempeñó en el Ejército Libertador del Sur, en el que alcanzó el grado de general brigadier. En lo que otea las huellas armadas de Cenobio, el autor establece el difícil y alrevesado dibujo que en el estado de Guerrero va dejando el trance revolucionario, con sus batallas pírricas, sus interminables ires y venires a caballo, la convenenciera personalidad de los caudillos y sus enjuagues con hacendados y políticos. Su punto de vista es la de los pobres, el de los campesinos explotados y engañados. Ahí Rafael Castillo (o del Castillo) Calderón sigue siendo el licenciado vivales de hace diez años, cuando lo del Plan del Zapote, y Anselmo Bello el latifundista abusado y abusivo, intrigante y cabrón que, según la gente de Cenobio, hizo de él un individuo adinerado y con ínfulas de todopoderoso, el peor enemigo de los pobres, “el más cruel de los mochitlecos”. Junto a él aparecen los hermanos Garduño, sus testaferros, su mano derecha, uno de ellos su yerno, con su alforja hasta el tope de crímenes, saqueos, violaciones y abusos de poder. Cuando, en la novela, Julio Astudillo Gómez presenta al general Heliodoro Castillo al general Cenobio Mendoza, “un viejo lobo en estos menesteres”, Castillo responde: “Cenobio Mendoza, sí he oído de él, el eterno enemigo de Anselmo Bello y de Rafael del Castillo…” De ahí que no podamos imaginar a Cenobio Mendoza tan del brazo con Anselmo Bello y los Garduño, como sugiere Anituy Rebolledo (El Sur, 14 feb 2013) en su artículo sobre Demetrio González Bello: “Siendo secretario del Ayuntamiento de Mochitlán… (Demetrio) se adhiere al movimiento encabezado por Pafnuncio Mendoza, Gabino y Felipe Garduño y don Anselmo Bello, quienes lanzan en Mochitlán el Plan del Zapote” (al que el maestro Anituy considera “un documento que ya exigía la salida del dictador Díaz, reformas profundas a la Constitución de 1857 y el urgente reparto de tierras”).
La vida de Cenobio no sólo revela la injusticia y los agravios que padecían campesinos y peones en esta época semifeudal guerrerense, su entrega al ideario zapatista y cómo recarajos les fue en la feria de intereses económicos, políticos y militares, para no hablar de la repartición de la tierra y la justicia en general. Por las páginas desfilan el general Emiliano Zapata, su plantilla militar y su bola de sombrerudos y huarachudos, Eucaria Apreza y José Inocente Lugo. Madero y Huerta, los hermanos Figueroa y (“¿pos cuántos eran?”) los hermanos Figueroa, Silvestre Mariscal, Juan Andreu Almazán, Heliodoro Castillo y casi todos los jefes armados que repetían localmente el dramático esquema nacional que inspiró a Jorge Ibargüengoitia la comedia revolucionaria que tituló Los relámpagos de agosto:
“–General –leemos en La vida de Cenobio-, usted sabe que [Julián] Blanco no es de fiar, combatió a Díaz, fue maderista, huertista, zapatista, carrancista y luego qué. No debemos confiar en absoluto en el comandante del 33º cuerpo de rurales”.
Advertidos sobre una traición en sus filas, los zapatistas aseguran que “el encargado de negociar la rendición ya cambió de bando, fue nuestro amigo y fiel compañero el coronel Laureano Astudillo, que con apoyo de [los federales] Poloney y Zozaya lograron corromper a nuestros compañeros”.
En esta visión del proceso revolucionario los personajes históricos suelen estar a ras de tierra. Eduardo Sánchez presenta cartas personales, órdenes de cateo, de aprehensión, nombramientos y otros documentos oficiales suscritos por Emiliano Zapata, por generales de éste o del otro bando, o por Francisco I. Madero, como para enraizar cualquier grado de ficción en la merita historia mexicana. En la novela hay costumbres y tradiciones populares, pero dosificadas, suficientes, y difícilmente no reconoceríamos que cuando habla del paisaje, aunque lo hace parcamente, parece traerlo en la mano.
El miércoles que viene seguiremos platicando sobre la fantasmada de Cenobio Mendoza en la historia mexicana y sobre cómo nos cuenta su vida Eduardo Sánchez Jiménez, su paisano de Mochitlán.

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