Mil nubes de paz cercan el cielo
Renato Ravelo Lecuona
Esta película mexicana, cuyo título completo es Mil nubes de paz cercan el cielo. Amor, jamás acabarás de ser amor, fue filmada en 2003 y dirigida por Julián Hernández.
Se centra en un frustrado amor gay que hace recaer todo el peso en una actuación de un actor que emite escasísimas frases con el riesgo y los aciertos que ello supone.
El primer riesgo es que cansa hasta lo indecible una cámara que lo sigue y que incluye largas secuencias en donde el espectador supone que debe estar sufriendo por el abandono.
El acierto es que con la sola imagen se puede contar mucho.
Este mucho contar con imágenes, por ejemplo miradas encontradas que sin recurrir a una caricaturización de las actitudes feminoides que abundan en la práctica cotidiana del gremio gay, dejan entender que en efecto hay atractivo entre los homosexuales, que éstos no se anuncian en el estilo de su comportamiento y aparecen con actitudes masculinas normales, y en algún caso, hasta muy machistas.
Pero este relativo acierto no se sustenta con ningún elemento de descripción de personalidad de quienes se enredan en el drama y que quedan tan indefinidos como el título de la película, pues no proyectan nada al espectador no gay. Quizá habría que preguntárselo a alguien de esa comunidad, pero al espectador común, que es la mayoría, tras las relaciones sexuales entre el homosexual y el actor principal interrumpidas, se queda esperando algo más que justifique la profunda depresión en que lo sume ese abandono, al que le conceden el 40 por ciento del tiempo de la película, sin referente alguno, lo cual resulta tedioso.
El director juega con un valor entendido sólo por él.
A la depresión del personaje, se suma la del paisaje empleado: la ciudad de México exactamente al revés de la imagen mostrada para captar turistas: basura, deterioro, viaductos, barrios y casas pobres, derruidas, puentes con estructuras metálicas que dan un ambiente fabril, los barrios proletas de las barrancas del poniente de la capital o atravesados por vías de ferrocarril, todo en una cuidadosa selección mostrada además en blanco y negro que podría fundar un neorrealismo mexicano 50 años después, pero con muchos movimientos de focalización que desvanece unas imágenes en brumas grisáseas al tiempo que aparecen caras en close up, en ese estilo moderno que permite contar hasta los cabellos que salen de la nariz de los actores.
La cinta es pues un ejercicio formal algo pretencioso, armado sobre un guión elemental y deficiente que no se llena con una actuación convincente. El cine mexicano tiene que avanzar, no obstante, con ejercicios como éste que demuestra también que tenemos buenos actores.




