Renato Ravelo Lecuona
Vodka limón
Con la dirección e historia de Hiner Saleem, esta película coproducida por Armenia, Francia, Suiza e Italia en 2003 narra la desolada situación que dejó la posguerra y el postsocialismo, en una pequeña aldea.
En medio de la devastación de ese pequeño pueblo armenio, surge la historia de un amor otoñal que le pone su toque de esperanza y sentido a la vida humana.
El argumento, como todas las historias de amor, no es nuevo. Lo nuevo quizá será dejar un registro estético de ello, arraigado en una cultura y en un lugar específicos. Cuando a la encargada de un changarro improvisado que expende vodka con esta marca le pregunta un cliente ¿por qué se le llama limón, si su vodka sabe a almendra?, ella responde, “pues ya sabe usted como es Armenia”. En un diálogo al vuelo de varios personajes, dicen cosas como que se añora al régimen socialista donde no faltaba nada, aunque no hubiera libertad, y que hubo un partido que hacía como que construía al socialismo en nombre de nosotros y nosotros que hacíamos como que apoyábamos esa construcción.
Se sugiere así que la indolencia y la simulación marcaban el espíritu de su decadencia.
La historia se centra en un hombre viejo que se resigna a la venta paulatina de todos sus bienes para sobrevivir y poder rendir culto a la memoria de su esposa.
Sin embargo todas las relaciones sociales de su alrededor se desintegran como proyectos de vida viable: la pobreza, el desempleo, el olvido de los hijos, el individualismo de sus amigos y vecinos, la misma degradación de las relaciones humanas en tiempos de crisis, todo ello se va conjurando para provocar una desolación completa, pero ella ocurre como paradoja en un bello paisaje llano cubierto de nieve, a cielo abierto y que resulta el ámbito de la vida aldeana donde ocurren todos los dramas, el lugar de expresión de la vida pública: los tratos, negocios, los arreglos inter familiares, las compras y ventas ocurren al aire libre, y a menudo se sientan en sillas colocadas sobre la nieve.
A la vez que embellece enormemente el marco escénico, el trabajo le imprime desolación a esa realidad humana.
Para sus visitas cotidianas al panteón el anciano viaja en un camión destartalado que es donde se fragua lentamente esa historia de amor. La guapa y robusta señora viuda que atiende con mísero sueldo aquel changarro de vodka, también visita la tumba de su esposo y aborda el mismo camión de los años cincuenta, diciéndole al chofer que después le paga y este condescendiente, le permite viajar. Este es aficionado a la canciones románticas francesas, enciende la grabadora y canta en voz alta mientras maneja, creando momentos de gran lirismo en medio de la ruina material.
Nuestro personaje va observando todo y la mujer también viaja siempre en silencio. Cuando nuestro viejo vende su televisión que llevó a la vía pública donde se hacían las transacciones, compra un ramo de flores para depositarlo en la tumba de su esposa que tiene, como todas las sepulturas, una fotografía de su huésped. En esa ocasión, se atreve a poner una rosa en la tumba del marido de su compañera de viaje y empieza a entablar tímidamente, como adolescente pueblerino, conversación con ella.
Los valores son entendidos. El chofer, que nunca deja de cantar, se cansa de permitir que ella no pague su pasaje, esperando que ella ofrezca algo a cambio, cosa que nunca sucede.
El viejo entonces, como “rico” por la venta de su último bien, le paga al chofer lo que le debe ella y caballeroso establece ya una plática de franco acoso romántico. El proceso amoroso entre ambos emerge muy bien llevado en medio de la ruina económica que queda en segundo plano.
En un momento dado ella le pide ayuda para llevar a vender su piano que es el último bien que le queda para sobrevivir con su única hija caída también en desgracia.
Aunque les duele desprenderse de ese último bien que les daba algún aliciente y estando los enamorados en la carretera con el instrumento dispuesto para su venta, como un gesto de ligazón a algo muy significativo se arrepiente de hacerlo. Esa decisión, tomada en un arrebato de dignidad y coraje, es festejada íntimamente por la pareja como un desafió moral a la miseria en que sobreviven.
Entonces se sientan al piano y cantan una canción, solitarios, desplazándose por la carretera y en medio del paisaje nevado, escena surrealista que cinematográficamente dota de sentido a los últimos años de vida de nuestro personaje con su pareja y aparece el amor como única y universal compensación a las penurias de la desolación.




