Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Vite

A propósito de los padres

Sandro Veronesi publica este año en la editorial Anagrama el libro Profecía, una reunión de tres relatos que muestran una faceta novedosa de este narrador florentino, quien se ha ganado lectores en Europa gracias a novelas como La fuerza del pasado (premios Viareggio, Repaci, Campiello) y Caos calmo (premio Strega y Premio Novela Europea Camino de Santiago).
La unidad temática de Profecía es la enfermiza relación entre padres e hijos; el primer relato, el que da título al libro, narra en segunda persona del singular la muerte de los padres. Recurre al tú (“Yo te conozco Sandro Veronesi”), y al tiempo futuro para consumar el desdoblamiento de quien cuenta la historia. El autor sugiere que evitar el fallecimiento del progenitor sólo incrementa el desahucio familiar, pero incluso con esa certeza salvaguarda la salud del padre. La vuelta de tuerca aplicada por Veronesi inicia con la falsificación de un examen médico. Desde ahí, el texto adquiere el suspense necesario para engolosinar al lector. La conclusión, 37 páginas después, va más o menos en este tenor: “Vadim tendrá una crisis nerviosa y puesto que yo sé quién eres, te digo que correrás a sacar dinero en efectivo para pagarle y permitirle que huya en la noche, y mientras estés allí sacando los billetes por la ranura de la máquina te sentirás solo, cansado, abandonado y huérfano, y el amanecer aún estará lejos, y levantarás los ojos al cielo […]”. Veronesi evita los lugares comunes, gira la trama para consumar la sorpresa al final de la ficción.
En este relato sin puntos, musicalizado por el uso de las comas, el protagonista recrea aspectos esenciales de su infancia, traumas con su hermano, causados por la educación de sus padres, y se prepara para el futuro inmediato: la muerte de sus padres.
Completan este volumen Muerto por algo y Lo que ha sido será. El segundo relato nos sitúa en un texto similar a las narraciones de John Cheever, donde el joven Ropiten, tras ganarse una reputación ejemplar en un billar, decide hacer trampa. Fue educado igual que el padre, pero cuando este muere decide trastocar la cotidianidad de los jugadores, los desquicia marcando o restando puntos en la carambola, él es el juez. Adquiere, en orfandad, una extraña madurez del mal. Ante la rabia por perder al padre, Ropiten pierde la dimensión de la justicia. Genera la desconfianza entre los parroquianos y propicia rupturas irreparables en el billar.
Lo que ha sido será, lúdico e intenso relato, cuenta la historia de un hombre que crece bajo el yugo de un padre que lo ningunea. Este chico, sumiso, miedoso y sensible, usa la mala conducta como forma de rebelión. No logra imponerse ante su verdugo (el padre) y compite con un vecino, considerado por todos como el hijo ejemplar, pero repentinamente ese adolescente rompe su máscara de chico bueno y se transforma en un monstruo que asesina y cercana a las personas que lo rodean. El protagonista, ya convertido en abogado, pretende defenderlo, declararlo incapaz de discernir el bien del mal, pero la vuelta de tuerca que usa Veronesi es sorprendente y llena de humor negro. Pareciera decirnos que los padres son el engranaje maléfico de la maquinaria del destino.
Me sorprende que la editorial Anagrama publiqué un libro tan breve y, en especial, de relatos, un volumen a contracorriente del marketing editorial. La calidad de los textos deja satisfecho al lector. Destaco la sencillez aparente de cada unidad narrativa, hecho que en el fondo nos dice que el autor pulió bastante sus textos y trabajó a conciencia los senderos narrativos de esta obra. La afortunada traducción al castellano es de Xavier González Rovira.
Veronesi, con este libro, cincela una poética del resentimiento; le bastan 72 páginas para demostrar que su oficio posee madurez. Regresa al mercado editorial de habla hispana, después de la publicación de Caos Calmo en 2005, con Profecía, un libro que sirve de introducción a la obra de este ingenioso poeta, ensayista y narrador italiano. Que tengan buen día.

 

468 ad