Federico Vite
Morros con el corazón lleno de callos
Indio borrado (Tusquets, 2014, 171 páginas), de Luis Felipe Lomelí, es una novela con diversos registros narrativos que bien podría leerse como una Bildungsroman, un texto iniciático sobre la masculinidad de los que sí trabajan desde morros. Se ejercita la virilidad, y para ello recurre a los cánones básicos de cualquier caballero respetable: un hombre construye su propia casa, defiende a los suyos y protege su territorio. En este volumen, el padre es representado como un mazo, todo lo rompe, es quien impone el caos que trata de organizar un chico, El Güero, que va creciendo con el corazón lleno de callos.
En Indio borrado –un título extravagante, por cierto– es notoria la apuesta por el realismo –aunque no de manera categórica, pues hay presencias que dotan de cierto encanto gótico el relato–, pero el aporte de mayor significancia de este oficiante de la novela, más allá de la recreación de los escenarios y los personajes, es el tempo de la trama; en cada de una de las vetas (esas historias que corren paralelas al conflicto principal: padre contra hijo) se condensa el microcosmos que forma parte del Monterrey cincelado por Lomelí en 100 capítulos breves. La progresión dramática de los hechos, la puesta en movimiento de sus piezas pues, avanza ordenadamente, a un ritmo que nos hace pensar en marchas de guerra. Y lanza, con la madurez que adquiere su oficio, esta puesta en escena. Sugiera las acciones más que detallarlas, impulsa las piezas por los ascensos y declives de un orografía regiomontana poblada por rencores.
En esa ciudad que describe el autor —donde el asfalto caliente incendia los ánimos, donde las escuelas primarias fueron edificadas sobre cementerios y los hombres ejercitan una masculinidad beligerante— la vida es una espiral descendente, vertiginosa, de sueños que se quiebran entre el olor de la pólvora, en la textura del polvo y el eco de voces fantasmales.
Destaco la utilización del modo condicional, o modo potencial, para enlistar ciertos hechos, aparentes errores en la labor hercúlea de El Güero, que facilitan la consumación del fin último designado para el protagonista: el cambio de piel necesario para abollar la masculinidad recién adquirida. “Si El Güero hubiera disparado, si hubiera fumigado a Leónidas y al resto, si hubiera visto al ahorcado del puente y luego la pinta de Tony sobre el muro, entonces habría sabido que su compa ya no era un camarada. Y habría entendido que el Froy nomás tiraba piñas con eso de la cerrajería. El Güero hubiera sido claro: dile que se vaya a la verga porque si no yo lo quiebro. Y el Tony hubiera quedado rumiando su coraje, su rabia, su venganza, pero no se habría atrevido a ir con los Dragons a contarles cómo estaba el sainete. No. Nomás se habría quedado wachando todo a lo lejos, desde la otra azotea, con la veintidós que se consiguió sobre la huida […]”. Cito al autor para mostrar cómo densifica las acciones minúsculas que clarifican los motivos bien definidos de los personajes en la trama que se imbrica entre capítulos breves, porque el autor recurre a la brevedad para generar suspenso mediante la elipsis y la alusión. Superpone las capaz narrativas, abre y cierra abanicos para redondear el universo creado en este libro.
La prosa de Lomelí, de apariencia sencilla para los bisoños, fue afiliada para reproducir el habla coloquial de los regios rudos de la Revu. Pero la prosa, insisto, muestra la decantación de un oficio y este autor usa las palabras sin miedo, no para demostrar que su competencia lingüística es enorme, sino para dar vida a lo necesario, construir lo indispensable y cumplir con lo que todo lector espera: emocionarse con una historia que ha sido pasada por el tamiz del rencor.
El también autor de Todos Santos de California, Ella sigue de viaje y Cuaderno de flores presenta un pulido y encerado narrador en tercera persona (durante la mayoría de la novela) que se acerca y aleja de los personajes, genera intimidad con ellos, los disecciona y evidencia los motivos que tienen para moverse por la retícula narrativa de este libro. Esa voz es el Virgilio de un recorrido iniciático.
Lomelí postula una poética del resentimiento, donde el amor cuaja pero no incendia y el rencor, a contracorriente de lo que diría el maestro Julio Jaramillo, no duele menos que el olvido. Que tengan buen martes.




