Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

*Otrasedades tixtlecas / 2

Cada quién sus otrasedades

 

En el pozole del miércoles pasado salió que mi papá jugaba poco, cuando debió decir, como decía, que jugaba paco. Mi papá jugaba paco, (y) no poco. No Poco Paco Apoquinaba mi Papá. También pido disculpas a los lectores porque en vez de Otrasedades tixtlecas, el Pozole Verde anunció Otras edades tixtlecas. Más que invención, eso de otrasedades es ocurrencia pozolera, que quizá remite a otredad, al tiempo y, al último, a Tixtla. Pido disculpas a los que se fueron con la finta de que se trataba de una investigación geológica o de episodios históricos de la ciudad de Tixtla y aun a los que luego luego advirtieron que sólo se trata de las otrasedades del que esto escribe en Tixtla, pura onda subjetiva, puro recuerdos infantiles o tentaleantes, tal vez reales, quizá ficticios.

Job

Delante de la casita de Tioca había una puerta de maderones toscos, permanentemente desnivelada, que daba a una troje y al patio de los puercos salvajes, que también servía de cagadero. Al fondo, la puerta que daba a la casa de Alicia y Job, con quienes vivió Ángel, hermano de Alicia y de Juan –los tres hijos de Tioca y su primera esposa, Sofía–, antes de ir a estudiar derecho a la ciudad de México, donde empezó a trabajar e hizo familia. Atravesando el patio del zapote y el que seguía tras la inestable pared de adobe, se llegaba al corredor y a la casa de Alicia, en cuya sala esperaba el extravagante y simpático burro negro con vivos blancos disecado con que Job sintetizaba su talento curtidor. La casa de Alicia y Job daba a la otra calle, a la Calle Real, y desde su balcón vi pasar ángeles y diablos, moros, manueles y tlacololeros, el desfile del 9 de agosto, las cuelgas a San Lucas y Señor Santiago y las yuntas de San Isidro. Licha era sobrina de mi mamá, muy simpática ella y de hablar espontáneo y alegre. Mejor, porque Job, su marido, desde el momento en que nos recibía, cada que nos dirigía la palabra otorgaba a la escena la cualidad de reunión feliz y memorable. Aceptarle a Job un trago es saber que no hay mezcal de punta que sea suave y estar dispuestos a reírse abierta o soterradamente un buen rato, ya que es un insaciable desgustador de la amistad y un memorista que abusa del buen humor. Con el carrizo en alto, a modo de brindis y ritual, le gusta echarse unas coplas alusivas al tlapehue, a modo de brindis ritual, y homenaje al potente y espirituoso jugo de maguey.
Lo recuerdo llegando tarde, de fuera (trabajaba en Chilpancingo, en la CFE), con el pecho atravesado por tres y hasta cuatro cananas de mezcal. Aseguró que el bule, el cuerno de toro y las botellas de vidrio se las habían colgado en los diversos pueblos por los que “acababa de pasar”: en Mochitlán me dieron este mezcal, en Quechultenango no me dejaron venir sin el cuerno, presumía. Pasé a Chilpancingo y me llenaron este bote de plástico con agüita sagrada de Chichihualco. Ya sabía que Alicia le había guardado su plato de barbacoa y sus cervezas desempanzadoras, pero eso no impedía la reafirmación de su afición mezcalera y de sus dotes de charlista encantador:
–En todos lados me trataron tan bien que casi no llego. De hecho, estoy aquí, en la casa de ustedes, de paso. Vengo a ver cómo están las cosas y cómo me tratan… –dijo socarrón, buscando a su esposa–, con la franca intención de que, si me tratan mal, ¡me sigo con mis cananas para Chilapa!…

Tía Adela

En la mayoría de las casas de Tixtla la mueblería era la necesaria y suficiente: sillas de madera con respaldo y asentaderas de palma tejida recargadas en la pared, que por lo general estaban encaladas. Más que un adorno, las fotografías ovaladas que cuelgan de ellas resultan parte de la historia vieja e íntima de la familia. Sobran, aún, las paredes tixtlecas que están llenas de ancianos adustos y canosos, y señoras de frente amplia y cabellera ondulada y humedecida. El suelo de mosaicos de barro pintado acabado de regar, un instrumento campirano o quizá un cuerno de mezcal colgado de un tablero de ganchos o de un clavo de acero, diplomas escolares y de profesionistas, sobre un típico esquinero de madera un ramo de flores silvestres, bailarinas de porcelana, acaso un cisne azul.
Durante algunos años, en la sala de tía Adela existió la mesa de damas chinas, en la que mi mamá era campeona. La mesita tenía un tablero con hoyos y la madera enseñaba rastros de colores. Era lo único que había quedado de la casa de mi mamá, luego de que se casó con mi papá y nos venimos a Chilpancingo, y tuvo que rentar y luego vender la casa donde había vivido, con Guinda y Cayetano, y luego con mi papá y mis hermanos. En la agenda de mi mamá o de mis hermanas faltaban amigas que saludar, el montonal de casas que visitar y chismes que saber; además, en Tixtla siempre era posible que lloviera, y jugábamos a las damas chinas aprisa y de paso.
Con frecuencia encontrábamos el corredor inundado por mazorcas de maíz en la antesala de su desgranamiento. Si me detengo un poco, veo a tía Adela sentada en una silla chaparra, la luz del jardín a sus espaldas, la falda larga sobre las rodillas separadas, ludiendo una mazorca con otra y derramando bajo sus pies granos de maíz casi dorados. De plata la cabellera que enmarcaba sus arrugas y caía en trenzas sobre su blusa sin estampas. Había llegado a su edad fuerte como tronco de ciruelo, sabia las cosas de la vida como nadie más, y era más sencilla y cariñosa que un jilote. Jamás probó salchichas, mayonesa, leche enlatada ni frituras, cuya “química” y sabor despreciaba.
Si sigo a la izquierda, antes de que el corredor dé vuelta a la derecha me topo con las altas y blancas paredes que presumen un amplio y colorido abanico de cazuelas y jarros de barro o de laca estampados con pájaros y flores. A la derecha había una mesa grande de tablones gruesos y, a sus costados, bancos. Casi enfrente, el tanque de agua limpísima y el lavadero, y adelantito el fogón: el comalito y el comalote de barro cocido. Si no era fiesta o llegábamos tarde comíamos lo que había, lo que producía la familia, chorizo, frijoles, crema, queso fresco o seco, sin que faltara salsa de jitomate o chileajo. Si en la entrada se encontraba uno con montones de maíz desgranado, adelante, en la mesa los granos primigenios salían volando del comal a la mesa, en forma de tortillas gigantes y, desde luego, de memelas.
Tras la cocina, el cuarto de la leña y el carbón. A unos pasos, frente al zapote prieto, quedaba la puerta de madera rústica y malcuadrada, pero infranqueable y permanentemente dotada de misterio, que daba al patio de mi abuelo Cayetano. Al centro de éste hay un ciruelo alto, de tronco enorme y ramas tan largas que dan al patio vecino, acompañado por trece ciruelitos de ramas delgadas y piel blancuzca. A la derecha, sobre patas robustas, a metro o metro y medio del suelo, está la troje. A la izquierda, la puerta que da a la casa de mi mamá. Si siguiéramos de frente, pasaríamos por el espacio techado y semivacío que habitaba Cayetano, allí donde mi abuelo tenía su granero y algunas bestias, y adonde la abuela Güinda lo mandó a dormir la noche en que nació mi mamá. Llegaríamos al portón, por donde se sale a una tercera calle.

Güinda

Güinda era costurera. Cada cumpleaños, me hacía un vestidito especial, con sus mangas plegadas, con cintas y moñitos en los bieses, muy bonito, contaba mi mamá. Güinda cosía todo tipo de prendas a familiares y vecinos. En misas, en velorios, cantaba. De ella heredó mi mamá, además de la religiosidad, la voz fina y sensible, y la justa –justísima- entonación musical. Le faltó el baile. La alegría que Güinda mostraba cuando no acompañaba a las almas viajeras con letanías o cánticos sagrados, alejada del temor de Dios y de las llamas de los cirios. Güinda era la felicidad andando, el alma de la fiesta. Lo escuché de niño y casi ayer: cuando nació mi mamá, Cayetano puso el grito en el cielo. Se había hecho a la idea de que iba a tener un hijo, y cuando le dieron la noticia de que era niña se apretujó la cara, y soltó una larga queja y dos o tres maldiciones. Éstas deben haber sido de buen calibre porque, adentro, Güinda escuchó y, aunque todavía estaba delicada, dejó a la recién nacida en cama y se paró a enfrentar al cabrón macho agresor:
–Es la última vez que entras a esta casa, Cayetano. La última vez. ¡Acuérdate, si no!…

Cayetano se quedó a dormir con sus bestias.
Pasaron los años y la vida, y Güinda nunca lo perdonó.
Cayetano tenía cuatro o cinco terrenos donde sembraba maíz, frijol, garbanzo, chile, cebollas y demás. El más cercano quedaba del otro lado de la laguna. El más lejano, rumbo a Mochitlán. Tenía una mula enojona que sólo a él obedecía. Hace mucho, una de mis hermanas solía recordar que, cuando iban a alguno de sus terrenos mi abuelo subía en la mula a mis hermanos y a ella le tocaba jalar la cuerda. No olvidaba lo abrupto del camino ni la brecha pegada a la falda del cerro que daba al abismo, por donde tenía que controlar y jalar a la mula. Con coraje, atribuía a Cayetano que siempre le tocara la peor parte del paseo. ¡No es cierto!, te tocaba jalar la cuerda porque eras la única a la que la mula no soportaba encima!…, rezongaban mis hermanos, desternillados de risa.
Desde que Güinda lo corrió, Cayetano empezó a beberse el mezcal de su fábrica. Estaba pagando la condena por hablantín. Ésta, junto a la soledad y absoluta austeridad en que vivía, añadiéndole que uno de sus terrenos estaba “pegadito” a la Cueva del Diablo, sin quitar la mula cetrina y biliosa que sólo a él obedecía, crearon en el rumbo la leyenda de que tenía pacto con el Patotas. Decían que era guapo, que tenía la pinta del Charro Avitia y que era amante de la mujer de Pedro El Chito, un carnicero con fama de matón. Muchas noches después, frente a un tapado de chito (como le dicen a la barbacoa de chivo enchilada en Tixtla), la Güera del negocio se me quedó viendo y me preguntó mi apellido y si era hijo de mi mamá. Le dije que sí, y una señora que aguardaba tras el tapado me dijo que no me le parecía, que mi abuelo era de nariz chiquita y muy guapo. ¿Has visto al Charro Avitia?, intrigó coquetamente la Güera que tan bien me caía y tanto me chiviaba, y a quien le seguí comprando tacos aún después de que supe que era nieta de Pedro El Chito.
Cuando mi mamá vendió su casa, lo primero que los nuevos dueños hicieron fue levantar la tierra en busca del supuesto diabólico tesoro de Cayetano. Encontraron unos huesos de perro, una llave enorme llena de óxido, unas ciruelas fosilizadas.

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