Silvestre Pacheco León
El pasante
(Octava Parte)
Que nadie se equivoque, el objetivo es que aparezcan sanos y salvos. Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos.
La Iglesia y la amenaza del comunismo
Septiembre y octubre de 1959 fueron los meses en los que el pasante estuvo dedicado en cuerpo y alma a la organización del funcionamiento de la escuela secundaria, en una casa prestada que se habilitó como edificio escolar.
El médico fue su primer director y fundador, responsable de la asignatura de biología; la plantilla de profesores se integró con los maestros que llegaron para cubrir todos los grados de la educación primaria.
Después de cumplir con su jornada de trabajo en la escuela primaria, los maestros acudían en las tardes para atender a los jóvenes de la secundaria.
Ante la novedad de la escuela, varios jóvenes ya crecidos en edad se anotaron como alumnos en esa primera generación en la que también figuró un buen número de mujeres que abrieron brecha en el ejercicio de su derecho a la igualdad de oportunidades.
Esa primera generación de estudiantes fue el ejemplo a seguir para todos los estudiantes de primaria, porque se veían imbuidos del espíritu de grupo que se necesita para aprender y para tener confianza en sí mismos.
Todos hacían deporte, y excursiones a las grutas y al río. Algunos destacaban en el atletismo, pero también en oratoria y declamación. Los concursos de aprovechamiento académico eran siempre competidos. Todos querían sobresalir, y las familias apoyaban participativamente esas manifestaciones.
Fueron los estudiante de la secundaria los que primero se familiarizaron con los acontecimientos sucedidos más allá de los límites municipales, como la revolución cubana que era el hecho internacional más sobresaliente.
El interés de los jóvenes por lo que sucedía en Cuba se acrecentó desde el mes de diciembre cuando las noticias de la radio no cesaban de hablar sobre la inminente caída del dictador Fulgencio Batista, donde los opositores a su gobierno eran jóvenes universitarios encabezados por un tal Fidel Castro, quien adoctrinaba a sus seguidores bajo principios alejados de la iglesia, hablando de la libertad de creencias, de igualdad y de justicia.
La radio en aquella época, con ser prácticamente el único medio de información para los habitantes de pueblos alejados de la ciudad como Quechultenango, no era tampoco un servicio del dominio popular, pues ni siquiera la energía eléctrica era un bien que llegaba a todas las casas, menos un aparato como el radio al que podían acceder sólo quienes habían salido a trabajar como braceros a los Estados Unidos.
Eran pocas las familias que contaban con una radio, y menos las que estaban atentas a las noticias. Sólo unos cuantos se enteraban de los sucesos más allá del pueblo y aún menos quienes tenían y expresaban alguna opinión al respecto.
El cura del pueblo era quizá el único atento al desenvolvimiento de aquel conflicto político que se desarrollaba en la isla del Caribe y quien tenía una postura al respecto.
Fue él quien primero comenzó a referirse al comunismo como doctrina, señalando el serio riesgo para la Iglesia, en aquel caso, los enemigos del dictador, si los ateos llegaban al poder.
–Lo primero que harán será suprimir el culto religioso. Cerrarán las iglesias, luego tratarán a las mujeres y a los niños como mercancías, conduciendo a todos a la perdición.
De tanto hablar en sus sermones sobre los riesgos del comunismo y del conflicto en Cuba, la preocupación de la gente llegó hasta la escuela secundaria a través de los estudiantes.
Todos querían saber dónde estaba Cuba en el mundo, y por qué podía ser tan grave lo que sucediera en ella, incluso para pueblos tan alejados como Quechultenango.
Entre el maestro de historia y el de geografía los estudiantes ubicaron a Cuba y supieron de la pobreza y desigualdad de sus habitantes, así como de la tiranía del dictador; entonces a cual más quería fijar su postura, unos a favor y otros en contra de la revolución.
Pero en lo que todos coincidían era en la pequeñez del territorio cubano, y les parecía una broma el crecido temor de los gobiernos vecinos sobre la repercusión que pudiera tener la revolución cubana en sus países, máxime para Estados Unidos cuya dimensión territorial justificaba su erección en primera potencia mundial.
–Si el comunismo triunfa, van a quitarles sus casas, y a repartirse sus vacas. Van a llevarse a tus hijos, juntamente con tu mujer –gritaba convencido desde el púlpito de la iglesia el párroco del lugar en los sermones dominicales.
A fuerza de escuchar los discursos del cura advirtiendo de los riesgos, los feligreses, que cada vez eran menos, se fueron dividiendo, unos a favor del cura y otros apoyando al médico, quien a fuerza de ser señalado, se había ganado el mote de comunista, porque había alterado el orden del pueblo con sus ideas de cambio.
Las fiestas decembrinas
Por su parte el médico seguía trabajando empeñosamente en la tarea educativa, como si lo que se dijera en su contra fuera un acicate para trabajar.
Además de atender la dirección de la escuela secundaria, el pasante se ocupaba gratuitamente de la atención médica de la población en el centro de salud, y se mantenía de su trabajo en el consultorio para las familias de los empleados de la hidroeléctrica de Colotlipa, a donde viajaba tres veces por semana.
Con esas múltiples ocupaciones el pasante aún se dio tiempo para intervenir en la organización de las festividades de fin de año en Quechultenango, desde la celebración de la fiesta en honor de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre, hasta la cena de Año Nuevo, pasando por la Natividad o Nacimiento del Niño Dios que se celebra el 24 de diciembre.
Fue el médico quien ideó el uso del micrófono en la puesta en escena de los Doce Pares de Francia, una especie de teatro popular que se organizaba cada año en honor de la virgen de Guadalupe en la cancha municipal.
Para el 24 de diciembre promovió a través del Centro de Bienestar un concurso de nacimientos y el masivo reparto de aguinaldos y aguas frescas, con muchas piñatas que la danza de las Pastoras se encargó de recoger de las casas de las familias invitadas como participantes.
La cena de Año Nuevo fue la novedad porque en ella participaron todas las familias de los alumnos inscritos en la escuela secundaria y en los talleres de capacitación. Fue una cena comunitaria, y cada quien llevó un platillo diferente para la mesa. En el brindis el médico se descubrió como un excelente y cultivado orador, citando a filósofos y escritores como Goethe y Hermann Hesse, destacados guías universales de la juventud.
Muchos años después los jóvenes de entonces recordaban que en esa cena comieron por primera vez la gallina rellena, y conocieron el pan de caja, así como las galletas saladas. Uno que otro probó en esa cena un trago de sidra, y los refrescos que en ése tiempo salieron al mercado con las marcas de Fanta y Titán.




