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Federico Vite

La idea es nadar un poco

Si un escritor gringo pensó en radiografiar la clase media de Estados Unidos fue un hombre que nació en Nueva York un 27 de mayo de 1912: John Cheever. A este tipo se le considera el rapsoda de la clase media de los vecinos del norte. Algunos de sus biógrafos cuentan que su educación terminó el día que encendió un cigarrillo en clase, cuando era un inquieto alumno de la Academia Thayer. Este hecho detona el primer relato de John: Expelled. Texto que apareció publicado en el periódico New Republic. Curiosamente fumar hizo que Cheever se dedicará por completo a la literatura; en especial, a escribir cuentos, algunos de ellos fueron editados por Collier’s Story, Atlantic y la mítica publicación The New Yorker.
Uno de los cuentos que más aprecio de este hombre es El nadador. Historia que comienza de la siguiente manera: “Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan: anoche bebí demasiado. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
–Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.
–Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.
–Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy–. Bebí demasiado”.
Con estas líneas inicia la odisea sentimental de un hombre de mediana edad, clase media alta, quien se recupera de una resaca en casa de unos amigos, después de la fiesta de la noche anterior. De pronto, tiene una idea un singular: regresar a su casa nadando por las piscinas, una tras otra, de sus vecinos. Y se avienta pues. Son quince espacios, unos 13 kilómetros (a ojo de buen cubero), que lo separan de casa. Al principio, algunos amigos lo reciben bien pero a medida que avanza nota que la gente le rechaza por motivos que él no entiende. Oye comentarios sobre cosas de su vida que incluso él no sabe; acontecimientos desagradables de los que no se ha enterado o no recuerda. Por fin, llega a su propia casa, que ya no se parece en nada a la que dejó el día anterior para irse de fiesta.
En apariencia nos enfrentamos a un cuento cómico, picarón y fiestero, pero termina, como buen clavadista de La Quebrada, dándose de bruces con la realidad acuosa: está solo. Les transcribo el cierre de El nadador.
“El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío”.
Si este cuento empezó de manera simpática; el cierre no es precisamente festivo. El hombre vital que se arrojó a la primera piscina es alguien derrotado al salir de la última.
Es posible que encuentre obra de este simpático amanuense en el tenderete de libros de segunda mano, ubicado en el zócalo de Acapulco, o en alguno de los varios tianguis de libros que se mueven por la geografía citadina y violenta de Guerrero.
John Cheever murió en 1982 en su natal Nueva York. Dejó una extensa obra que bien podría ser definida, como lo hicieron algunos de sus amigos, como la visión del Chejov de la clase media gringa.

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