Arturo Santamaría Gómez
¡Ah, qué alegría ver estudiantes así!
Se veía fuera de razón, fuera de la historia, fuera de la tradición rosalina y lejos de la más elemental solidaridad universitaria. La UAS se veía esclerótica, conservadora, deshumanizada. Pero despertaron los estudiantes, así hayan sido mil o dos mil, después de por lo menos dos décadas de somnolencia cívica, para regresarle dignidad, humanidad, inteligencia y emoción.
La desaparición de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa habían conmovido al país entero y a muchos lugares del mundo, pero la universidad que creara Eustaquio Buel-na, la de Rafael Buelna, la de El Guacho Félix, la de Liberato Te-rán, la de innumerables humanistas sinaloenses se estaba quedando atrás, estaba en silencio. No fueron los profesores, ni los investigadores ni sus autoridades las que le regresaron su grandeza, fueron los estudiantes porque había que salir a la calle; había que protestar públicamente contra un acto de barbarie y ellos lo hicieron.
Habían pasado por lo menos dos décadas para que los estudiantes se organizaran por sí mismos, sin que los alentaran o dirigieran profesores o autoridades, y demandaran justicia en el país. Transcurrió casi un cuarto de siglo, casi una generación en-tera para que brotara nuevamente la conciencia cívica colectiva entre los estudiantes universitarios sinaloenses.
Estos estudiantes, a diferencia de aquellos de los sesenta, setenta y principios de los ochenta, no están cortados con un patrón ideológico revolucionario, ni contestatario ni dogmático. La gran mayoría de ellos o quizá ninguno, al menos en Mazatlán, militan en partido político alguno. Muchos de ellos ni siquiera pudieron votar, por ser menores de edad, en la pasada elección presidencial. Es más no pertenecen a ningún tipo de organización. Pero son valientes, inteligentes, sensibles y cada vez más informados. No organizan asambleas sino que recurren a las redes sociales para organizarse. No quieren liderazgos protagonistas ni iluminados. Su relación es básicamente horizontal.
En la marcha de Mazatlán fue notable observar que ningún estudiante quería tomar el micrófono para hablar al final de la marcha en parte por timidez e inexperiencia pero sobre todo porque nadie se sentía líder. Nadie se quería apropiar del acto.
No lo dicen, aunque los que estudian ciencias sociales, ya lo empiezan a analizar, son parte de una nueva ola estudiantil global que reacciona, que actúa contra un mundo cada vez más incierto, violento e injusto. En Egipto, Hong Kong, Chile, España, Estados Unidos, Grecia, Italia y varios países más, la juventud se moviliza porque se da cuenta que las oportunidades de estudio se acortan, el desempleo aumenta, los salarios se achican, el autoritarismo reaparece, la violencia delictiva explota como nunca.
Saben que el estudio arduo y el esfuerzo individual no bastan para salir adelante, que son necesarias la organización colectiva y la participación cívica.
Anunciaron que se sumaban más estudiantes a la lucha para demandar justicia en Ayotzinapa y que se organizarán mejor a pesar de amenazas e intimidaciones que ya algunos de ellos han recibido por parte de fantasmas cobardes.
No saben quién lanza las dagas pero no se arredran porque se saben acompañados de muchos y que están actuando justamente, cumpliendo con el más elemental compromiso humanitario de solidarizarse con mexicanos que han sido brutalmente reprimidos y porque quieren que este país no se hunda más y sea mejor.
Lamentablemente todavía son muchos los borrachos de autoritarismo e insensatez que quieren desalentar elementales manifestaciones de organización y civilidad estudiantil. Prefieren que la juventud esté sumida en la indiferencia, en la marea de los corridos alterados y el individualismo ignorante. Para sus intereses es mejor una juventud sometida que una actuante, autónoma y consciente.
Se equivocan con estos chicos, esta generación, lúcida y decidida, empezará a construir una Sinaloa y un México más dignos.




