Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

*Dichos y anécdotas calentanas / 2 y última

La vista más hermosa que guarda mi memoria

“A cambio de no viajar por el mundo tengo el privilegio de conocer otros lugares”, dice Offir Damián en la Introducción de su libro Blog de historias (2014). “No hay un solo lugar de la ribera del Balsas en Tlapehuala –afirma– que mis pies no hayan pisado. Desde La Piedra hasta San Isidro caminé y nadé en el río Balsas… conozco todos los lugares del campo de Tlapehuala donde hay frutos exóticos y silvestres. Sé qué árbol de pinzán es el que los da más dulces. Conozco los lugares donde hay ilamas, de la morada y dulce. Ni qué decir de los ciruelos y de las huertas de mango… Puedo decir que conozco Tierra Caliente”.
Subir, a los 15 años, al cerro Lloroso marcó su vida, “porque ahí tuve la vista más hermosa que guardo en mi memoria”: experimentó la belleza del paisaje y tuvo la sensación de poder tocar el cielo y sentir el abrazo de una nube. En el mismo lenguaje bucólico y sentimental, aventura que la retribución de subir es ver al mundo, y cómo lo ves. “Desde entonces supe que no me quedaba otra cosa que buscar nuevas imágenes en las alturas”, como rastreando, entre rocas, ventanas en el cielo.
Finca así el autor las honduras de su identidad calentana y anuncia el derecho y el gusto de contarnos las historias que escuchó en los caminos de Tierra Caliente. Puntualiza que en estas historias predomina “el buen humor, porque son una mínima parte de las historias de una región que, pese a la adversidad que siempre la acompaña, sonríe con mucha fuerza”.

Humor con chicotito

Decíamos ayer que Dichos y comodijos (2010, Garabato), el libro de Viliulfo Gaspar Avellaneda y éste de Offir Damián se complementan: el primero, por la mayor evocación de datos históricos que influyeron o, imbricados, persisten en ciertas costumbres calentanas, por la antigüedad de sus anécdotas es el hermano mayor. El segundo presume cierta modernidad en el título, se sale del género (ofrece un cuento) y del ámbito regional e incluye varias “historias de lecturas en libros e Internet”. Así como recupera el origen del paliacate, los raspados y la expresión ¡Ajúmala, calentano!, se atiene a lemas de la cosmética industrial Mary Key. Es un poco más imbricado el estilo de Gaspar, pero ambos conocen la región donde nacieron como la palma de su mano, saben de historia, costumbres, leyendas, personajes y modos de hablar. Buenos para la narración, los dos cierran su libro tratando de explicar qué significa cocho, la palabra reina del vocabulario calentano.
Si consideramos que las anécdotas suelen terminar en situaciones jocosas o ser cerradas por frases hilarantes, a los dos los junta la vocación por el chisme y aún del chiste (en el sentido vulgar o popular), los que plantean como género literario. Ellos mismos subrayan el buen sentido del humor que campea y da sentido a sus historias. Del buen humor, que es bueno por punzante, de ese que saca su chicotito y a la menor oportunidad lo esgrime sobre acontecimientos, abogados, políticos, poetas y amas de casa, campesinos, secretarios particulares, comerciantes y policías, personajes ilustres e hijos de fulano de tal; los encuadra, los pone a tiro y, al final, hace tronar su látigo rastreador y concluyente, para que la paisanada aprenda algo de provecho y se ría.
Ora que, encarrerados en la captura de sus recuerdos, de lo que les contaron y han leído, para Gaspar y Damián todo es puritito Tierra Caliente. No es tamal, siempre que el lector sepa que muchas anécdotas recopiladas son tortilla de muchos otros lados. Entre ambos también se juntan varios chistes malos, de esos que escuchamos en las últimas butacas de los salones de secundaria, en cafés o cantinas, y hasta coinciden en algunos. Y eso que no estaban de acuerdo.

Reproduzca esta obra por favor

Blog de historias no tiene sello editorial ni pie de imprenta. No alcanzó la gracia de haber sido publicado por Agripino Hernández Avelar en la colección Arroyo Grande, pero el espíritu del poeta calentano ampara el libro de Offir desde la página cuatro, donde, entre créditos, sorpresivamente anuncia que: Se autoriza la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos. Páginas adentro, Offir cuenta que la participación que tuvo en la edición de dos libros de la citada colección fue muy activa e íntima, pues incluyó fotos para las portadas, corrección ortográfica y “un archivo en Word de todo lo que sería el libro para llevarlo a la imprenta. Por lo que en la página 2 le pregunté al maestro si ponía la leyenda que llevan todos los libros: Reservados todos los derechos y la reproducción de la obra. “El maestro se quedó meditando… y me dijo que los libros que la Asociación (de Escritores de Tierra Caliente) hacía eran principalmente para promover la lectura entre nuestros paisanos”.
–En todo caso –concluyó Agripino– nuestros libros deberían decir: Libres todos los derechos. Se autoriza la reproducción total o parcial en cualquier forma, escrita, electrónica, sin la debida autorización de los editores.
Ya advertimos que, al poner en su libro la libertaria propuesta editorial del poeta e impulsor cultural arceliano, Offir juntó lo de fuera con lo de dentro, con lo que homenajea al maestro Hernández Avelar y ofrece al lector atento no la mejor, pero sí la más fina de sus sonrisas literarias.

Anécdotas con permiso

Offir divide su libro en nueve capítulos. De lo que se dice y cuenta va a lo que “pues lo vi” y a lo que él merito vivió. De ahí recuenta anécdotas sobre políticos reconocidos o del montón, y se desliza hacia historias breves y chistes que en el fondo encubren una verdad. Saca cosas de libros y de internet, opina sobre novelas calentanas, discierne sobre palabras de recalcado uso regional, en sus páginas aparecen numerosos personajes de la vida regional, nacional y hasta internacional (Virgilio Bermúdez, Catalina Pastrana, Alejandro Gómez Maganda, Blas Vergara, Caritino Maldonado, Álvaro Carrillo, Tomás Arzola Nájera, Armando Ramírez, Acerina, ¡Abraham Lincoln!…) por alguno de sus lados chuscos y, por último, nos ofrece un cuento (del que erróneamente ya nos contó la anécdota completita). Casi todos los textos que aparecen en esta página van como vienen en el libro. A otros, para que quepan, les aplicamos tijera y pegol, procurando dejar íntegro el final. No hay palabras altisonantes (disparates, pues), porque el autor, por más calentano que sea, no las usa. Van de muestra unas anécdotas revueltas, sintetizadas o archicomprimidas, al cabo Offir Damián ya nos dio permiso.

–PEDRO, de qué raza es tu perrito, se ve muy fino.
–No es fino, es eléctrico.
–¡Ora! ¿De pilas?
–No, amigo, ¡de corriente con corriente!

UNA BANDA de viento acompañaba a una procesión que se había prolongado por mucho tiempo. Los músicos, además de caminar en la procesión, tocaban y cargaban sus instrumentos.
El más cansado era el músico que tocaba la tambora… Ya era grande de edad y estaba pasado de peso. Sudaba a chorros durante la procesión mientras golpeaba el mazo en la piel de la tambora.
Se le acercó un hombre y le dijo:
–La tambora cualquiera la toca, ¿verdad?
–Sí, ¡pero no cualquiera la carga! –respondió, enfurecido.

UN VIEJO COMPOSITOR de corridos de Santana del Águila, conocido como El Casirri, cuenta que una vez un campesino se le acercó para pedirle que le compusiera un corrido, lo primero que le preguntó fue si había matado a alguien.
–Sólo tengo a mi moruna y no he matado nada con ella –dijo el campesino.
–¿Eres chico malo, de la maña? ¿Siembras mariguana o amapola?
–Lo único que siembro es mi maicito en la parcela…
El Casirri se quitó el sombrero y con sus manos joberas se empezó a rascar la cabeza e insistió: ¿Eres borracho, mujeriego, jugador… gallero?
–Nada de eso mi jefe, no bebo, no fumo y soy fiel a mi mujer.
El viejo compositor rasgó su inseparable guitarra, daba unas tonadas y, después de pensarlo un rato, expresó:
–Gallo, tú no eres ni briago, ni mujeriego, ni jugador. ¡Tú estás bueno para que te componga una cumbia!

CUENTA Offir que cuando atendía una tienda en Tlapehuala, don Ernesto Ramírez era su asiduo comprador, y en las tiendas –recuerda, en primera persona, de aquí para adelante– se acostumbra que cuando no tienes cambio das una goma de mascar… un chicle. Durante un buen tiempo lo hice así y don Ernesto me los recibía de buena gana.
Un día, como era costumbre, pasó e hizo su compra.
Se le hizo su cuenta de nueve pesos con cincuenta centavos. Con calma sacó de su bolsillo una bolsa de plástico llena de chicles y comenzó a contar las 19 gomas de mascar que le había yo entregado durante un tiempo y con eso pagó su cuenta.
Por supuesto que le recibí su pago, pues eran los cambios que yo le había dado.

LA LECTURA de poemas con que cerraba el encuentro de escritores agarró al público cansado. Algunos bostezaban. Un poeta subió al estrado, anunció que leería un soneto y que con eso terminaba el encuentro.
La mujer que estaba adelante con visibles signos de aburrimiento soltó unas palabras:
–Ay qué bueno. Pero por favor que el soneto sea corto, porque ya me quiero ir.

HAY QUIENES comparan el ejercicio de ser presidente municipal con un matrimonio de tres años que terminará en divorcio. El pueblo es la esposa y el presidente el esposo…

LA PROTESTA fue un 29 de junio, ese día (Pablo Sandoval Cruz) cumplía 83 años y aún con sus años marchaba y lanzaba consignas en contra del gobierno de Zeferino Torreblanca Galindo… Un dirigente perredista de Tierra Caliente se le acercó para felicitarlo y preguntarle cuántos años cumplía.
–Cumplo 83 –respondió el viejo luchador social. Deteniéndose, rectificó:
–Los dos años que anduve apoyando a Zeferino para gobernador no cuentan: cumplo 81 años.

CUENTAN que en una gira que el gobernador Rubén Figueroa Figueroa realizaba por Tierra Caliente, la gente se le arremolinaba y le sobrencimaba demandas comunitarias y personales. Entre tanto grito, uno sobresalía:
–¡Señor gobernador, atienda mi petición! Soy taxista, pero el taxi que trabajo no es mío, ¡ayúdeme con el permiso!…
Figueroa empezó a caminar entre el gentío, y el gritón seguía tras él:
–Señor gobernador, ¡por favor ayúdeme, tengo esposa y doce hijos que mantener, deme un permiso de taxi para poder trabajar!…
Dicen que hasta ese momento el gobernador detuvo su marcha, precipitadamente, que regresó a ver al chofer y le expresó:
–Tú no necesitas un permiso de taxi, ¡tú necesitas que te capen!…

SIDRONIO le cuenta a Crescenciano que México ocupa el tercer lugar a nivel mundial en consumo de cervezas. ¡Eso no está bien, eso es una vergüenza!, y, jalando a Sidronio, lo lleva a comprar un cartón de cerveza, para contribuir y llegar al primer lugar.

“TODO el mundo tiene un anuncio invisible colgando del cuello, que dice: ¡Hágame sentir importante!”: Mary Key.

–¡AY, CORONEL, usted no tiene pelos en la lengua!
–¡Porque vos no querés, preciosa!
Según Offir, lo anterior lo contaba el argentino Facundo Cabral, de ahí el vos y el querés…

Ora, ¡cochos de Arcelia!…

PERO ya vamos a terminar y no entramos a las versiones que Damián ha recopilado sobre el origen y el significado de la palabra cocho. La primera versión casi no vale. Andaba Lázaro Cárdenas alineando y ampliando las calles de localidades y cabeceras municipales de Tierra Caliente, pero encontró fuerte resistencia en Arcelia. En una reunión de trabajo, advirtiendo que su esfuerzo por sacar adelante su tarea era inútil, el general, exasperado, dijo:
–Bueno, está bien, si esos cochos de Arcelia no quieren, que no se haga la alineación.
En plan serio, aunque entrecortado, Damián recuerda que “en la Tierra Caliente de Guerrero, Michoacán y Estado de México es muy común usar la palabra cocho, tanto en el terreno afectivo como en el peyorativo o insulto… Pero ¿de dónde viene la palabra cocho? Cuál es su significado, su origen, su etimología. Hasta este momento no hay un investigador que haya dado su razón de existencia, la usamos, es parte del folclore, de la identidad, pero poco o nada se sabe de dónde viene”. Sigue:
En diversos sitios de Internet… sostienen que cocho se deriva de cuchi, que significa cerdo y hasta dicen que es de origen purépecha, sin fundamentarlo.
También existe la versión de que cocho era el nombre de una casta de la Nueva España que ocupaba el más bajo nivel… Las castas eran desde mestizo, negro, zambo, mulato, morisco, coyote, cambuja y tente en el aire, pero la palabra cocho tampoco está en las listas.
La palabra podría provenir de la época de la Intervención Francesa: podría ser que los soldados belgas que quedaron prisioneros en Zirándaro y se quedaron en Tierra Caliente, como en Bélgica se hablan tres lenguas, quizá usaron esa palabra y los calentanos la hicieron propia, acaso con alguna deformación.
Offir asegura que “en náhuatl, cuitlateco, purépecha y chontal, las lenguas que se han hablado en Tierra Caliente, no existe la palabra cocho…, tal vez, como lo marca la Real Academia de la Lengua, la palabra cocho sólo es cerdo”, que provendría de coch, voz con que se llama al cerdo. Como sea –concluye–, para muchos es una palabra que nos da identidad; para otros, es una grosería para ofender a alguien más”.

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