Anituy Rebolledo Ayerdi
Un navío
cargado de…
Algo de lo que nos trajo el Galeón de Manila
Circuito perfecto
El trayecto transoceánico Manila-Acapulco y viceversa, importante ruta de las sedas y las especias, fue una de las vías de comunicación de mayor trascendencia mundial entre los siglos XVI y XIX. Sólo comparable con otras grandes rutas comerciales de diversas épocas, como la Ruta del ámbar, el Camino del estaño o el señalado por Marco Polo.
Un circuito anual casi perfecto gracias a las corrientes marinas y a los vientos favorables. Lo galeones salían de Manila en la primera semana de julio con el monzón de verano y regresaban de Acapulco con el monzón de invierno. El viaje de Acapulco a Filipinas duraban entre 50 y 60 días, mientras que el tornaviaje podía llevarse hasta seis meses.
La nave impresionante de 50 metros de largo y mástil de 30 metros de alto, hacía su entrada espectacular al puerto a mediados de diciembre. Una vez descargada se iniciaba en febrero la feria comercial que duraba hasta marzo. Ya en abril iniciaba el viaje de regreso y así cada año durante dos siglos y medio.
Feria de Acapulco
La feria de Acapulco tuvo alcances internacionales pues a ella concurrían mercaderes de casi toda América, de la Metrópoli, de varias ciudades del país y por supuesto de Filipina. El trotamundos Alejandro von Humboldt, un tanto exagerado como buen germano, la llamó “la feria más famosa del mundo”.
El Galeón de Manila nos traía especias, sedas, damascos, cambayas porcelana china, arte religioso, tallas de nácar y marfil, flores como hortensias, crisantemos y orquídeas. Por su parte, el Galeón de Acapulco, llamado así cuando llegaba a Manila, llevaba plata acuñada y en barras, vino español y de Parras, Coahuila, mantas de Saltillo, grana de Oaxaca y cacao de Chiapas. Los cargamentos tenían en ambos casos un valor de entre dos y tres millones de pesos.
La fama de la Feria de Acapulco atraía a miles cada año al grado de que la población flotante superaba en dos y hasta en tres veces a la fija, provocando un abigarramiento caótico y malsano (casi similar a las semanas santas de siglos más tarde). Data de aquella época, seguramente, la vocación de los acapulqueños para servir a sus visitantes, hoy por cierto maltrecha.
No obstante que la mayor parte del cargamento de la Nao eran encargos o estaba destinado a los grandes mayoristas, muchos objetos estaban al alcance de los feriantes.
Se podía conseguir, por ejemplo, una media vajilla de porcelana azul y blanca de 324 piezas en 56 pesos; enaguas confeccionadas en Manila 3 reales; una arroba de cera filipina, un peso con siete reales. Los abanicos de sándalo, un real. Colchas de raso bordadas, 13 pesos; bordadas con seda oro y plata, 25 pesos. Alfombras persas en 35 pesos, baúles de maque, 9 pesos; un millar de botones de cobre, 3 pesos, y el ciento de botones de cristal un peso con cuatro reales.
Había escondido en alguna calleja del puerto un mercado de “fayuca”, como el actual de Tepito, donde se comerciaban los productos bajados de contrabando, más baratos, por supuesto. No pocos frailes fueron acusados de contrabandear artículos entre sus ropas.
San Felipe de Jesús
El primer palacio municipal de Acapulco se construye en 1910 sobre las ruinas de un convento franciscano y cuya capilla será una réplica de la parroquia de Nuestra Señora de la Guía de Manila. En ese claustro se preparaba a los religiosos que más tarde marcharían a Filipinas para de ahí propagar el evangelio al resto de los países orientales.
El destino le jugará a uno de ellos una mala pasada. Forjado para el servicio de Dios en el convento de Santa María de los Ángeles, en Manila, el joven mexicano Felipe de las Casas se embarca en Cavite rumbo a Acapulco. Viene a oficiar su primera misa ante sus padres más no arribará a este puerto pero sí subirá a los altares como San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano.
Santo niño de cebú
El Santo Niño de Cebú es considerada la reliquia mas antigua de las islas Filipinas y fue un regalo de Fernando de Magallanes a la reina indígena Juana, el día que con el bautizo se convirtió a la religión católica. Aquel momento inédito pero intenso y lleno de emoción movió pies y manos de los indígenas en una conmovedora alabanza al rey niño. Nace así la tradición anual del sinulog. “¡Viva Pit señor, Santo niño de Cebú!,” exaltarán los isleños durante siglos e incluso hasta nuestros días con el mismo fervor.
Una fiesta religiosa más, se dirá, como las hay muchas en México. Efectivamente, sólo que en este caso, y aunque resulte increíble, es una fiesta nuestra. No con el mismo esplendor que la de Cebú, por supuesto, pero sí con la misma profunda devoción de sus habitantes. Se trata de un paraje de la Costa Chica llamado Boca del Río. Allí se venera una imagen de aquél Santo Niño, réplica o muy parecida a la de Cebú, considerada como un tesoro por nuestros pueblos negros.
Viruela
Muy ajena al comercio, la política y la religión será la misión que zarpe de Acapulco el 5 de febrero 1805 con destino a Filipinas. Transporta a 22 niños novohispanos, varones de 5 y 6 años, conducidos por el médico Francisco Javier Balmis. No forman parte de ningún conjunto musical o deportivo sino más bien sanitario. Beneficiarios todos ellos de la vacuna contra la viruela, y a falta de ampolletas, llevaban la inmunización para los niños filipinos usando la técnica del “de brazo a brazo”.
Palmeras
Uno entrañable entre muchos del Archipiélago. Las palmeras del jardín Álvarez de esta ciudad, obsequio de Manila quién sabe cuándo y cómo. Una en particular, localizada frente a la catedral de Nuestra Señora de la Soledad, que de tan dura se ha creído de cemento.
Toro
El toro cebú es, ni hablar, de la isla de Cebú. Los gobiernos mexicanos acostumbraron durante muchos años a obsequiar un semental a cada municipio de la República. Terminará con esa práctica cuando se enteren de que los vacunos de gran giba era servidos en barbacoa cuando los visitaba el presidente o el gobernador.
El relleno
El relleno forma parte desde hace muchos años de la gastronomía de la Costa Grande y particularmente de Acapulco. Se trata más bien de un lechón longano (ni muy gordo ni muy flaco), que las mujeres de Tecpan se encargarán de rellenar con papas, plátano, piña. etcétera. Cuenta el cronista Rubén H. Luz que doña Francisca Silva de H. Luz, su tía abuela, trajo la receta de aquella población y sus descendientes continúan cocinándolo en el Pozo de la Nación.
Guinatán
El guinatán es un delicioso manjar de pescado (cuatete o sierra, de preferencia), cocinado en leche de coco con un chile guajillo, orégano y sal. Dice la conseja que el guiso se “corta” si es elaborado por una mujer embarazada o cualquier persona que tenga el “ojo caliente”.
El macán
Agua fresca a base de arroz y piña. El arroz se deja en remojo la noche anterior. Muy apreciado en la Costa Chica.
Los gallos
Las peleas de gallo bajaron de la Nao, adoptándose con el tiempo como un entretenimiento nacional por excelencia. Los gallos favoritos del dictador Antonio López de Santa Anna, más apasionado de las peleas que de gobernar, fueron filipinos. También, mucho más tarde, de Pancho Villa, gran amarrador, por cierto.
Frutas
Y qué decir del mango. La simiente acapulqueña procedió de la isla de Luzón, Filipinas. Incluso del mango Manila.
Otra fruta acapulqueña, lamentablemente en vías de extinción, es el caimito. De color morado jaspeado, su pulpa tiene un saborcito a coco de cuchara. También fue regalo filipino.
Hay multitud de productos naturales que creemos más mexicanos que el nopal y uno se lleva frentazos al conocer que, por ejemplo, el cilantro, cuyo olor se identifica con México, vino en el Galeón de Manila. Y en el colmo de los colmos, el tamarindo, cuya pulpa enchilada y endulzada constituye, junto con el dulce de coco, la otra “industria más poderosa” de Acapulco, también lo trajo esa navío.
El rebozo
Y nuestro rebozo, la más tradicional de las prendas femeninas, posee algún detalle venido de aquellas islas. El detalle de sus puntas que son las puntas de los mantones de Manila. Todo ello, por supuesto, a lo largo de una complicada conjunción con lo chales españoles y los mamatls prehispánicos.
Familias
Familias acapulqueñas con raíces filipinas. Bermúdez, Diego, Lobato, Batani, Funes, Liquidano, Tellechea. Y coyuqueñas: Guinto, Balanzar y Zúñiga.
Guadalupano
La Nao llevará de aquí igualmente muchas cosas al gran Archipiélago. La más importante será sin dudada la veneración de la virgen de Guadalupe, hoy patrona de México y Filipinas.




