Gil Florente Castellanos
Del maestro tradicional al virtual
Segunda parte
El desplazamiento del maestro de su grupo no es reciente; la escuela mexicana nació con esta deficiencia que se ha ido agudizado con el correr de los años. Sin ir más lejos, refiero, que en la época de la Escuela Iancasteriana (1822) los monitores (alumnos avanzados) suplieron al docente titular en los grupos, que por razones obvias, no podía atender al mismo tiempo; o en los grupos de estudiantes rezagados que requerían atención extraordinaria para su nivelación.
Así aprendieron los estudiantes de entonces; así siguen aprendiendo, hoy los alumnos de las escuelas multigrado del campo por la falta de maestros. Así se ha minimizado la presencia del guía profesional en el aula. Para el funcionamiento de la Escuela Rudimentaria (1911), el estado postrevolucionario improvisó maestros con escolaridad de cuarto a sexto de primaria, encomendándoles la misión de castellanizar, alfabetizar e instruir en labores agropecuarias y de salud. Con la improvisación se ha resuelto el problema de la falta de mentores profesionales en escuelas del medio rural. Todavía a través del Conafe se otorgan becas de estudio a bachilleres, improvisándolos como docentes para cubrir las necesidades educativas en dicho medio.
Mientras tanto, los normalistas desempleados enfrentan al muro administrativo de la Secretaría de Educación Guerrero (SEG) donde un letrero les recuerda: no hay plazas.
La improvisación y la no contratación han debilitado la imagen magisterial. Pese a ello, en la segunda mitad del siglo XX se consolidó la figura del maestro como profesional de la educación. El gobierno mexicano decidió colocar a un docente preparado en los grupos de educación básica de la escuela pública, aunque no en todas. Para la formación de los cuadros profesionales requeridos, el estado asignó recursos suficientes a las Escuelas Normales, a los Centros Regionales de Educación Normal, al Instituto de Capacitación del Magisterio y a la Universidad Pedagógica Nacional.
Puede decirse , entonces, que en esta etapa, no fue el maestro suplente, el asistente, o el adjunto quien debilitó la presencia física del docente en el grupo, fue el método de enseñanza.
En efecto, el maestro tradicional, autoritario, dueño del conocimiento que depositaba (deposita) gradualmente en sus alumnos mediante la clase expositiva, fue desplazado por el ingeniero conductual cuando se puso en boga la tecnología educativa, allá por los años 80. Con esta nueva imagen el maestro convertido en ingeniero se hizo cargo de la obra escolar, planeándola, supervisándola y ordenando su ejecución a los trabajadores alumnos que del receptivismo tradicional pasaron al dinamismo, alentados por el técnico de la enseñanza, quien quedó el margen del trabajo grupal, pero mantuvo la autoridad ante sus discípulos gracias al dominio del conocimiento y la técnica, con lo cual logró planificar la enseñanza, establecer los objetivos conductuales y diseñar la estrategia de aprendizaje para que los estudiantes se apropiaran del conocimiento de manera independiente.
Si, la perdió, cuando cobró vigencia en los años 90 la didáctica crítica, cuya propuesta principal es el interaccionismo: modalidad de trabajo colectivo donde los actores –maestro y estudiante- comparten experiencias de aprendizaje. Aquí el maestro es un miembro más del equipo y su papel es el de facilitador de las actividades de estudio. Su presencia en el grupo interactivo destaca por su experiencia y por el quehacer administrativo que le compete, sin que esto se convierta en móvil para imponer objetivos, pautas de trabajo o tareas, pues la logística del trabajo escolar se decide en colectivo y de manera democrática.
Estos detalles, poco visibles ante los ojos del ciudadano común han deteriorado la regia imagen que el maestro tuvo en otros tiempos. Ya no es la máxima autoridad en el aula, ni el segundo padre, ni sembrador del saber, ni el apóstol, ni modelador de personalidades, ni inculcador de principios morales y cívicos; es simplemente, el “profe”.
Donde es patente la negación del maestro en los subsistemas de educación abierta, a distancia y audiovisual, que comenzaron a anunciar en los años 70 y hoy forman parte importante del sistema educativo.
En la modalidad abierta, el alumno estudia por su cuenta y a su ritmo; por lo que ya no son necesarios: el grupo escolar, los horarios, la clase, la planeación del trabajo diario, ni el maestro. Este, se convierte en tutor, exento de la obligación de enseñar. Su papel se limita a distribuir las guías de trabajo a los usuarios, sugerir bibliografía, administrar el avance de cada aprendente y aplicar el instrumento de evaluación al termino de las unidades de estudio. El tutor deja de ser maestro y se convierte en empleado de la educación.
Algo similar sucede en la educación a distancia con ciertas variantes. El estudiante decide su forma de trabajo, el tiempo y el lugar para realizarlo. Puede hacerlo de manera individual o grupal, conformando círculos de estudio con otros usuarios. En esta modalidad, el maestro de grupo da paso al asesor con quien esporádicamente se reúne el alumno para la aclaración de dudas y la notificación del avance de su estudio autodidacta.
Se dirá que estas modalidades de estudio operan en los niveles de secundaria, preparatoria y licenciatura donde los estudiantes ya pueden hacer uso del autodidactismo. En efecto, ahí han operado. Agrego: primero se experimentaron en el nivel superior, presentándolas como alternativas apropiadas para los trabajadores que deseaban prepararse académicamente, luego se ofertaron en el nivel medio superior y después en el nivel medio básico y no está distante el momento en que comiencen a implementarse en los grupos superiores de la escuela primaria, aunque para este nivel de escolaridad hay otra opción que también prescinde del maestro de grupo: la educación audiovisual. De ello me ocuparé en el siguiente artículo.




