El Pozo de Oztotempan
Centenario ritual prehispánico de petición de lluvia
En los dos primeros días de mayo de cada año se reúnen cientos de peregrinos en Oztotempan, un pozo sagrado que mide 100 metros de diámetro y tiene una profundidad de 200 metros en caída libre, situado muy cerca de la población nahua de Atliaca, municipio de Tixtla.
Desde tiempos ancestrales, pueblos y rancherías de La Montaña y de la región Centro del estado, llegan a esa población para pedir fervorosamente agua de lluvia para que puedan tener buenas cosechas. A cambio, los campesinos ofrendan a las deidades del pozo alimentos, bebidas, aves vivas y en ocasiones chivos o puercos también vivos.
Juventino López, un lugareño, recuerda que subió al cerro por primera vez cuando era muy niño: me llevaron con mucha fe mis abuelitos, recuerda y agrega: “desde entonces, no he dejado de venir. Aquí venimos a pedir agua para que llueva y tener algo de maicito pa’comer durante todo el año, pues no hay trabajo en ninguna parte…”.
El punto de reunión, es la iglesia de Atliaca donde el sacerdote bendice las ofrendas, mismas que horas después serán trasladadas a pie hacia un enorme cerro que se encuentra a un costado de la población. Afuera de la modesta iglesia de la comunidad, se escucha a las bandas de música de viento que minutos después irán acompañando a los cientos de peticionarios de lluvias y buenas cosechas.
Al concluir la misa, inicia la procesión para ascender al pozo sagrado. El colorido de la columna es bellísimo. Hay cantos, música de viento, danzas, campesinos descalzos o vistiendo huaraches, también hay flores, comida, mezcal y sobre todo fe, mucha fe.
Unas horas después, hacia las 11 de la noche, se reúnen en la capillita que está ubicada en el pozo de Oztotempan, campesinos conducidos por sus mayordomos, provenientes de Atliaca, Zumpango, Apango, Chichihualco, Acatlán, Mezcala, Chilpancingo, Zitlala, San Juan Tetelcingo, Xochipala. Se aprecia en ellos el cansancio, no de esta reciente jornada, si no de más de 500 años de resistir la embestida brutal de la imposición religiosa, el encomendero, el capataz, la tienda de raya, los políticos demagogos o la fuga quizá sin regreso a los Estados Unidos, en busca del empleo que los gobernantes de su país le niegan.
La consagración de la ofrenda
Ya en la capillita, los mayordomos de cada pueblo, ofrecen un saludo y presentan las ofrendas a la Santa Cruz. El rezandero principal toma una bandeja de semillas de maíz, frijol, chile, calabaza, y se las presenta a la cruz con estas palabras: “Que tengan buenas cosechas nuestros hermanos. Bendice nuestra semilla con tu poder. Danos el agua para nuestro sustento. Que nadie regrese a su pueblo sin tu bendición. Y esta nos colme de bienes, para que en todo el año no haya enfermedad…”.
Durante toda la noche las plegarias, la música y los cantos se multiplican. Los cantos de los rezanderos y la devoción que se siente, nos traslada durante unas cuantas horas a un pasado prehispánico en donde el hombre y la naturaleza se entremezclaban hasta convertirse en uno solo.
El sincretismo del rito católico con la tradición milenaria, se ve penetrado por decenas de personas que ajenas a la religión, llegan carentes de fe con sus grabadoras, arrastrando los vicios de la ciudad y el colmo, en camionetas que se estacionan a unos cuantos metros del pozo sagrado. Esto al parecer es una profanación de la fe de los lugareños, quienes hacen todo el recorrido cerro arriba, a pie y en unas cuatro horas.
Fin del ritual
Antes del amanecer, los cientos de congregados queman castillos de luces, toritos y cohetes; estos son ofrendados con devoción por algunos de los asistentes. Así lo reconoce un lugareño “…yo traje cinco toritos pa’quemarlos. Es una promesa, y los voy a seguir trayendo hasta que me muera.” ¡Esa es la fe y la admiración popular!
Con los primeros rayos solares, llegan a su fin los rezos. Todo está listo para arrojar las ofrendas por la enorme boca del pozo. Se construyen unas cestas que atan a un enorme palo de maguey. Se adornan con flores de cempazúchitl y se coloca en su interior todo lo ofrendado como panes, mole, tamales, cigarros, refrescos, atoles, mezcales, etc.
Hacia las 8 de la mañana, un grupo de niñas pastoras que portan en la cabeza una diadema con flores, danzan sin parar alrededor de la oquedad al compás de la música generada por un violín, un tambor y una flauta. Después de varias vueltas, el rezandero principal inicia el lanzamiento de las ofrendas.
Casi para concluir el rito, son arrojados los animales vivos como gallinas, palomas, guajolotes o cerdos. Se van al abismo atados de alas o patas. La costumbre asegura que de no caer al fondo del pozo, el temporal será malo para sus cosechas. Si por el contrario, se van sin chocar hasta el fondo, la temporada de lluvias, será buena. Esta actividad se prolonga hasta las 11 de la mañana del día 2 de mayo.
Al terminar de lanzar todo lo ofrecido, los grupos enviados de diferentes municipios del centro del estado, se retiran poco a poco. Otro ritual propiciatoria se ha cumplido; queda el compromiso de realizarlo con devoción el año venidero. Se van con la esperanza de que la temporada de lluvias que se avecina, será buena y que al fin podrán salir de sus deudas y de añejos compromisos económicos y los arribistas ocasionales se irán con la cruda a cuestas.
Recuerdos de Atliaca *
Ese lugarcito que se llama Atliaca,
reposa tranquilo, quietud sin igual,
me gusta es bonito, recuerdos de Atliaca
la paz de su iglesia que huele a copal
Sus calles derechas de viejo empedrado
evocan la historia que la vio nacer,
con casas de adobe, de palma y tejado,
recuerdos de Atliaca, quisiera volver
De mis ojos brota como manantial
el llanto que moja, tristeza es mi mal,
música de viento, canciones de Atliaca,
que triste me siento, quiero retornar
En mi pensamiento tus fiestas tus danzas,
tus viejas costumbres que me hacen llorar,
Pozo de Oztotempan la fe de tu pueblo
milagro de lluvia, ofrenda al creador
Deja que yo sienta el calor de tu suelo,
será mi consuelo cantarte mi amor,
recuerdos de Atliaca, dialecto canción
a la indita guapa de buen corazón
Tus nobles mujeres, todas de rebozo,
fieles al esposo al que saben amar
tus hombres valientes, a veces pacientes
saben defenderse, saben respetar
Esas tejerías de suelo tan rojo,
que mi llanto moja, ya no voy a ver
tus amaneceres que pinta la aurora,
es mi alma que llora que quiere volver
Caminos veredas, adiós ya me voy,
que lejos te quedas, mi canto te doy,
otle many villa, otle ya mi voy
ni mis caliva teva-ye vino canción
* Canción inédita de Héctor Cárdenas Bello




