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El Paso de las Animas

 

 Sobrecogedora procesión silenciosa en la noche de la Semana Santa taxqueña

 Con la procesión de El Paso de las Ánimas la noche del martes continuaron los festejos de la Semana Santa en esta puerta de entrada al estado de Guerrero y en la que, por vez primera, participaron penitentes masculinos.

¿Cuántos participaron este año, entre ánimas y penitentes? la respuesta no supo darla el presidente del comité preservador de la Semana Santa en Taxco, Luis Alemán Mejía. Titubeó, lo pensó mucho, casi se quedó mudo, mientras la procesión avanzaba: “¡Híjole! no sé cuántos, son bastantes no sé, pero sí son siete hermandades que están aquí”.

–¿Cómo, no sabe cuántos?

–No, no sé pero sí son muchos –dijo al tiempo que por el radio que llevaba trataban de comunicarse con él sobre el desarrollo de la actividad pero no hubo más.

A pesar de esta falta de cifras se contabilizaron poco más de 200 penitentes-ánimas, incluidos otros pertenecientes a la hermandad de “flagelados” que se aparecieron en los alrededores de esa iglesia, algunos de ellos identificados como “piratas” que ya aceptaron los organizadores como fenómeno al interior, sin quererlo, desde hace un par de años.

El Paso de las Ánimas tiene un origen añejo de cerca de diez generaciones que comenzó en el barrio de Chachalacas y se trasladó después a una casa particular ubicada en el centro de la ciudad sobre la calle Miguel Hidalgo. Una de sus fundadoras, Lupita Gutiérrez Ramos, aunque está un tanto delicada de salud y habla poco, se mantiene al pendiente, feliz en su encomienda, sin mayor interés que el cumplimiento de una manda, promesa, meta personal y familiar, de tradición o penitencia.

La indumentaria, actitud, disciplina y estoicismo que se imponen las ánimas resulta de un sobrecogimiento que impacta a nativos y visitantes. Las mujeres visten una capucha negra que guarda su identidad y en la que únicamente asoman los ojos, portan un largo faldón hasta los talones, una especie de amplia blusa que cubre todo, excepto las manos, que se ciñe a su cadera como cinturón con un ancho cordón de ixtle, más un pequeño crucifijo al cuello, otro más grande en ambas manos o con cirios, a lo que se agrega un rosario con el cual siguen sus oraciones con meticulosidad.

Su caminar, siempre agachadas, es sonoro, rítmico, al compás –solas o en grupos en hilera a la izquierda y derecha–, de medianas y gruesas cadenas que arrastran consigo atadas a los tobillos. Ese sonido es lastimero, dirían algunos; es curioso, han dicho otras voces; al igual que ese contacto de las cadenas y piedras entre las calles, hace la singularidad de las ánimas, calladas, ausentes o prestas al alarde o la exhibición, según se aprecia en unas en el anonimato y en sus ayudantes, mujeres, que no se despegan para dejarlas solas, tanto que “roban cámara” inútilmente.

De los hombres-ánimas, también con la misma vestimenta, la diferencia es que éstos arrastran entre grupos compactos de diez o más, una sola cadena, gruesa, unida por varios tramos para efectuar un paso en sincronía y, así, evitar alguna caída en masa. Sus movimientos requieren precisión, cual manecilla de reloj, pero en comparación con las damas jóvenes y adultas, la fuerza o gordura, se impone.

A la descubierta avanzó la imagen de San Miguel Arcángel y, esta vez, a la retaguardia del peregrinar salió San Nicolás. Una escultura de proporciones semejantes a un humano vestido sólo con un faldón negro, descubierto del rostro y una aureola en la cabeza, crucifijo y rosario en mano, con evidentes muestras de flagelación (azotes) y brotes de sangre en la espalda. En su mano, una disciplina (llamada cabresto) que es una variante de fuete, pero con agudos punzones o clavos de acero, que es el mismo que utilizan los penitentes que saldrán en la procesión del jueves.

Esta segunda imagen religiosa, venerada en la capilla de igual nombre, fue cargada y custodiada en su andar por alrededor de una decena de hombres penitentes todos cubiertos con capuchas negras, semidesnudos, descubiertos de espalda y tórax, y cerró después de la medianoche con el silencio temporal en las calles taxqueñas.

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