Silvestre Pacheco León
El pasante
(Parte Décimo Sexta)
La amenaza de aprehensión
Del conflicto provocado por el sub recaudador hubo quienes sostenían la idea de que calculó mal la intervención de los diputados, por un exceso de soberbia, creyendo que con su apoyo anularía de un solo golpe la presencia del médico en el pueblo, aprovechando que en la coyuntura del desfile de la Revolución como día festivo, su enemigo seguramente estaría ausente del pueblo.
Todo hubiera salido bien al cacique si no ha tenido el atrevimiento de acompañar a los diputados hasta el kiosco, donde tampoco pudo mantenerse callado, quizá en busca de congratularse frente a ellos apareciendo como una persona con cierta base social, o simplemente para mostrar a los presentes que sus relaciones políticas venían de las más altas esferas del poder.
Pero en vista de como se dieron los hechos, el cacique se exhibió en toda su debilidad, sin partidarios que lo apoyaran, quedando inerme en manos de la chusma, salvado nada menos que por su más acérrimo enemigo, quien con todo el valor civil no sólo manejó con serenidad la situación evitando que todo degenerara en una tragedia, sino que con habilidad portentosa, en presencia de los diputados, puso en su lugar a cada uno de los personajes que significaban un lastre para el progreso del pueblo.
A la distancia de esos acontecimientos muchos de los pobladores y el propio médico valoraban los sucesos del 20 de noviembre como históricos porque mostraron el despertar de la gente que estuvo dispuesta a defender su autonomía y la ruta que había descubierto al progreso, a costa de lo que fuera.
En adelante no habría resquicio en esa sociedad de campesinos casi analfabetas para el surgimiento de ningún otro cacique, pues estaban seguros que habían sembrado en tierra fértil el mayor antídoto contra ése tipo de males, con la alternativa de la educación para los jóvenes y la práctica del método democrático para dirimir los conflictos.
El médico por su parte contaba a sus allegados que estaba satisfecho porque los propios diputados que al inicio del conflicto se mostraban prejuiciados contra él, por lo que el cacique les había contado, al final cambiaron diametralmente de opinión agradeciéndole su intervención oportuna como si con ello les hubiera salvado la vida.
Después de la visita de los diputados, los acontecimientos políticos locales se entrelazaban con los que acontecían en el resto del estado.
Como resultado de los acuerdos tomado en la sala de cabildos la tarde del 20 de noviembre, a la semana siguiente llegó la comisión del congreso para anunciar la destitución del ayuntamiento y la instalación de un concejo municipal encargado de terminar el período oficial del gobierno, encabezado por la persona que la asamblea de la comunidad había propuesto al Congreso como garantía de continuidad en los proyectos que se ejecutaban.
Otro motivo de alegría que embargaba a la comunidad fue la llegada imprevista del nuevo sacerdote que sustituía al anquilosado cura del lugar. Su juventud y prestancia causó buena impresión a los feligreses que agradecían al obispo su tino en la designación.
Para el médico el cambio de sacerdote era también un triunfo contra el poder caciquil derrotado tanto en la persona de la ex directora de la escuela, como del viejo cura alejado de su ministerio.
Años luminosos esperan a éste pueblo que aprendió a labrar su propio destino, razonaba para sí el médico.
Pero cuando la calma parecía instalarse en la vida de los pobladores sucedió el acontecimiento que estremeció a la comunidad. Primero fue un rumor que corrió de boca en boca el sábado a medio día, y para la tarde la noticia se había confirmado.
En la mañana, se supo después, habían asesinado al sub recaudador, cuando visitaba una de sus parcelas de cultivo.
El cuerpo fue levantado y llevado hasta su domicilio en medio del estupor y temor de la gente que pensaba en las consecuencias que podría traer dicho el asesinato.
En esa fecha el médico se encontraba fuera del poblado y por ello le fue imposible enterarse de que lo habían convertido en uno de los principales sospechosos de la muerte del cacique.
La sospecha trascendió ese nivel cuando en el pueblo se escuchó la voz del cura recién llegado quien desde el curato, mientras se llevaba a cabo el velorio, con las bocinas de su amplificador dirigidas a los cuatro puntos cardinales, decía casi textualmente: “Esa es la obra del mediquito comunista quien pagó a un indio del monte para que le quitara la vida a este cristiano”.
El aludido no tuvo en esa ocasión el modo de defenderse de las alevosas y falsas acusaciones del cura, porque su llegada al pueblo ocurrió un día después del asesinato, y casi con él un aviso urgente que lo obligó a su salida repentina.
El trascendido venía de uno de sus contactos en la Procuraduría quien le notificaba que estaba en la lista de los principales agitadores enemigos del gobernador, que tenía orden de aprehensión y que de un momento a otro tratarían de detenerlo, y quizá desaparecerlo, como era el estilo en ésa época. Por eso el amigo lo urgía a salir del estado a como diera lugar.
El médico siempre reticente a poner tierra de por medio cuando enfrentaba algún problema, creyó en el aviso de que tenía una orden de aprehensión y, muy de madrugada, acompañado por dos de las señoras de su mayor confianza, en un taxi abandonó el poblado.
Cuando llegó al entronque de la carretera nacional, junto al pueblo de Petaquillas, estaba ya instalado el retén policiaco que lo esperaba y del que no pudo escaparse. Entonces se les ocurrió el estratagema que lo salvó la vida: se acostó en el asiento trasero del vehículo, se tapó el cuerpo y la cara con las cobijas que llevaban y cuando los agentes iniciaban la revisión, comenzó a gritar y a quejarse mientras sus acompañantes explicaban la situación a los del retén diciendo que se trataba de su nuera, que la llevaban de urgencia al hospital para que la atendieran de un parto delicado.
El argumento y los quejidos fueron tan convincentes que los policías les dieron el paso libre en el acto, alejándose de ahí lo más rápido que pudieron.
La calma por el contratiempo les llegó a los viajeros hasta que llegaron al pueblo de Zumpango donde esperaron el paso del autobús de la flecha roja que llevó al médico hasta la ciudad de México.
En la capital del país y con la seguridad que le daba la distancia de su estado, el médico se remitió a las oficinas centrales de la Secretaría de Salubridad donde sus jefes escucharon su peregrinar y le dieron toda una serie de facilidades para que permaneciera alejado de los conflictos del estado el tiempo que fuera necesario.
En un gesto que entonces el médico no creía merecido, lo mandaron al estado de Oaxaca durante todo el mes de diciembre de 1960 con el pretexto de visitar los centros de salud de Pinotepa Nacional, Cacahuatepec y San Pedro Amuzgo, en la zona costera, para trasmitir su experiencia en desarrollo rural al personal que los operaba.
Después de las fiestas de fin de año que el médico pasó en la ciudad de Oaxaca con familiares de condiscípulos suyos, regresó a la ciudad de México para ponerse a disposición de sus jefes quienes lo conminaban a que dejara incluso de pensar en Guerrero donde se acababa de vivir la atroz matanza que tuvo lugar en la alameda Granados Maldonado, ése viernes 30 de diciembre, perpetrada por elementos del ejército contra estudiantes y la población civil, por órdenes del gobernador Raúl Caballero Aburto.
Con la tristeza en el ánimo el médico aceptó la oferta de la Secretaría de Salubridad de viajar al estado de Veracruz donde se planeaba desarrollar un nuevo centro de población en Valle de Abasolo, donde le ofrecían un cargo importante en su sector.
Pensando en la cantidad de muertos a manos del ejército y en el posible recrudecimiento de los hechos en Guerrero, el médico dedicó el siguiente fin de semana en preparar sus maletas para viajar a su nuevo destino.




