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Su libertad, el anhelo más preciado de la presa ganadora de concurso nacional de poesía

*Ileana Escalante Esparza dice que prefiere escribir de todo para evadir su actual realidad en el reclusorio de Acapulco, pero a su vez para recuperar su historia. Lleva cuatro años encarcelada y dice que la Codehum ya tiene un expediente de su caso, pero no ha recibido la atención necesaria

Óscar Ricardo Muñoz Cano

La poesía asegura Joaquín Sabina, “huye, a veces, de los libros para anidar extramuros, en la calle, en el silencio, en los sueños, en la piel, en los escombros, incluso en la basura…”, por lo que encontrarla en un penal y de la mano de una joven reclusa de 23 años con vestido a rayas y ojos grandes no resulta extraño.
Ileana Escalante Esparza acepta que no le gusta hablar y que por eso escribe: “escribo sobre todo”, dice.
Y ahora lo hizo y ganó el segundo lugar en la edición XIX del Concurso Nacional de Poesía Salvador Díaz Mirón. Escribió sobre sus gatos; uno de ellos, grande, negro con gris y de nombre Bigotes, “vive conmigo, se la pasa conmigo, lo regaño y todo…”.
Es su compañía desde hace tiempo; “tengo como dos años con él”, dice entre risas mientras nos narra alguna que otra peripecia bajo el calor del mediodía.
“Yo iba a escribir del amor, como todas las mujeres, pero no, yo soy mala para el amor”, y se ríe con resignación.
Sencilla y con algo de maquillaje obtenido gracias a la ayuda de algunas compañeras, se presenta para un día de entrevistas en el área femenil del Cereso de Acapulco. Quizás alguna le sirva para ayudarla en su caso.
Interna desde 2009, sabe que le sobra tiempo y no desea perderlo, pues desde que iniciaron los talleres de Libertad bajo palabra de la Secretaría de Cultura ha asistido a todos.
“Desde que yo caí estoy trabajando, estudiando, pintando, escribiendo; he pedido la universidad pero es difícil, quiero estudiar Filosofía y Letras, y actuar también”, comenta, y agrega que “desde afuera ya escribía, tengo una tía que es escritora (la poetisa Teresa Esparza Oteo, nos revelaría después).
Además, recuerda que antes tenía un diario y que lleva otro desde que está adentro; “quiero seguir escribiendo, salir y publicar mi historia; cómo me fue aquí, todo lo que me pasó…”.
Posponemos las preguntas difíciles un poco y regresamos al premio.
“Antonio (Salinas, su maestro del taller) fue el que mandó los trabajos hace tiempo y una amiga insistió que escribiéramos para el concurso; yo no quería, le decía que era mucha gente la que participaba, que yo iba a perder y ella me dijo que aunque sea para el diploma, para el reconocimiento, que ayuda mucho aquí y dije, bueno, pues sí”.
Ya no recuerda las fechas –el tiempo suele perder sentido dentro de la cárcel– por lo que vagamente recuerda que hace como más de año metieron el trabajo y posteriormente le avisaron que había ganado un premio.
“Primero me dijeron que venía una licenciada desde la ciudad de México, que estaba en el aeropuerto y como mi mamá vive por allá yo pensé: ¿será que la fue a ver, será mi libertad?”
No obstante, con un dejo de tristeza, mirando a otro lado, cuando sus ojos se humedecen para adquirir un brillo peculiar, agrega: “no fue así, me entregaron la constancia, el cheque del premio, que dejé a un lado porque me llamó más la atención que fuera un segundo lugar nacional y mi tía (la escritora) le dijo mi mamá que no podía creerlo porque ella siendo escritora nunca había ganado nada y que cómo era posible que yo ganara un segundo lugar nacional…”.
Del dinero del premio ni hablar, nos comenta, se lo dio a una licenciada para que le ayudara con su caso y “nada”.
Hacemos una pausa porque alguien nos acerca una botella de agua; alrededor, decenas de reclusas trabajan lo mismo en el taller de dibujo del maestro Gerardo León Naranjo como en el de alfarería que imparte la artista plástica Viviana Hernández; hoy no hay teatro con la directora Silvia Salazar, ni tampoco Literatura con el escritor David Espino.
¿Cuántas personas acuden a los talleres? Como unas 60, asegura el director del Cereso, Mario Alfredo Flores Tapia, quien nos revela que la población femenil ahora es de 150 personas.
Cuántas en proceso, cuántas aún sin sentencia, preguntamos.
Más de la mitad, especula.
El caso de Ileana sonó en su momento, allá en 2009; está acusada y sentenciada por el homicidio de su bebé de cinco meses.
A decir de las notas periodísticas de entonces, los hechos ocurrieron en la Unidad Habitacional Vicente Guerrero 2000; ella y su entonces esposo llevaron de urgencia al bebé al IMSS, donde murió a causa de los golpes que presentó en el cuerpo.
No hay testigos contra ninguno de los dos, sólo la incriminación de Ileana quien dice que su esposo le daba mala vida al bebé porque decía que no era su hijo.
La nota más reciente, de mayo, hace mención de que su madre Alma Esparza Olvera y la abogada Jaqueline Orta Rodríguez interpusieron una queja ante la Codehum, contra el juez décimo del ramo penal y exigían la revisión del caso por parte del organismo, “que ha llevado a pasar a la acusada 4 años en prisión, aunque las pruebas apuntan a que el culpable es el papá”.
Una de esa pruebas es el diario de vida de la propia Ileana.
“Tuvimos licenciados, les pagamos, nunca nos ayudaron, tuve una licenciada que pensé que por ser mujer me iba a ayudar más (Orta Rodríguez) y que ya no vino más, pero apenas vino porque su marido cayó preso, la vi y me dijo que me iba a volver a apoyar….”.
Hace una pausa, respira profundo, pasa saliva y susurra “me siento mal al estar aquí, siento como si no fuera verdad, me siento rara…”.
Revela: un licenciado de oficio le comentó que ya no apelara, “que me van a dar 15 años y que con eso ya me iba bien”, mientras se aguanta el llanto pues a 5 años de interna, el proceso sigue; apelaron la primera sentencia que dijo, fue de 20 años, quedando en 15 y ahora está apelando nuevamente.
“Mi papá apenas me puso otro (abogado), apenas ayer, pero es del DF y no puede venir muy seguido y que según él yo soy inocente a decir de las pruebas, los careos y el juez incluso dice que sabe de mi inocencia pero pues, no puede…”.
Queremos cambiar la conversación, incluso, detenerla, pero ella misma nos lleva: “adentro maduramos, nos volvemos más fuertes, entendemos porqué lado vamos y si se puede ayudamos a las demás personas”.
“Hay veces que sí, nos llega la melancolía, ya ves, en diciembre, mi cumpleaños es el 28 de diciembre (Día de los inocentes)”, y se ríe ahora más liviana.
Pretendemos despedirnos, hay más reporteros en la fila, no sin antes abrirle un espacio para que agregue algo y ella pide con apuro que revisen su caso, que se acerquen porque la han olvidado.
–Cómo te imaginas en unos años –le preguntamos finalmente.
Lacónica, contesta con una palabra:
–Libre.

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