Jesús Mendoza Zaragoza
Exigencia de justicia y fortalecimiento social
Hoy se cumplen cuatro meses de la tragedia de Iguala que hizo estallar la crisis latente del sistema político que aún no toca fondo, una crisis que ha destapado su disfuncionalidad y su rostro antisocial, que tanto daño ha hecho al país. La amplia respuesta de la sociedad, tanto en Guerrero como en el país y en los ámbitos internacionales, han dejado ver el repudio a este modo de gobernar y de administrar la justicia, el desarrollo y la misma democracia. La clase política y las instituciones del Estado están funcionando contra el pueblo y ya es tiempo de que esto termine. La deprimente economía y la frágil democracia han dado lugar al desarrollo de la delincuencia organizada en el país, como un complemento del Estado. La violencia que arrolla al país ha venido a ser un resultado de esta disfuncionalidad de la economía y de la política que, en lugar de enfocar su interés en mejorar las condiciones de vida de los mexicanos se han orientado a beneficiar a las élites que están en la legalidad y las que viven en la ilegalidad. Ambas élites son, por igual, un tumor canceroso que estamos padeciendo.
En estos cuatro meses se ha ido desarrollando una legítima movilización social que ha gritado en las calles exigiendo justicia. Justicia por los desaparecidos de Ayotzinapa, pero también justicia por las decenas de miles de muertos y desaparecidos que tenemos en México. Justicia por la insoportable pobreza extrema que padecen millones de mexicanos, justicia por los abusos sistemáticos del poder que no se cansa de pisotear los derechos humanos y no tiene visos de corrección alguna. Los gritos surgen del corazón de una sociedad adolorida y casi desesperada, surgen del profundo enojo incubado en la población, que ya no se siente representada por sus autoridades, surgen de un anhelo de cambio del estado de cosas que se ha vuelto impostergable.
A mi juicio, hay en esta dinámica social un pendiente fundamental que tiene que ver con la reconstrucción de la sociedad misma. Si las instituciones del Estado no han cumplido con sus obligaciones, la sociedad también tiene profundas disfuncionalidades que la acotan y le disminuyen sus capacidades. Ha habido algo así como una codependencia enfermiza entre gobierno y sociedad en México, en la que esta última sale perdiendo. A un gobierno autoritario corresponde una sociedad infantil y apática; a un gobierno de reyes y virreyes corresponde una sociedad de vasallos. Esta relación nos pone en desventaja y no nos permite hacer nuestra parte para generar los cambios necesarios. En suma, además de la exigencia del justicia hay que atender, de manera frontal, la reconstrucción de nuestra sociedad, aquejada por enfermedades que la discapacitan, tales como la apatía, el individualismo y la fragmentación. La no participación ciudadana es un mal que está en el origen de tantos males que padecemos. Los ciudadanos no creemos en nosotros mismos pues los políticos nos convencieron de que sin ellos nada podemos hacer. Sólo le damos vuelo a la indignación en tiempos de crisis, pero nos dormimos el resto del tiempo.
Si como sociedad no tenemos la capacidad para reconstruirnos, nos vamos a quedar en una simple catarsis social hecha de gritos y marchas, que tienen que ser el comienzo, sólo el comienzo de dicha tarea de reconstrucción. Se trata de ponernos en condiciones de generar una alternativa de sociedad con características tales como la creatividad, la solidaridad, la transparencia y la asertividad, que tenga una interlocución real con las instituciones del Estado, donde la exigencia tenga un fuerte respaldo social. Aquí es donde entra el tema de la refundación del Estado que no va a ser posible con una sociedad como la que tenemos. Sin la participación ciudadana amplia y plural no será posible ese sueño de refundar al Estado y de una nueva constitución que esté en función del bienestar de todos los mexicanos. Pero para refundar al Estado, tenemos que reconstruirnos mediante acciones ciudadanas y la generación de dinámicas sociales de diálogo, de colaboración, de tender puentes y de hacer lazos. Si no tenemos una sociedad fuerte, una sociedad civil responsable y dinámica, seguiremos gritando hasta la vida eterna con el solo resultado de la frustración. Hay que gritar, pero también hay que construir, hay que reconstruirnos a nosotros mismos. Es necesario un sujeto social competente y dinámico que nos permita contar con una alta autoestima social y apreciarnos como ciudadanos. Y hay que empezar por pensar de otra forma para actuar de otra forma. Necesitamos abandonar el agandalle, la indiferencia y la miopía social para reeducarnos en la solidaridad, en la participación, en el servicio, en la construcción de la paz. Hay que generar espacios para ello en las familias, en los ámbitos vecinales y comunitarios y en las instituciones sociales, tales como en las escuelas y universidades, en las empresas y en los medios.
En fin, sin bajarle a la exigencia de justicia mediante formas pacificas, hay que apostarle a la participación ciudadana, la cotidiana y la de tiempos de crisis como la actual. Hay que fortalecer a la sociedad civil si queremos que de esta crisis salgamos con ganancias.




