José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*Agripino, poeta de auroras
* Otra medalla para Manuel S. Leyva
“A esta casa se llega como si de pronto hubiéramos caído en un planeta de auroras”, escribió el poeta calentano Agripino Hernández Avelar (Arcelia, 1930), él mismo casa sin puertas, él planeta de auroras. Dijo el bardo ometepecano Juan García Jiménez que Agripino era humilde al grado de ser la encarnación de la sencillez. Se remarca la humildad, la sencillez de un individuo, cuando éste ha mostrado la calidad humana que lo demás vamos perdiendo y, como es el caso, especial talento para sintetizar e interpretar la vida comunitaria con una sola tirada de palabras… Las pocas veces que tuve oportunidad de platicar con él bastaron para advertir que tras el poeta cornucópico que admiraba habitaba un hombre sereno y cordial. Su serenidad era, sorprendentemente, auténtica. En alguna Feria de Navidad de Chilpancingo, alguien le puso un sombrero de palma en la cabeza, y Agripino sonrió, más que como poeta, como campesino adusto (dijera Alejandro Miguel), pero feliz. Parecía que, para sobrevivir, el maestro sólo necesitaba un poco de aire, sonreír con alguien, y a su querida e inseparable esposa Epifania. Con el corazón en la mano, Agripino escribió poemas, cuentos, ensayos y dedicatorias a sus amigos, dio clases y, desde que se retiró a su casa de Arcelia, promovió la literatura calentana como nunca nadie jamás. Muchas veces he mencionado a Hernández Avelar en esta verde pozolería: en una de ellas (El Sur, 8-agosto-2012) recuerdo cómo en la presentación del poemario de Lorenzo Estaban el maestro Agripino tuvo que confesar que él publicó el poemario sin autorización del joven autor, quien le había enviado su libro (sólo) para que lo leyera y al que quería darle una sorpresa, como se la dio. Según Ofir Damián (El Sur, 27-noviembre-2014), para el editor Hernández Avelar los libros debían decir, “SE PROHIBE LA NO REPRODUCCIÓN PARCIAL O TOTAL DE ESTA OBRA…” Así era Agripino Hernández Avelar.
Ante la noticia de que el maestro acaba de morir, me dio por releer muchos de sus poemas. Ya es de cajón recordar el jubiloso saludo que Salvador Novo le da “a un joven y auténtico poeta de robusta y limpia inspiración” en primera página de Vigilia en la tierra (1964), el primer poemario de Agripino. Pero, entre todo lo que, según yo, se ha dicho sobre Agripino (El Sur, 14-noviembre-2014), yo sólo quería releer lo que escribió el maestro Alejandro Miguel, el testimonio extraordinario de un académico y cuatacho que con pocos brochazos da cuenta de vida y obra y destino de su contemporáneo carnal. Lo refifo, en fragmentos.
Agripino –apunta Alejandro– “llegó a la tierra cuando era niño indefenso; para sobrevivir fue salteador de insólitos caminos; a salto de mata anduvo hasta que nombró a sus padres en Arcelia… Nombró padres campesinos más puros que el aire puro y titulados de pobres en la universidad de su pueblo. Sin más cobertor que su pobreza y sus antecedentes, Agripino no ocultó su poderío y le tomó placer al oficio: poeta. Siguió haciendo de las suyas; niño sin juguetes, seguía asaltando para tenerlos y repartirlos. Una vez que la luna se cayó, Agripino la escondió debajo de su camisa; no soportó la vergüenza de estar con ella –y a solas– y la regaló a sus novias. En otra noche de heroísmo pensó que le sobraba ropa; desgarró su único vestido: la piel, y aventó los poemas al cielo con tan buena puntería que dieron en la tierra”.
Jura Alejandro Miguel que desde entonces Agripino es “seda en la voz paloma que surea en el ribazo del amor” o “alambre al rojo vivo de púas que no canta sino estalla sobre las carnes del lobo”.
“A veces brujo, a veces guerrillero –sigue–, luego sátiro, después mono aullador, este poeta cuando escribe se rebana cuanto tiene y lo demás. Come piedras, domestica niños, se saca los ojos para ver, enseña la lengua, torea hormigas y colibríes, va a los mítines de los negros de EU; es un poeta del siglo veinte, y aunque de semblante adusto como la tierra que ama, conversación a gotas, más bien imagen de solitario, ojos de asombro que han visto mucho y esperan ver más, Agripino no pule la piedra solo: tiene hermanos, es hermano. Para mí este destino poético es grande: gota en el mar que sigue siendo gota, gota más fuerte por la fuerza de sus iguales.”
El maestro Agripino Hernán-dez Avelar falleció el pasado 22, en su natal Arcelia. Recordé-moslo a través de dos de los poemas “suavecitos” que integran Ésta es la luz (1973). Este poemario se encuentra en Reunión del mar, la antología de poesía y prosa del maestro calentano que en 1998 publicó Escritores Guerrerenses, AC, en la colección Bibliotecas Guerrerenses.
*
Volver, habitar el perfume
y la dolencia,
llegar a ser la espina
o la palabra,
dos trigales a veces,
la piedra y el suspiro,
pero estar en la dicha
o el silencio,
fuego, sueño o palabra,
lo que sea para siempre,
el amor por ejemplo
o la pequeña espiga,
nosotros dos y el viento,
nunca y siempre.
*
Vuelve tu voz
y las espigas silban
conciertan los cereales
sus rebaños
y los pájaros
se enamoran del día,
la lluvia y todo lo que ama
–tórtola o fruta–
sube con suavidad
por los colores,
y el arco iris
es hoy capitán
de los sembrados.
Pero sólo soy un árbol
por eso tanto cielo
y tanta tierra;
por eso en mis maderas
palpo la claridad,
invento el sueño
y apaciento
un rebaño de luciérnagas.
Ese Leyva, un poeta cubierto de medallas
Si Agripino Hernández Avelar fue una primera bisagra entre la tradición poética y la modernidad que nos llegó a cuentagotas, Manuel S. Leyva Martínez es el heredero vivo más destacado de Rubén Mora Gutiérrez. Tan vivo, que, violando puntos de la convocatoria, acaba de ganar los Juegos Florales Nacionales de la Plata con un poema que ya había publicado. Leyva Martínez obtuvo el mismo premio poético en 1971, con el poema titulado “Florilegio a Taxco”, seis sonetos en que decanta los “arpegios coloniales” de la ciudad. Cuarenta y dos años después, el poeta chilpancingueño no aguantó las ganas de sumar un premio más a su interminable lista de galardones líricos y envió a concurso un poema republicado, Protesta, por el que un jurado ignorante de su propio reglamento o cómplice le otorgó el primer lugar. La protesta no se hizo esperar: en la convocatoria respectiva estaba muy claro que sólo se admitían trabajos inéditos. Para esto, el 22 de noviembre, en la ceremonia que daba inicia a la Feria de la Plata, Manuel S. Leyva ya había recibido su trigésimorretiochaba Flor de Plata y se había echado a la bolsa 20 mil del águila, sin pagar impuestos.
Manuel S. Leyva Martínez es el máximo triunfador de Juegos Florales de Guerrero, y probablemente del mundo. De niño ganó los concursos de primaria y luego los de secundaria; entre 1944 y 2014 (con el de Taxco, pues), triunfó en Iguala, Chilpancingo, Acapulco, Tlalchapa, Omepetec, Chilapa, Atoyac, Cuautla, Coyuca de Catalán, Puebla, La Habana, Caracas, Ciudad Juárez y Pungarabato. ¿Por qué el ilustre poeta quiso pegar otra medalla a su pecho, que ya estaba más lleno de corcholatas que el de Porfirio Díaz?
Los lectores recordarán: Manuel fue el principal promotor en el estado de un tal Congreso Mundial de Poetas, al que asistían personas de “todo el mundo” que, tras el pago de 10 mil pesos regresaban a sus provincias con el título de Poeta Magisterial o algo como eso. La farsa se hizo insostenible cuando Manuel y demás organizadores le pusieron a su congreso “Octavio Paz” y la esposa del premio Nobel, a nombre de la Fundación Octavio Paz, descalificó cualquier actividad que este grupo de poetas disque mundiales pudiera echar a andar en nombre del autor de Piedra de sol.
En 1988, Leyva trató de justificar los beneficios que pudo obtener del gobernador José Francisco Ruíz Massieu (al que llevó a Tijuana a inaugurar una estatua de Vicente Guerrero), propuso un sistema de talleres de literatura que involucraba a los maestros de primaria y secundaria, a los cuales, después de una capacitación, él (tras capacitarse a sí mismo, suponemos) tendría el gusto de coordinar… desde la fronteriza ciudad de Tijuana, donde radica desde hace muchos años.
A la ola de protestas por la falta de respeto que el jurado y la anti Mantenedora del Concurso, María Inés Carbajal de Busta-mante, mostraron ante la propia convocatoria que emitieron, exigiendo que Manuel Leyva de-vuelva la rosa y la lana que se llevó, el poeta chilpancingueño se muestra imperturbable: “Desde lo tempore y establecido en la Edad Media por cédula real en Francia, se nombra un Jurado Calificador y su fallo es Inapelable”, escribió electrónicamente al corresponsal de El Sur (6-diciembre-2014). Inconmovible, señala que “la responsabilidad se confiere a un reconocido letrado como Presidente, a un culto literato como Secretario y a un calificado académico como Vocal Observador, esto concierne a la Mantenedora del Concurso y el honorable Cuerpo Colegiado (¡!) emite su veredicto en estricto apego a las cláusulas de la Convocatoria”.
La referencia disque histórica de los juegos florales de S. Leyva sólo recuerdan lo anquilosado de estos concursos poéticos, tan populares y hasta necesarios en otros tiempos, y el tono alzado y ambiguo de su supuesta aclaración provoca la sensación de que antes de querer aclarar nada nomás trata de hacernos pendejos. Lo único claro en este penoso asunto es que Leyva Martínez ya colocó su Flor de Plata hasta arriba de su altar de trofeos y no está dispuesto a devolver los 20 mil del águila que tan líricamente se embolsó.




