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De la impaciencia de jubilados y de miles atorados por un bloqueo que el gobierno no atendió

Aurelio Peláez

Dos escenarios donde se ve que falta gobierno: bajo sombrillas, sentados en sillas de plástico o algunos parados o sostenidos con un bastón, un centenar de jubilados y jubiladas mantiene bajo el fuertísimo sol un enésimo bloqueo –avenida Costera, frente al Asta Bandera del Papagayo– en demanda del pago de una parte de su aguinaldo y adeudos varios; del otro, miles de acapulqueños recorriendo a pie largas distancias para llegar al trabajo o simplemente “al mandado”, y otros tantos atorados en el auto, en el taxi o en el camión.
–¿Serán de nuevo los maestros? – se pregunta el taxista– el otro jueves me quedé atorado dos horas, me dice cuando poco después de las 11 de la mañana se da cuenta que antes de llegar al parque Papagayo comienza el congestionamiento vial. Toma camino a la avenida Cuauhtémoc tratando de evadirlo. Ve igual la cola de camiones y autos parados y me dice: “Hasta aquí jefe”. Y a caminar hacia los rumbos del periódico. Cobra la mitad del precio fijado.
Desde sus coches, los automovilistas miran con nostalgia a esa fila de cientos que camina por las banquetas, presurosos para llegar a algún lado, sudando ese uniforme hasta hace unos minutos impecable con el escudo del hotel, del banco o del centro de trabajo cualquiera. Ellos al menos van a llegar más pronto. Los que tamborilean los dedos en el volante, a ver cuándo.

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Pues sí, los que bloquean ahora son maestros. O fueron. Son los viejitos, los maestros jubilados del SUSPEG, pero eso la gente ya no lo sabe. Supo que en la semana del 30 de enero al 5 de febrero los que cerraron la Costera, en La Diana y por el Zócalo, fueron profesores, porque en una de esas el gobierno federal que ahora paga la nómina del magisterio en activo decidió revisarla y encontró, dijeron, algunas irregularidades y zas, que decide retener el salario de miles y entonces se vino una semanita de bloqueos, el recurso más a la mano para que el gobierno nos haga caso.
Pero tan pronto los jubilados cruzan sus sillas en la Costera, la Gendarmería corta el tránsito con patrullas y motocicletas entre la avenida Wilfrido Massieu y Gabriel de Avilés (Soriana y Aurrerá) y los aísla, de manera que para los automovilistas los responsables del embotellamiento son los gendarmes. En una ciudad donde desde hace más de seis meses se sobrevive sin agentes de Tránsito ni policías municipales.

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Encapsulados estaban pues, con la calle para ellos solitos, el centenar de manifestantes, unos cien de todas partes del estado a nombre de unos 5 mil. Con su cansancio y sus achaques a cuestas, los muchos; su paciencia vapuleada a fuerza de no recibir sus 3 mil pesos mensuales por 30 y tantos años de trabajo y quizá, sobre todo, sin ganas de encontrarse otra vez en esa lucha con el otro, ese compañero de trabajo cansado, achacoso e impaciente. Ese espejo obsceno de los años que es el ex compañero de trabajo. La edad, compadre.

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Durante los tres últimos meses del año pasado y en este mes y días de 2015, los jubilados y pensionados del SUSPEG han sacado, cada fin de quincena, su inconformidad a la calle. Usualmente en Costera-Zócalo, pero nada se ha corregido. Según su dirigente Idelfonso Berrún, la deuda del estado en todos sus rubros con los 5 mil jubilados es de unos 200 millones de pesos. Y aunque el retraso en los pagos es cosa de siempre, estos se hicieron más frecuentes en la administración del gobernador con licencia Ángel Aguirre y se mantiene con el sustituto Rogelio Ortega. El de ayer, fue el bloqueo más largo del año.

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La Costera es suya. Desde la playa se oyen las olas, el chillido de las gaviotas, los gritos de los niños y hasta ahí llega un leve aroma a aceite bronceador. En el cielo tirita un papalote. En ese espacio de la Costera y hacia ambos lados del Asta Bandera hay un campo abierto y despejado, como sólo se da después –y hasta eso, por algunos minutos–, luego de que terminan las otrora marchas multitudinarias del 1 de Mayo o del 20 de Noviembre, cuando caminar con el sindicato y saludar el presídium del equipo de gobierno en turno era cosa de obligación del contrato de trabajo.
¿Cuántos de esos viejitos se curtieron en ese sindicalismo que ahora no los defiende de los atropellos de los gobernantes en turno? Pongamos que tras de un escritorio hay un funcionario que decide no pagar entera la pensión porque se prefiere obligar a los adultos mayores a protestar en las calles que denunciar los desarreglos financieros que dejó Aguirre. Y pues se jodió el viejito. Y qué si además de las medicinas del ISSSTE necesita un suplemento alimenticio extra. Y qué si no tiene hijos que le presten para llegar a fin de quincena. Y qué si se le antoja un cigarro, si no se lo ha prescrito el médico, y qué si una chela, si el hígado goza de cabal salud, y qué si un viagra de vez en mes, y qué…
Eso al que firma los cheques no le importa.

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Nadie sabe si en Guerrero hay Estado, ni siquiera si hay un gobierno como tal. Somos un caos que el gobierno federal más bien administra desde lejos. Los bloqueos de la semana pasada se pudieron evitar arreglando la nómina a tiempo. Por qué revisarla ahora, cuando está lo del duelo de Iguala, la insurrección ciudadana ante la inseguridad en Petaquillas y Ocotito, las quejumbres de empresarios y hoteleros de Acapulco de que no hay turismo por las protestas y por eso, aseguran, el desempleo. Y al final todo se arregló de un plumazo: páguese.
Que se aplique la ley, que se aplique el derecho, claman los empresarios porteños. Que el Estado se asuma como tal, insistirán. Al fin el Estado tiene el monopolio de la fuerza, resumirían sociólogos; el del uso legítimo de la represión, susurrarán los políticos de la vieja guardia. Pero lo de legítimo parece que se perdió hace mucho tiempo, al renunciar a los principios de ejercer la justicia y el de salvaguardar la seguridad de sus ciudadanos. Y ayer parecía incluso haber renunciado al diálogo y a respetar siquiera el derecho de audiencia.
Fueron necesarias nueve horas de movilización de jubilados y siete horas de bloqueo, para que en el gobierno estatal se accediera a gestionar –para hoy martes– una cita con el gobernador Rogelio Ortega, para la que no se ha fijado ni la hora ni el lugar. Solamente la promesa. Prometer no empobrece. Pobres ya están. Jodidos los de a pie que no viajan al trabajo, como se dice que lo hace cada vez más frecuentemente el gobernador, en helicóptero.
Ya por las 6 de la tarde, tras el mitin con el que se disolvió la protesta, una de las maestras jubiladas levantó la voz: “Nos volvieron a dar atolito con el dedo, compañeros”.

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