Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

¡Es León Papá!

Era la época en la que llevar serenata a la novia se convertía en la mejor prueba del amor comprometido, porque el pretendiente quedaba expuesto públicamente en sus intenciones, pues aunque fueran de noche nunca la oscuridad era suficiente para ocultarse de los ojos y oídos censores de los vecinos que de lo ocurrido en el desvelo tejían los chismes del día siguiente.
Además, llevar serenata a la novia era muestra de arrojo por parte del novio, quien siempre tenía que enfrentar la acre actitud de los padres, bueno, casi siempre del padre, por aquello de que las madres suelen ser las alcahuetas.
En el pueblo, León era entonces el pretendiente de la joven Susy, la muchacha más popular de la época, ambos recordados como novios por haber impuesto la moda de exhibirse públicamente tomados de la mano, y luego prestarse a los escarceos más atrevidos en las bancas del jardín, desdeñando la mirada inquisidora de doña Pepina, la vieja argüendera del pueblo, quien morbosamente se acercaba hasta casi tocar a la pareja con el pretexto de su ya escasa visión y de andar buscando a sus nietas.
Una noche, en el exceso del romanticismo, León optó por declararle su amor a Susy mediante una serenata.
Los muchachos contratados para ello dieron tan buena muestra de su disposición que no pararon mientes en que brincar las cercas y penetrar hasta el patio trasero de la casa de los padres de Susy para alcanzar la ventana era una osadía que rayaba en el abuso de confianza.
Todo en el plan estaba bien pero ni el novio ni los cantantes pensaron nunca en la reacción que tendría don Chencho, el padre de la novia, quien pudo darse cuenta de que los músicos estaban dentro de su casa cuando despertó porque en ése momento se veía precisado a salir al baño por una urgencia inaplazable.
–¡Enriqueta, dame la escopeta, verán estos abusivos lo que les espera!
A pesar de lo acaramelados que ya estaban los novios escuchando la serenata, la Susy salió en defensa de los muchachos cuando miró que efectivamente don Chencho echaba mano del su arma.
–¡Papá, es León!, gritaba la muchacha acongojada para persuadir al padre enardecido que se trataba de su pretendiente a quien apuntaba con el arma.
–¡No me importa que sea león o sea tigre!, respondía el padre ofendido mientras manipulaba el arma justiciera que hizo correr despavoridos al novio y a sus acompañantes.

Aquí así es…

Un día que caminaba en el centro de Chilpancingo, por descuido se me cayeron unas monedas de la bolsa del pantalón, y cuando me regresé para recogerlas, el chavo que venía atrás de mí, ya estaba agachado levantándolas.
Lo anterior me pareció un gesto de amabilidad que hablaba bien de los jóvenes de la capital, y hasta me adelanté con mi mente, pensando en alguna forma de agradecerle, quizá no con dinero, porque puede tomarlo a mal, seguí pensando, pero mis pensamientos resultaron vanos porque en seguida de levantar mis monedas, en vez de entregármelas, se las metió en la bolsa de su pantalón.
–Oye, esas monedas son mías, a mí se me cayeron, le dije.
–Eran suyas, porque aquí así se acostumbra. En la calle, lo que cae al suelo es del primero que lo levanta.
–aquí así es, me respondió.
El chavo ni siquiera recurrió al dicho aquel que las abuelitas nos enseñaron para no contaminarnos levantando las cosas de comer que se caían al suelo.
–Ya lo besó el diablo, decía el dicho para terminar de tajo con la tentación de levantar lo caído y seguir comiendo
El chamaco descaradamente se llevó mis monedas con el argumento de que aquí en la capital esa era la costumbre.

Nomás consígame una gringa

La mujer argentina no tenía por qué saber que los costeños le dicen gringa a los machetes, y los costeños tampoco que su fama de machos es conocida internacionalmente.
El caso es que aquella mujer, prejuiciada por tanto dicho que había oído sobre el modo de los costeños, desobligados, mujeriegos y poco afectos al trabajo, cada vez que veía al vecino acostado en la hamaca, se preguntaba a qué horas trabajaría, porque sus horas de descanso que ocupaba hamacándose no parecían responder a ningún horario de los que normalmente están establecidos para el ocio.
–¿Cuándo labora éste hombre que se pasa la vida haciéndole hijos a la mujer? Se preguntaba con preocupación la argentina.
A fuerza de pasar por el lugar donde el hombre tenía su hamaca, y debido a la cercanía con su casa, la argentina pronto supo el nombre del costeño.
Un día que a la mujer le dio por combatir la maleza del lote baldío de donde provenían las alimañas que llegaban hasta su casa, se decidió a vencer sus prejuicios contra el costeño a quien todos conocían como Nico.
–Vecino, no sé si vos querás limpiarme el terreno. Te voy a pagar.
–Cómo no, jefa, nomás consígame una gringa, le respondió con desenfado el costeño sin levantarse de la hamaca.
La respuesta indignó a la argentina quien molesta, se dio la vuelta indignada, y en cuanto llegó a su casa le contó lo sucedido a su sirvienta:
–Bueno, ése hombre no tiene juicio, mira que hasta quiere que yo le consiga una gringa para que me pueda limpiar el terreno, ¡es un pelotuuudo Che!
–¿Será que me confundió con una gringa?
–No, señora, no se ofenda, aquí los costeños le dicen gringa al machete y Nico no ha de tener, por eso le pidió a usted que lo consiga.

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