Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Alcaldes de Acapulco (II) La fortaleza de San Diego

Escorbuto

Apenas iniciado el Siglo XVII la población más pobre de Acapulco es atacada por una severa epidemia de escorbuto, adjudicada al desgaste físico y a una pobre alimentación. Serán los viejos marineros, y no los brujos y curanderos, quienes procuren el alivio efectivo del mal recomendando a los enfermos chupar muchos limones. Y santo remedio. Por su parte, el alcalde mayor, Juan de Silva y el cura párroco de NS de los Reyes se encargarán de proporcionar los servicios funerarios: un pico y una pala.

Vizcaíno

El 5 de mayo de 1602, se hacen de aquí a la mar tres embarcaciones al mando de don Sebastián Vizcaíno, otra vez en pos de colonizar las Californias. Morirán en el trayecto no menos de diez oficiales y marineros dando pie aquí a una convenenciera disputa entre mandos eclesiásticos. El cura vicario de Acapulco, Francisco Luis de Aivar le ganará finalmente la partida al prior de la congregación de los Carmelitas Descalzos. Él y nadie más cobrará los derechos por funerales, vigilias y misas de cuerpo presente de los difuntos, según una vieja costumbre marinera.

Negros

El alcalde mayor del puerto, Juan de Silva, obedece las órdenes del virrey Juan de Mendoza y Luna, arrestando a muchos esclavos cimarrones dedicados a asaltar en los caminos de la región. Deberá entregarlos a sus amos sin multa alguna.
A propósito de negros, el rico comerciante Juan de Herrara Sotomayor pronuncia una sentencia lapidaria a las pocas horas de arribar al puerto con destino a Manila. “Acapulco—dice a grito pelado—es sepultura de españoles y paraíso de negros”. ¡“Pos pa’ qué vienes cabroncito,” riposta al momento doña Sinforina Dimayuga, dueña de la fonda donde aquél así se ha expresado. “Por ofensivo”, no le sirve el caldo de cuatete solicitado.
El reproche del visitante se difunde rápidamente calando muy hondo en el ánimo del alcalde mayor. Preocupado porque se propague tan fea fama para el puerto, solicita el apoyo del señor virrey para combatir la insalubridad reinante en la ciudad. Particularmente, las montañas de basura, los charcos pestilentes y las miríadas de zancudos y murciélagos que nublan la atmósfera porteña.

El monasterio

El doctor Juan de Aranguren, capellán y comisario de Acapulco, inaugura el monasterio de San Francisco, levantado en un promontorio a espaldas de la parroquia de NS de los Reyes. Los monjes constructores se habrán inspirado en la parroquia de NS de Guía, entre Manila y Cavite, recibiendo por ello su capilla tal denominación. Para que nunca les faltará agua, los franciscanos perforan un pozo profundo en el patio del inmueble que, incluso, servirá más tarde para abastecer a las Naos de Manila. Ya fuera de servicio, el inmueble será utilizado en 1803 por el padre Morelos como hospital y baluarte de sus tropas.
Allí mismo se construirá el palacio municipal de Acapulco, cuya utilidad terminará a la mitad del siglo XX a causa de los terremotos. El patio de la casa municipal albergará la cárcel del puerto, tan poco segura que una noche lluviosa escaparán más de 50 reos. (“¿Si eran los más peligrosos, como dicen los periódicos, para qué chingaos los queríamos aquí?”, se justificará el alcaide).

Nuevo palacio

El alcalde Israel Nogueda Otero (1969-1970), le encargará al arquitecto Emilio Pineda Gomezcaña la construcción de un nuevo palacio municipal y el profesional realizará una obra novedosa y modernista. El mismo día de su inauguración, siendo alcalde sustituto Toño Trani Zapata, el inmueble será bautizado por el ingenio acapulqueño como El Redondel. Hoy alberga oficinas municipales.

Barrios

En torno al monasterio de San Francisco de Asís se fundarán algunos barrios y entre ellos el del Teconche –nombre del promontorio donde se asentaba–, y cuyos primeros residentes fueron familias recién llegadas al puerto. El alcalde Juan de Solano otorgará terrenos gratuitos a los solicitantes y entre ellos a un grupo de naturales al servicio de las ventas o estancias establecidas a lo largo del camino México-Acapulco.
El barrio de La Guinea, llamado así por la Guinea Oriental africana, país de procedencia de los esclavos libertos asentados en ese lugar, es vecino de El Chorrillo. Su nombre le viene por un generoso venero que abastece prácticamente a toda la ciudad. Los aguadores venden la botija razón de un real, más cara, por supuesto, a los fuereños. Durante una sequía tremenda los vecinos del Chorrillo cierran su venero incluso a sus vecinos. Estos claman por agua ante el gobernador Diego Álvarez y entonces el hijo de don Juan ordena la perforación del primero y único Pozo de la Nación. Así llamado en alusión a los Pozos del Rey, dos de ellos perforados durante la Colonia. El primer aguaje supervive, el segundo ya no.

Al otro lado

Se publica en España la primera parte del Quijote de la Mancha, texto de Cervantes Saavedra al que los censores expurgan una alusión paulina. Al que sí le irá mal es al Lazarillo de Tormes, cuya circulación queda prohibidísima a causa de sus referencias religiosas, si bien más tarde se autorizará una edición debidamente expurgada. Vilipendio grande para el cordobés Luis de Góngora y Argote al ser acusado de “lascivo, picaril, verde y picante” y a sus textos de estar plagados de “palabras sucias y deshonestas”.

Conquista

El rey Felipe III de España condiciona que las expediciones para descubrir nuevas tierras y conquistar las Californias deberán partir de Acapulco y solo de Acapulco. El alcalde Pedro de Peralta presume que la orden real fue a instancias suyas pero nadie se lo cree.

Reformas institucionales

Felipe III fue uno de tantos reyes que reinó pero que no gobernó. En su caso por estar dedicado en cuerpo y alma a menesteres relacionados con la cultura, el teatro y la poesía. Quien ejerció entonces el poder fue su valido o favorito Francisco de Sandoval, duque de Lerma. Corrupto hasta el tuétano, el tío no acepta que otros roben y entonces anuncia reformas institucionales para transparentar la vida pública (¡por vidita de Dios que es cierto!).
Sandoval sabe que en la Nueva España todos se sirven con la cuchara grande, particularmente en Acapulco con la llegada de la Nao de Manila. Decide por ello enviar al puerto a un contador de su más absoluta confianza y es así como llega aquí Cristóbal Ruiz Castro, solo para enviar talegas de oro a su patrón. A partir de entonces se dejaron escuchar voces de reproche por parte de la burocracia: ¡ “roben, cabrones, pero repartan”!

La Real Fuerza

La Real Fuerza, edificada en el cerro del Padrastro para defender al puerto de los piratas, se inaugura el 15 de abril de 1617. Los elogios son para el virrey Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcazar, quedando la rebaba para su constructor Adrian Boot, ingeniero de nacionalidad holandesa. La obra se había llevado dos años y su costo se elevaba a 113 mil 400 ducados, (casi dos millones de pesos actuales, según cálculos del CPT Juan Carlos Castrejón), según informe del superintendente Gaspar Bello de Acuña.
Pedro Peralta, corregidor, alcalde mayor y castellano, hurta un cachito de gloria al proponer que el inmueble lleve el nombre del virrey benefactor y si ello no es posible por lo menos el de su “santo”, San Diego, pues. La aceptación es unánime y San Diego se llamará la fortaleza. Nombre que prevalecerá incluso cuando se construya un nuevo fuerte (1783) para sustituir al de Boot, desmoronada por los temblores. A este le habría correspondido el nombre de San Carlos, en honor del rey Carlos III.

Salarios caídos

Es absolutamente cierto, como asegura Esteban Valdeolívar, hijo de Simón, El Tuba, que un ascendiente familiar estuvo entre los constructores de la fortaleza, como albañil o como cantero. Su nombre: Andrés Valdeolívar. No quiera ahora el colega demandar salarios atrasados del pariente.

La China poblana

Cuenta don Manuel López Victoria que en enero de 1624 desembarcó de una Nao procedente de Manila una mujer singularísima de escasos 18 años. Se trataba de una esclava hindú llamada Mirrha (“Amargura”) “de rostro terso y aceitunado quien lucía oronda gruesas trenzas ceñidas a la cabeza por rojos listón de seda. Vestía escotada y holgada camisa blanca , cuidadosamente bordada con tiras caprichosas en el pecho y en las mangas. Resaltaba a simple vista su ancha falda carmesí de lana, adornada con franjas y lentejuelas, calzada con chinelas verdes también de seda fina.
Entre la multitud que admiraba expectante a la hermosa joven estaba el capitán de armas de Puebla Miguel Sosa, quien, conmovido con la historia de Mirrah, entró en tratos con su poseedor hasta pagarle la cantidad que pedía por ella. De regreso a Puebla, “Amargura” causará sensación por su exotismo siendo bautizada inmediatamente como la China Poblana.

Flota holandesa

Los ocho navíos de la flota holandesa, compuesta por mil 600 infantes al mando del príncipe Nassau, se alinean amenazantes frente a la bahía de Acapulco. El almirante Schapenham, su comandante, entra al puerto con una reducida guardia para plantear al alcalde Diego de Cabrera sus exigencias: agua, comida y frutas. ¡O…!
Se vive el 28 de octubre de 1624 y los defensores de la Real Fuerza (fuerte de San Diego) han optado por una retirada “estratégica” (“el pinche miedo”, se dirá aquí). La primera autoridad accede en todo y por todo y entonces todo será felicidad. Se llegará, incluso, a la socialización entre holandeses y acapulqueños amenizando el momento un grupo de morenazas de grupas generosas. Los visitantes festejarán la hazaña del joven hijo del almirante Schapenham, un adolescente rubicundo de cabellos dorados, quien aquí perderá su virginidad. Cuando hayan pasado quince días de aquella extraña presencia, llegarán las embarcaciones enviadas por el virrey Rodrigo de Pacheco para salvar a Acapulco. “¡Ya pa’ qué!”, se dirá aquí.

Díaz Laurel

Nacido en el Barrio de la Poza, Bartolomé Díaz Laurel profesa como hermano lego en el monasterio de Nuestra Señora de Guía. Se embarca con otros jóvenes con rumbo a Manila, Filipinas, en calidad de misionero, catequista y enfermero. Prosigue a 1623 y cuatro años más tarde muere quemado en la colina de Nishizaka, Nagasaki. Corren la misma suerte otras 14 personas entre laicos y un presbítero, dominicos y franciscanos.
Díaz Laurel fue beatificado por el Papa Pío IX, junto con otros 204 mártires del Japón, encabezados por Alfonso Navarrete, el 7 de julio de 1867. Navarrete había muerto en 1647 degollado en Omura, Japón, junto con el agustino Fernando Ayala.
El beato acapulqueño tiene su capilla en la barrio de Petaquillas.

468 ad