José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*Dos novelas de Herminio Chávez Guerrero / 2
Los olvidados
Intentar recontar una novela en forma lineal puede resultar fatigoso, pero divertido. Me ocurre sobre todo cuando se trata de relatos antiguos, de escritores guerrerenses casi desconocidos, de cuentos y novelas que vienen en libros de tapas de cartulina blanca a un color y sin la menor gracia gráfica, pues fueron impresos a las prisas, con bajo presupuesto y en prensa caliente. Libros con páginas, más que amarillentas, tirándole a café y tan carcomidas que pareciera que estuvieran de regreso a su humilde origen vegetal. En este apartado hay autores guerrerenses “reconocidos” y varios que sólo son conocidos por su nombre. Las instituciones culturales (empezando por la supuesta y obnubilada Secretaría de Cultura) suelen dedicarles un burocrático recuerdo, en paredes pegan su monografía y su retrato y hasta envían ramos de flores a sus tumbas, pero, por ignorancia, falta de presupuesto y mala fe, ni por la mitad de la frente les pasa la idea de publicar sus cuentos o sus novelas. El caso de María Luisa Ocampo es ejemplar y muy parecido al de Sor Juana: mucho se habla de ella, pero nadie la conoce. Cerca de la novelista chilpancingueña deambula el fantasma en extinción de Herminio Chávez Guerrero.
Las novelas de don Herminio se deshojan entre las manos y no vemos su reimpresión a corto plazo. Quizá por ganas de que los lectores surianos no se queden con una ficha técnica o una reseña de solapa, de vez en cuando nos da por da por recontar la anécdota paso a paso, casi a lo Severo Mirón. La anécdota, el meollo del asunto y sus pececitos, con la misión imposible de que los lectores guerrerenses conozcan estas historias (y a sus autores) antes de que pasen al archivo muerto. Desde luego, las novelas de Chávez Guerrero gozan de cabal salud: nos enseñan muchas cosas sobre el estado de Guerrero, mantienen admirable dignidad literaria y son plenamente disfrutables.
La beca prometedora
Como maestro, Herminio Chávez Guerrero (Tepecoacuilco, 1918-2006) recibió numerosos reconocimientos y premios. Tras egresar –en 1936– de la Escuela Regional Campesina de Ayotzinapa, se remagisterió en la Nacional de Maestros y en la Normal Superior se especializó en geografía. Su carrera magisterial, sencilla y ejemplar, recibió numerosos reconocimientos. También se le reconoció su permanente interés por la historia y la cultura guerrerenses. No faltará quien guarde por ahí lo que escribió sobre su paisano Valerio Trujano, Vicente Guerrero y Agustín Ramírez. Su biografía de Ignacio Manuel Altamirano es indispensable para quienes quisieran quitarle al tixtleco la levita y, por instantes, divisarlo en mangas de camisa. Si consiguiéramos su novela La sibila del general (2004) o El rey que no quería morir / Cuentos infantiles (2002), podría llevarnos a echarle un ojo a los relatos que conjuntó bajo el título de El guardatierra (1964). La Ayotzinapa que yo viví (2001) y Muertes violentas de cinco revolucionarios del sur (2004) son otras de sus obras.
Estudió composición dramática en la Escuela de Teatro del INBA, institución que –a través de su Departamento de Teatro y gracias a su obra Leones en las loberas– en 1961 lo distinguiría como mejor autor novel. Antes, en 1951, a los treinta y tres años de edad, obtuvo la beca Rockefeller. Todas las fichas biográficas que encontré dicen que con Surianos ganó el premio Rockefeller, cuando, sin dejar de ser un premio, le dieron la beca para que escribiera la novela. Ésta la otorgaba el Banco de México –cuyo representante era el tixtleco Plácido García Reynoso–, con el aval del Centro Mexicano de Escritores. Propiamente, en la Presentación de la novela, se trataba de una beca otorgada “por el México City Writers Center y sostenida por la Fundación Rockefeller”. Durante un año, semana tras semana, Chávez Guerrero leyó capítulos de su novela a Juan José Arreola, Emilio Carballido, Rubén Bonifaz Nuño y Sergio Magaña, que compartían la beca, la figura patriarcal Francisco Monterde, que dirigió el Centro desde que éste nació hasta que el decano investigador se despidió de los libros. En 1951, en su columna “Ventana”, de Novedades, Salvador Novo festejó la fundación del centro de escritores y se refirió a los primeros becados por éste. “Del último becario, Herminio Chávez Guerrero –dice–, yo sé tan poco como todos sus potenciales admiradores, hasta tanto no se conozca la novela inédita que le conquista ese privilegio. Pero el México City Writing Center se muestra ciertamente orgulloso de haber anticipado a los mexicanos en el descubrimiento de su talento”.
En la citada y escolástica Presentación, alguien señala “la mano aún torpe” de Chávez Guerrero, a quien ve poseedor de “todo lo esencial para intentar con éxito la gran novela mexicana”.
Luego, algo pasó con la novela y con la prometedora carrera literaria de Chávez Guerrero. Surianos fue publicada en 1953 por el propio autor. Con su segunda novela, Montañeros, publicada en 1961 por una supuesta Editorial del Magisterio, compartió su impresión en papel de deshecho y la absoluta falta de distribución. Hará unos diez o quince años que me hice de los ejemplares que ahora comentamos. Alguien los encontró en una bodega y a mí me tocaron diez, que poco a poco repartí. De ahí que en el pozole anterior se me haya olvidado borrar la torpeza de que el relato de Surianos ocurre en la época independentista, como de repente, después de 10 o 15 años, se me ocurrió…
Chávez obtuvo mención honorífica en el Concurso de Ensayo Biográfico sobre Ignacio Manuel Altamirano. La biografía triunfadora, la de Vicente Fuentes Díaz (donde el gobernador Ruiz Massieu aparece como comentarista de la obra jurídica del escritor tixtleco), fue publicada casi de inmediato. Evadiendo el compromiso apuntado en la convocatoria, a Chávez le dieron largas y sólo publicaron su biografía hasta que interpuso una demanda jurídica y el juez le dio la razón. De hecho, el nombre de Herminio Chávez Guerrero no aparece en el Diccionario Enciclopédico del Estado de Guerrero (publicado cuando don Herminio ya gozaba de gran prestigio), y su ficha sólo fue incorporada hasta que se volvió Enciclopedia Guerrerense. A partir de la publicación del ensayo citado (1985), se empezó a hablar de la obra narrativa de Chávez Guerrero.
Surianos
Si en Montañeros Herminio Chávez Guerrero traza una línea narrativa de la montaña mixteca a la Costa Chica, en Surianos nos lleva a conocer las estribaciones calentanas de la sierra y las selváticas riberas del Balsas. Allá son los mixtecos en busca de tierra; aquí es un grupo de arrieros y cantadores fugitivos, allá por 1909, en los albores de la Revolución Mexicana. En su errancia, buscan algo que dé sentido a sus vidas. Como en La vorágine, de Eustacio Rivera, tienen que luchar contra la naturaleza y contra los hombres.
El narrador, Félix Guerrero, es un “hombrecillo de catorce años, huérfano, aporreado por el destino y viviendo en la miseria con mi hermana Enedina. A esa edad –confía–, ya había aprendido a sufrir y a perseverar. Me sabía de memoria la misa en Latín y era por ello el monaguillo indispensable de ese ‘fiel’ representante de Dios en la tierra”. Lo de ‘fiel’, entre socarronas comillas, se explica porque de entrada el autor ha repasado la “estética y la ética” del cura de tres plumazos: “De cara regordeta y obeso, con cabeza deforme donde lucía una tonsura que incitaba a ser tocada y a vomitar; su frente reducida acusaba una brillante estupidez y dos cejas negras de pelos rebeldes servían de marco a sus ojillos apenas abiertos, pero de mirada desconfiada y pícara. Acostumbra en sus modales y expresiones una hipócrita parsimonia”.
El personaje de Chávez hace retratos sucintos de las personas que va conociendo en su viaje. Con frecuencia la descripción va más allá de lo físico o circunstancial: Andrés López, El Huarache, “era de elevada estatura, enjuto como galgo, moreno ‘pa confundirse con la noche’… Portaba unas manos encallecidas y la cara con expresión austera y seriedad acomodaticia y convenenciera. La historia de su vida estaba ligada a la misma historia de la arriería en el Estado de Guerrero y miles de aventuras y percances le habían sucedido en sus continuos viajes desde Acapulco hasta Toluca, Puebla y Orizaba”.
Con El Huarache asiste a la inauguración del tren, es decir, a la primerísima llegada del tren a Iguala. La nostalgia invade a los arrieros:
“–Adiós ciudades…; ya llegó el ferrocarril; no las volveré a ver”.
Entre contras y desafíos
Guerrero tiene novia. Su amor es correspondido por la pretendida, a pesar de la ruda oposición de su padre, que consigue otro novio e intenta asesinar a Félix Guerrero. Éste, con El Huarache y dos arrieros cantadores que conoció en un mesón, se roban a la novia. Son baleados por los rurales y la novia es herida de muerte. En San Miguel Omeapan, el narrador ayudará en la misa que ofrece el cura al que tanto critica y seguirá visitando mesones y conociendo cantadores. No falta, en Montañeros, el mesón donde tarde o temprano resonará una guitarra y se oirán unas coplas. En Surianos, éstas tienen una importancia estructural, ya que a partir de una de estas cantadas controversiales los arrieros se echan de frente a un enemigo mortal. Un cancionero humillado y rencoroso (Pedro Porras) al que luego habrán de encontrar. La literatura universal, no se diga el cine mexicano de los años de oro, están llenos de estas coplas controversiales, de contras, pero Chávez Guerrero no las cuenta mal y no resisto las ganas de trascribirlas como va, en cinemascop, aunque nos tardemos un poco:
“…Empezó Pedro Porras:
Nadie conoce el camino / que la vida nos aparta; / yo, saludo a la comarca, / menos a un bufón ladino.
Neri… contestó:
Haya bufones o no, / o gente de condición, / saludo con atención / al que con honor me honró.
A pesar de la galante contestación de Neri, Pedro Porras continuó insinuante:
Yo soy como la tunita, / mi olor nunca les provoca; / pero al varón que me muerda, / se le ha de espinar la boca.
Más gente se reunió curiosa, al escuchar por los versos, que los argumentistas tenían algo pendiente. Neri, queriendo evitar mayores dificultades, desvió toda posibilidad de choque y cambió tema:
En Sistema Planetario, / yo sé que el centro es el sol; / ¿cuáles serán los planetas? / que están en su derredor?
Como Pedro Porras se descontroló ante pregunta tan bien calculada, Chico Neri siguió:
Como superior de la ciencia / noble, me debe contestar… / de lo que hacen las nubes, / y el arco horizontal.
Pedro Porras siguió esquivando las preguntas y dispuesto a provocar lo planeado, así canto:
Ya basta de presunciones / y de tantas fachotadas, / acostumbro a los malvados / dar el pago a sus infladas.
Chico Neri, convencido de que debía contestar en el mismo tono ofensivo, para que la gente que oía no creyera que por miedo no lo hacía, se dispuso a dar la pelea; contestó:
Hay que tirar al que tira, / y al amigo, la amistad; / yo no pido las de arriba…, / las recibo como caen”.
Ahí se inició una “matazón” donde las dagas y los machetes no pedían nada a las armas de fuego. Los arrieros ganaban a las cantadas, pero tenían que salir huyendo.
Ya saben que en esas tierras “había que imponerse por la fuerza; sabíamos que ahí, en plena Sierra Madre del Sur, había que asesinar o ser asesinado, imponerse o sucumbir; ahí las leyes no rezaban; la bestialidad del hombre y sus armas constituían la justicia”. El monaguillo Guerrero ya tiene 16 años. No tiene la culpa, no debe nada a la justicia, pero su conciencia se debate entre el bien y el mal como en un caldero infernal, Facundo interrogándose sobre la civilización y la barbarie en plena crisis sentimental: “¿Pero acaso nunca íbamos a salir de la vorágine serrana? ¿Jamás íbamos a volver a nuestra vida más o menos tranquila que en nuestra querida tierra?”
La que volverá a esta página la semana que viene es la anécdota de Surianos, acompañada por la leyenda del Pájaro Cú.




