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Eduardo Pérez Haro

La crisis económica y los riesgos de la crisis política

Para Víctor García Mota

El G-20, sin poder asumir con puntualidad y peso específico la agenda de una crisis que por mucho ya es más que meramente económica, no tiene más remedio que concentrarse en la crisis financiera internacional. Las contradicciones y enormes problemas que representan los energéticos vs el crecimiento económico, la combustión contaminante vs el cambio climático, el hambre y la salud vs los altos precios de los alimentos y el desempleo, el agua vs la producción y el consumo en general, etc. son tocadas tangencialmente y en algún caso, como el del agua, ni eso. La crisis económica escala y se desborda, deviene crisis política con riesgos impredecibles. Y volveremos a decir que no hay exageración de términos sino al contrario. Faltan palabras.
Los países que alojan las economías más grandes del mundo se debaten entre posturas dislocadas sobre las estrategias para enfrentar la crisis. Las posturas encabezadas por Alemania con la restrictiva política de ahorro y pago de la canciller Ángela Meckel, con importantes seguidores como Italia, tienen como contrapropuesta la postura del recién electo Presidente Francois Holland, quien a semejanza de Barak Obama en Estados Unidos, plantea el auxilio monetario y suavizar los ajustes de “ahorro y pago”, posiciones que no son diametralmente opuestas, pero que en su discusión postergan la orquestación de medidas generales frente a problemas con repercusiones globales.
Decir que el retraso de las acciones corre en paralelo al crecimiento de los problemas, resulta obvio y expresión corta. En la dialéctica de los problemas socioeconómicos cuando las determinaciones se retardan, éstos, los problemas, no sólo se hacen más grandes sino que cambian de condición y de carácter, y entonces, las acciones, en este caso, las ingenierías económicas o financieras, que se concluyen, se tornan insuficientes y obsoletas antes de su puesta en marcha, ver. gr. el rescate bancario en España, o francamente ineficaces como los 172 mil millones de euros que se dieron para Grecia. Naciones en donde el problema económico ahora es social y político.
La toma de decisiones en un clima controvertido le resta eficacia a la política, independientemente de la pertinencia o no de las medidas que se discutan. La controversia no sólo proviene de la diferencia de opinión o de postura, sino de la calidad de las representaciones, esto es de la naturaleza y la fuerza de los intereses que representan los portavoces o interlocutores. Las recientes elecciones en Grecia con el 30 por ciento a favor del Partido Conservador Nueva Democracia, pueden ser un referente en la perspectiva mundial pues, aunque estos comicios se resuelven de acuerdo con la expectativa de los planes que se amoldan al restrictivo esquema de Berlín a propósito de rescatar el euro, su triunfo sucede en una condición muy débil en cuanto a su respaldo de base. La sociedad helénica no queda conforme. Se trata de triunfos con un sustrato social muy erosionado.
Las elecciones se ganan con la intervención de poderes fácticos de dentro y de fuera. Como destaca Eric González (enviado especial de El País, Atenas) “la presión de los socios europeos, y muy especialmente de Alemania, sobre el pueblo griego para que votara por Samarás y rechazara al izquierdista Tsipras se hizo casi insoportable durante los últimos días de campaña”. La institucionalidad política y electoral revela su porosidad que le hace frágil para enfrentar los tiempos más difíciles que están por venir, en Grecia y en otra s partes del mundo.
El punto es que la institucionalidad democrática intervenida desde fuera, con oídos sordos y sin inclusión de movimientos sociales y colectivos discrepantes, no ofrece seguridad alguna y sí en cambio propicia inestabilidad que hierve, y puede subir y desbordar, sea desde movimientos sociales amplios motivados por reivindicaciones económicas primordiales, hasta expresiones rígidas y verticales, de grupos o segmentos de población, que se perfilan guardianes y relevo de las representaciones elegidas como lo ilustra en Grecia la agrupación fascista Aurora Dorada. La democracia incluyente y participativa no se resuelve en una disyuntiva donde el fascismo sea opción, pero cuando los sistemas democráticos no están debidamente dotados y limpiamente resueltos, corren riesgos.
La construcción de sociedades informadas y formadas en libertad del ejercicio crítico presupone cimientos sólidos de la gobernanza, pero el control de los actuales intereses del poder económico y político no procesa sobre esta base. Cuánto resiste la fórmula de “ganar a toda costa” no tiene respuesta lógica, en cualquier caso, sin duda, es un despropósito, pero a pesar de ello es una prueba temeraria a la que se tiene inclinación por parte de los poderes ya constituidos de los hombres, empresas, gobiernos, corporaciones partidistas o por parte del interés pueril, el miedo al descenso social o el instinto desesperado de subsistencia entre la sociedad de base. El miedo y el poder vertical son malos socios de la democracia y sus tentaciones pueden ser insostenibles.
La transformación que se precisa en el siglo XXI tendrá que apelar al flujo abierto y amplio de la información en concordancia con los nuevos dispositivos tecnológicos, a la objetividad y calidad de la información misma y a la consagración de estas condiciones como derechos exigibles de la sociedad, todo ello inscrito en una nueva institucionalidad democrática para recuperar el valor del sufragio ciudadano frente a su grotesco y grosero relevo por el control de medios de comunicación, la compra de voluntades y el chantaje de las ofertas incumplibles.
En México, las cosas no necesariamente vendrán mejor después de las elecciones pues el mundo se adentra a la mayor crisis que se haya conocido por nuestros coterráneos y México sufrirá sus impactos, comerciales, financieros y económicos con menor crecimiento, menor empleo y mayores precios, para los que no hay dispensa. Cualquiera de los candidat@s que sea el ganador de la competencia electoral, se enfrentará a esta crisis con menores ingresos y con debilidades estructurales, ofertas desmedidas de campaña, y una acumulación de expectativas frustradas de una sociedad que se inquieta. La crisis económica ya se instaló y ahora se expande, la crisis política puede alcanzar boleto de entrada.

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