Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

* Dos novelas de Herminio Chávez Guerrero / 3

A salto de mata

En alguna de sus huidas, Félix Guerrero conoce individuos de mala calaña, “viejos artistas en la actividad del crimen y la delincuencia, de los que matan por gusto. Por estos rumbos el homicidio casi llega a ciencia…” Los machetazos han desfigurado sus rostros, y con tantas cicatrices “ni sus propias madres los hubieran reconocido”. Semidesnudos, mugrosos, jediondos a un “repugnante olor a maguey asado”, los mezcaleros lo despojan y le dan una chamba esclavizante. En reconocimiento a sus modales y a su don de palabra (sus dotes civilizados), lo llaman El Licencioso. La mofa que le aplican al monaguillo y la pura tergiversación de la palabra (licencioso por licenciado) indican de entrada el conflicto entre barbarie y civilización, que, en nuestro caso, se complica cuando dos mezcaleros intentan abusar sexualmente de Félix y éste termina matándolos
Abigaíl Bahena, otro fugitivo, le cuenta cómo le fue con La Güera Nieves. Así le decían a Nieves Olmos, un famoso y escurridizo bandolero por el que el gobierno ofrecía dinero y grados en el ejército. Los rurales lo buscaban por las Costas, la sierra y la cuenca, pero La Güera se les escapaba “porque tenía pacto con el Diablo”. “Cuando daba sus golpes aparecía por sorpresa, como si hubiera brotado de la tierra; cuando huía, nadie le podía dar alcance; en cuanto llegaba al Balsas se lo tragaba el río”… El bandido era valiente, astuto, perfeccionista; “se rumoraba que era guapo, que vestía bien, que tenía todo un serrallo compuesto de docenas de mujeres; se hablaba de que era un degenerado, un invertido y que los hombres que andaban con él eran sus amantes, aunque nadie podía presumir de haberlo conocido. Nadie no: Abigaíl lo conoció. Es decir, la conoció: cierta noche, La Güera Nieves le contó por qué desde niña tuvo que vestirse de hombre y le ofreció su cuerpo de mujer “querendona”, antes de escaparse al norte “por unos veinticinco años”.
Entonces ocurre el encuentro de contras y balazos con Porras que contamos hace rato, en el que participaron Chico Neri y El Huarache. Su embarcamiento, en el Balsas, sirve al autor para conjugar la soledad de los viajantes en la imponente y peligrosa naturaleza: “Recuerdo muy bien nuestro regreso a marchas forzadas, esquivando el encuentro de las tropas rurales, por esos escabrosos senderos, culebreantes y deformes, que se internan por los interminables lomeríos, los que protegen celosamente la Cuenca del Río de las Balsas. Quien ha tramontado con felicidad esas regiones de vegetación esparcida o de pequeños grupos, polvosas y monótonas, y llega al río sin ninguna novedad, cree haber realizado la empresa más grande de su vida. Días y días de camino, con cañadas larguísimas y sin agua; con montes de poca altura pero interminables. Cuando se trata del retorno, se embarca uno en la aventura más azarosa de su vida. Se despide de las gentes como si jamás se volviera; se compadece al caminante y, algunos, hasta se confiesan para llegar al otro mundo en gracia de Dios…”.
Por fortuna, esta tierra agreste tiene agua y de sus “llanuras incultivadas y ricas” sólo se aprovechan los siervos. Los indígenas sufren todo tipo de atropellos –y Félix Guerrero hace eco–, pero asegura que “en las casas de los indígenas se duerme en pieles de caimán o de tigre; los venados, las onzas reales y los gatos monteses, apenas si dan gualdrapa a los caballos”.

Viajando alrededor de sí mismo

Si no olvidamos que el maestro Chávez se especializó en geografía, podemos sugerir que escribió Surianos y Montañeros con el afán de cubrir buena parte del estado de Guerrero, empezando con las regiones que mejor conocía. Las descripciones del medio natural son frecuentes y profusas en las dos novelas y en las dos, como benefactora o “engullidora de hombres”, la naturaleza recibe un homenaje lírico substancioso y trascendental.
En busca de una tierra propia, los Montañeros terminan cerca del mar. El personaje de Surianos recorre la cuenca del Balsas, para regresar al mismo lugar. Antes de cerrar el periplo, Félix se dio cuenta de la injusticia y manipulación que las autoridades y los curas aplicaban a los indígenas, y, de regreso, se entera de que su novia, Carmelina, sobrevivió al balazo que le metió un testaferro de su propio padre, don Caifaz Murillo, lo que le quita una acusación criminal de encima. Luego se enteró de que el Coronel se había robado a Carmelina, con ayuda de don Caifaz.
Con más pena que gloria, los arrieros y amigos se separan, y se reencuentran. Estos personajes de Chávez no dejan de viajar, y con frecuencia llegan a ferias y mesones. En uno de éstos se topa con un compa (Ignacio Trejo) que le pregunta a Félix si se acordaba de “cuando fuimos a ver la llegada del tren en Iguala”, antes de arrancarse con un Corrido al Tren, con lo vamos a toda máquina. Íbamos, porque el corrido está escrito en versos largos e irregulares, como si los hubiera escrito el Rubén Darío de los alejandrinos y con el tono con que éste manda por los aires el progreso y a Roosevelt como su representante imperial, y no por un corridista trashumante y tradicional. Antes que contarlo, sintetizarlo o traducirlo a lenguaje popular, el maestro decidió exhibirlo y así alterar notablemente la coherencia y hasta la verosimilitud que imprimió a su novela.
Félix ya es “viejo, sin fuerzas morales”, está convencido de que nació sin fortuna, cuando cuenta la historia de su vida. Ésta hubiera sido diferente –asegura–, “si no sucede, al finalizar la primera década de este siglo y ya en plena Revolución, un caso insólito de traición; un acontecimiento de tanta trascendencia y tan denigrante para la Iglesia, que lo considero el más escandaloso hasta ahora sucedido en la historia de mi pueblo”.

Los ornamentos de Morelos

Y recuerda: volvió, de sacristán, a Tepecoacuilco, su tierra, con el cura Francisco Mendoza, a quien conocimos al principio. El cura le confiesa que el gobernador del estado quería comprarle los ornamentos de Morelos para regalárselos a don Porfirio (Díaz), y estaba en tratos con él… Y es que, “cuando nuestra patria se estremecía sangrienta y agobiada en la cruenta Guerra de Independencia, el caudillo José María Morelos y Pavón, pasó una noche en esta tierra, no como el arriero que fue, sino como prisionero de las fuerzas realistas, que tenían prisa por excomulgarlo y llevarlo al paredón de fusilamiento. Como recuerdo, don José María dejó su casulla, su estola, el manípulo, su misal y su Cristo de marfil al pueblo de Tepecoacuilco. En medio de gran tensión, convencido de la herencia histórica y hasta la familiaridad sentimental que los ornamentos del sacerdote libertario representan para habitantes de Tepecoacuilco, decide esconderlos. El Coronel Carachuri y el cura lo amenazan y, como no quiere abrir la boca, lo lleva preso. La gente, enterada de que se trataba de los ornamentos de Morelos, se disgustó y se arremolinó en la casa donde los realistas estaban a punto de apretar el cuello del heroico sacristán. Lo sacan de ahí, “cuando la multitud, insostenible y salvaje, lanzando alaridos de enardecimiento, se abalanzó a rescatarme”. Los “más atrevidos, jugándose la vida, encaminaron a los Rurales hasta la orilla del pueblo, lanzándoles insultos y mofándose de ellos…”
“Al tercer día, supe que había amanecido a media plaza el cadáver del Coronel, amoratado y putrefacto, con una reata atravesada en el pecho…”. Como dijo un vecino, “no es justo que nos quiten los ajuares de la iglesia”, la herencia del general José María Morelos y Pavón.

De fugitivo a revolucionario

Como volvía a ser prófugo, con “cuentas pendientes con el Gobierno”, vislumbra que su “única salvación era el pronunciamiento”, y se encamina al sur, hasta llegar a Tixtla. Por ahí se topa con pelotones de “alzados” que comanda el Coronel Francisco Neri y el Capitán Andrés López, mejor conocido como El Huarache, sus antiguos cuatachos de correrías. De regreso al Balsas, el general zapatista Encarnación Díaz (cuyo secretario era nada menos que Abigaíl Bahena) lo hará repetir la historia del robo frustrado y, aunque estuviera “muy chamaco”, lo nombró capitán primero. Las insignias no le cayeron mal: si antes “no pude distinguir los grandes alcances benéficos que (el movimiento revolucionario) podría tener en la posteridad”, las tres barras lo hicieron comprender “los fines de la Revolución”.
El Huarache, Chico Neri, sus amigos del alma, se van perdiendo en alguna batalla o por ahí; algún otro apoya su vejez “en un bastón de madera…, con la memoria llena de recuerdos de las aventuras de la ya desaparecida arriería…”.

Hechos reales que le contó su tío

En la última página, sin separación gráfica o transición narrativa, el autor revela de dónde salió el grosor de la historia y el personaje de Surianos: “Una noche… –concluye–, Félix Guerrero, mi tío, me sentó en sus piernas y peinándome con sus toscos dedos mis cabellos revueltos de niño, me contó emocionado estos hechos reales, vividos por él en plena juventud”. Todo lo demás, paisajes, quién sabe cuántos personajes, el abanico costumbrista sembrado de leyendas populares, el ángulo anecdótico y lo que abarque lo ficticio y lo narrativo, palabra por palabra son obra del talentoso maestro Herminio Chávez Guerrero. Cuatro grabados de Leopoldo Méndez acompañaban el dramático relato.
Y ni modo, la página se acaba y, para que quepa la foto, de nuevo vamos a posponer la aparición del Pájaro Cú. Para compensar a los lectores (y al ave), desplegaremos la historia de su melancólico canto a lo largo de todo el próximo Pozole Verde.

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