Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Alcaldes de Acapulco (VI)

Vendaval con rumbo

Rumbo a Acapulco tomó el vendaval para barrer todo a su paso. Era junio de 1721. Las aguas penetraron impetuosas a la ciudad –igual que otras muchas veces–, destruyendo las frágiles casas de palma y bajareque e incluso afectando edificios sólidos. Entre estos la propia fortaleza de San Diego y su vecino hospital de Nuestra Señora de la Consolación, en el que fueron barridas capilla, enfermería y oficinas administrativas.
El alcalde mayor de la ciudad, Joseph Sebastián Gallo –con la jerarquía de gobernador y castellano agregadas a partir de las reformas del rey Felipe V–, atiende el desastre procurando techo y comida para los damnificados. El funcionario, junto con fray Francisco Xavier Pecero, procurador del nosocomio, se avocan a la restauración de los daños tanto la fortaleza como del hospital.
Ambos quedarán como nuevos en febrero de 1724 mediante una erogación de 2 mil 240 pesos por parte de la Real Hacienda. Se habló de un gasto mínimo en tanto que se contó con el trabajo voluntario de la población, sobresaliente la de milicianos con conocimientos de albañilería y carpintería

Terremoto

Nueve años más tarde, el 5 de febrero de 1732, fungiendo como alcalde don Juan Eusebio Gallo y Pardiñas, Acapulco es destruido nuevamente ahora por un severo terremoto. A éste le seguirá una expulsión violenta de las aguas de la bahía para inundarlo todo. Pocas estructuras quedan en pie y entre ellas el castillo de San Diego y dos más pero severamente dañadas. Se festejaba a San Matías Apóstol.
La población entera no había necesitado ninguna recomendación para ponerse a salvo, trepando felinamente los cerros del anfiteatro. Así lo ha hecho siempre, así lo hicieron acapulqueños de dos siglos atrás. Allá arriba triunfará una solidaridad considerada abajo imposible. Se dará entre hombres, mujeres y niños de por lo menos cinco etnias distintas, la población mayoritaria de Acapulco.
Las aguas alcanzan los dos metros de altura en el centro de la ciudad anegando, por supuesto, la casa municipal y la parroquia de NS de la Soledad.
El alcalde Gallo de Pardiñas atenderá de inmediato las necesidades de la población y solicitará ayuda al virrey para paliar la tragedia. Por lo pronto dispondrá que las milicias acantonadas en la fortaleza participen en las tareas de limpieza. Pero como tal esfuerzo no es suficiente se contratarán peones pagándoles a razón de un peso diario.

Los esclavos

Apenas llega Felipe V al trono de España otorga una concesión a la empresa inglesa South Sea Company –en la que tenía intereses su abuelo Luis XIV–, para llevar esclavos africanos a sus posesiones en el Nuevo Mundo. Los ingleses se comprometen con la corona española a transportar 144 mil esclavos negros en un plazo de 30 años, a razón de 4 mil 800 por año.
A propósito, el religioso Alonso de Sandoval deja un relato estremecedor sobre el viaje de un barco negrero: “Van de seis en seis encadenados por argollas en los cuellos, asquerosos y maltratados, y luego unidos de dos en dos con argollas en los pies. Van debajo de la cubierta, con lo que nunca ven el sol ni la luna. No se puede uno quedar allí una hora sin grave riesgo de enfermedad. Comen de 24 en 24 horas una escudilla de maíz o mijo crudo y un pequeño jarro de agua. Reciben mucho palo, mucho azote y malas palabras de la única persona que se atreve a bajar a la bodega: el capataz”.
La travesía duraba 50 y 40 días desde las africanas Angola y Guinea, respectivamente. Debido al elevado número de muertes en el viaje, los tratantes tendrán un margen de 20 por ciento sobre el número de cabezas autorizadas. Pasarán más tarde al 40 por ciento cuando los decesos aumenten en forma alarmante. Llegado a Veracruz el cargamento deberá viajar otros 17 días, montados en mulas, para ser entregados finalmente en la ciudad de México. Y de allí, ya con amos, a sus destinos en toda el territorio de la Nueva España.
La Guinea se llama desde entonces el barrio donde fueron concentrados los esclavos libertos con aquella procdedencia.

Calles de la ciudad

El alcalde Gallo y Pardiñas inaugura con la solemnidad del momento la ampliación de la calle Socorro. Se desprendía de la plaza principal hasta el barrio del Rincón (hoy La Playa). La actual Benito Juárez.

Real engaño

“Yo, el Rey”. Así firmaba decretos y ordenanzas Fernando VI, soberano de España, conocido como El Justo. Informado de que el alcalde de Acapulco, Juan Eusebio Gallo y Pardiñas, “estaba a punto de colgar las alpargatas”, el monarca designa a su sucesor. El afortunado es el coronel de caballería Juan Antonio Gutiérrez de la Vega, quien se embarca hacia Acapulco calculando que cuando llegue, don Juan ya habrá pasado a mejor vida.
¡Chasco! El “muerto” recibe al sucesor designado con un alegre fandango y la alegre compañía de damas que, insolentes, le dicen “mi rey”. Será en un “cruzado” cuando el alcalde advierta a Juan Antonio que la orden real establece claramente que lo sustituirá hasta que él estire la pata. “Ya merito”, lo anima. El coronel Gallo y Pardiñas no está enojado con Fernando VI y ni por pienso lo llama hijo de puta. Está seguro que Su Majestad fue engañado sobre el estado de su salud. Al tal Gutiérrez de la Vega lo emborracha y lo manda a dormir con Zenaida, una bruja negra con fama de estar “empautada” con Satanás. Corre el año de 1746.

Volcán de Colima

La erupción del volcán de Colima, en 1754, produce en Acapulco un fenómeno harto frecuente pero en este caso dramático. Las aguas del mar salen impetuosas de su lecho para inundar las costas del Mar del Sur (océano Pacífico), más allá de legua y media adentro (unos 7 kilómetros ). Nunca se conoció el número de campesinos ahogados ni sembradíos destruidos, en cambio en el puerto fueron muchas las casas y edificios afectados.
Cuenta el cronista José Manuel López Victoria que al volver las aguas a la bahía un enorme barco quedará varado en el centro de la plaza de armas, devuelto más tarde a su anclaje con grandes trabajos. En tanto, la chiquillería jubilosa lo tomará por asalto para jugar a los piratas, ya bien conocidos por ellos.
Sobre el tsunami –que seguramente lo fue–, el cronista menciona como caso insólito el de una ola invasora que azotó las murallas de San Diego con una potencia –medida entonces–, equivalente a miles de catapultas. Para las reparaciones urgentes el alcalde Gallo y Pardiñas tendrá que contratar albañiles y carpinteros de fuera.

Revista familiar

Corre 1757 y el alcalde Gallo y Pardiñas no se rinde. El mismo 24 de diciembre pasa revista a las milicias costaneras acantonadas en el fuerte de San Diego. Acompaña al teniente general Pedro López Camaño, comandante general de las compañías militares de Acapulco.
Una milicia integrada exclusivamente por españoles compuesta por 60 hombres, al mando del capitán alférez Joseph Ximénez. Dos unidades de soldados “pardos libres”, con 278 elementos, comandadas por Feliciano Trujillo y Manuel Dorantes, respectivamente. Por su parte, el cuerpo de milicianos chinos, integrado por 262 individuos, recibía órdenes del capitán Joseph de los Ángeles. (Los “pardos libres” eran esclavos africanos libertos; los chinos eran chinos auténticos y también filipinos).

Gallo, su hora

El alcalde don Juan Eusebio Gallo y Pardiñas, coronel y caballero de la orden de Santiago, muere en la tranquilidad de su hogar el 13 de marzo de 1760, dieciséis años después de las previsiones de Felipe Rex. Su sepelio en el convento de San Francisco, acompañado por todo Acapulco, será una insólita muestra de cariño y respeto para un alcalde. El sustituto, coronel de caballería Juan Antonio Gutiérrez de la Vega, nombrado por la corona en 1744, se hará cargo de la alcaldía hasta el 6 de enero de 1761. Recibirá días más tarde el mando de la artillería de la Real Fuerza, de manos del señor Pedro López Caamaño.

Gutiérrez, puntual

La naturaleza inhóspita de Acapulco, famosa por doblegar a los espíritus más recios, lo hace con el alcalde Gutiérrez de la Vega cuando no ha cumplido aquí el año. Alguien le aconseja para sus agobiantes sopores el clima benigno de Chilapa y hacia allá viaja dejando en su lugar a López Caamaño. Allá morirá el 30 de mayo del mismo año de su arribo al poder y aquí nadie lo llorará. Tampoco nadie le quitará a la gente que había sido víctima de algún sortilegio de la negra con la que don Eusebio lo apareó.

Alonso O’Crowley

De visita en la Nueva España (1774), el escritor hispano-irlandés, Pedro Alonso O’Crowley, se adentra a Acapulco y su decepción del puerto no podrá ser mayor. Así lo consigna en su libro Una descripción del reino de la Nueva España.
“Es un pueblo pequeño, un caserío que se alinea sobre la costa. Los únicos edificios importantes que existen son el fuerte de San Diego , la iglesia Parroquial , del Convento de los Hipólitos, que es el hospital real para los habitantes , vecinos y soldados; otro Convento es el de los Franciscanos.
Las casas son de madera.
El clima extremadamente caliente, no permite su desarrollo.
La mortalidad entre sus habitantes es bastante alta.
Ningún español reside en el puerto permanentemente.
Tampoco hay prácticamente indios. La población está formada por negros, mulatos y filipinos.
Hay unas 400 familias; lo que permite suponer que el número de habitantes no debe ser superior a las tres mil personas.
Las autoridades en orden jerárquico son las siguientes:
El Castellano o Gobernador; los oficiales Reales (un contador y un tesorero) quienes controlan la oficina de auditoría o intervención; un capitán de guardia; algunos almacenistas; recaudadores y contadores impuestos por su Majestad; tenedores de libros, un cura y un vicario.
Los funcionarios mayores como son los dos primeros residen pasajeramente en el puerto; lo visitan únicamente cuando se desarrolla la feria comercial”.
Crownley, quien también es rico comerciante gaditano y coleccionador obsesivo de monedas y medallas se mete también con la economía de la Nueva España:
“La riqueza está en posesión de pocas manos, donde no circula, formando con las del estado eclesiástico una completa amortización, y se advierte la escasez en que viven muchos sujetos acaudalados, con el único fin de atesorar, debiendo vivir y gastar con proporción a sus medios, dando en ello ocupación y fruto a los pobres de quienes son administradores por constitución y proyecto Divino”.

Litografía

O’Crowley era sin duda un estuche de monerías, también sabía dibujar y de Acapulco hizo durante su estancia muchas litografías como la que ilustra esta plana.

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