Silvestre Pacheco León
RE-CUENTOS
Voy a engordar hasta que entre en edad
Fue en San Vicente de Benítez, en la sierra de Atoyac, allá por la década de los setenta. La guerrilla que levantó el profesor Lucio Cabañas y su combate por parte del gobierno provocaron infinidad de hechos violentos y dolorosos que cambiaron la vida de la comunidad.
Una de las primeras familias que abandonó sus huertas y posesiones para salvar la vida llegó como pudo hasta Zihuatanejo.
De la noche a la mañana don Federico dejó su patrimonio y la huella donde nacieron y crecieron sus hijos y sus cafetales, porque no pudieron mantenerse neutrales ni en paz en la guerra que sucedió.
En Zihuatanejo tuvieron que aprender otra forma de vida y comenzar de cero para levantarse. Para los hijos el cambio de los verdes cafetales por el azul del mar, no era favorable.
Acostumbrados como estaban a la vida del campo y al pueblo como gran familia, y al fresco clima de la sierra, les costó adaptarse al mundo urbano, al calor abrasador y a que todo mundo los mirara diferente.
En San Vicente el papá era un hombre de respeto, elegido repetidas veces como autoridad, representaba dignamente a sus vecinos y todos confiaban en él.
Su esposa, doña Oliva no era menos que el marido, pues además de ocuparse de los quehaceres del hogar y de la educación de los hijos, su trabajo extra consistía en cortar y coser los vestidos para las mujeres de la comunidad.
A poco de organizarse la guerrilla encabezada por el profesor Lucio Cabañas, sus dirigentes trataron de coptar al marido para que se involucrara en la lucha armada, pero él se negó y le respetaron su decisión.
En poco tiempo la lucha armada cambió la vida en el poblado. Las palabras como secuestro, rescate, delator, traición, ejecución, se sumaron a las de venganza y muerte por rencillas familiares, defensa del honor, hombría, valentía.
Luego vino el Ejército persiguiendo a la guerrilla, y también quiso jalarse al marido para su causa. Cuando Federico juzgó que ya no era posible mantenerse en la neutralidad tomó la decisión de abandonarlo todo para salvar a su familia.
La esposa de Federico era dueña de la única máquina Singer que había en el pueblo. A ella acudían las señoras para la hechura de sus vestidos que le encargaban con tiempo, para estrenar en las fiestas del pueblo.
Una de sus clientas asiduas era Margarita, mujer delgada y madura a quien de veras le gustaba estrenar vestidos para las fiestas. Ella era viuda y su hijo único, guerrillero.
Cuando el guerrillero llegaba al pueblo toda la familia de Federico se enteraba, pues aunque no eran vecinos, la mamá del guerrillero solía visitar la casa de doña Oliva en la oscuridad de la noche, llamándola con un grito quedo que se oía en toda la casa.
–Oliva, vengo a que me regales una jícara de nixtamal para hacerle la tortilla a Carmelo que acaba de llegar.
Cuando alguna fiesta se acercaba, la mamá de Carmelo llegaba a la casa de la costurera con su corte de tela bajo el brazo.
–Oliva, traigo un corte de tela que me gustó para que me hagas un vestido, pero quiero que me tomes bien las medidas para que no me quede guango ni zancón.
Acuérdate que soy flaca todavía y lo quiero entallado, y así será mientras sea joven, ya engordaré cuando entre en edad.
¿Don Procopio, cómo come usted?
Su nombre era Procopio, pero todos en el pueblo lo conocían como don Copio. Era un hombre trabajador, educado y respetuoso, acaso analfabeta.
Durante años su casa era de las pocas que contaba con una radio que, aunque se escuchaba poco, por las noches entretenía a la familia descifrando lo que el locutor decía entre ruidos y zumbidos del aparato.
Durante un tiempo la radio de don Procopio guardó silencio entre la admiración de los vecinos, y coincidió con la época en que la señal llegaba nítida, sin ruidos ni chillidos, y todos se preguntaban la razón del silencio.
Doña Chenta que era la esposa explicó el hecho:
–Copio se asustó porque un día que nos sentamos a comer se le ocurrió prender el radio que se oía clarito como nunca, y justo cuando iba con el primer bocado oyó en el aparato una voz fuerte que preguntaba:
–Don Procopio, ¿cómo come usted?
Era un anuncio que se escuchaba en la radio, pero don Procopio se asustó de veras porque después confesó que no entendía otra manera el funcionamiento del aparato, creía que dentro de él estaban las personas que hablaban.
Cuando escuchó que lo nombraban y le preguntaban cómo comía, confirmó su creencia de que las personas estaban ahí. Eso lo asustó.
Le costó trabajo a don Procopio convencerse de que la radio no tenía nada de magia para volverlo a encender.
Años después se pusieron de moda las copias fotostáticas. Les decían fotocopias, luego copias.
En el pueblo no faltó el chistoso que con la moda de las copias puso apodo a la mujer de don Copio. Doña Chenta supo del apodo o mal nombre cuando una tarde mientras amasaba la harina para el pan, llegó hasta su casa una niña que iba de “presto” con un papel en la mano.
–Quiero una copia.
–Aquí hacemos pan, no copias
–La señora de la esquina me dijo que viniera con la esposa de don Copio.
PD. El domingo 19 de abril, a las 5 de la tarde, en el marco de la Tercera Feria del Libro Guerrerense, comentaré el libro de Víctor Cardona de Atoyac, Vientos de la Costa a la Sierra, en la Casa de la Cultura de Zihuatanejo.
El lunes 20, a la misma hora, y en el mismo lugar, presentaré mi libro La lucha de los campesinos ganaderos de la Costa Grande, editado por Conaculta y será comentado por Paul Medrano.
El miércoles 22 la presentación de mi libro será, a la misma hora, en la Casa de la Cultura del Pueblo Guerrerense, en Chilpancingo, y lo comentará Suzana Oviedo Bautista.
Agradeceré a todas y a todos su asistencia.
PD2. El martes 14 de abril de 9 a 10 de la noche, en el programa semanal del Consejo Local del INE, CiudadanXsGuerrero, junto con la maestra Elia Moreno, entrevistaremos en RTG, a candidatos a diputados federales del PRI-PVEM, PRD-PT y PAN. Usted podrá interrogarlos vía telefónica. Si puede, véanos.
Correo: [email protected], twitter, SilvestrePL, páginas web, www.costalibre.org, www.ciudadanoguerrero.org.




