Arturo Solís Heredia
Canal Privado
*Follow the money
Como sé lo chocosa y enmuinante que suele ser la frasecita, antes de decírselas aquí, aguantadores 72 lectores ya certificados de su seguro escribidor, les ofrezco una disculpa. Ya ofrecida, con su venia, les digo: se los dije.
No me dejarán mentir, y díganme si lo hago, al recordar que la semana pasada en este espacio les advertí que el debate sobre la ratificación de Rogelio Ortega como gobernador sustituto, tristemente sería inútil y estéril si los debatientes no ofrecían un análisis serio y argumentado de los éxitos y fracasos del gobierno interino, y al menos un esbozo del camino y destino que necesitamos trazar para Gue-rrero.
La neta, sin pena que de aquí no sale, ¿cuál es la idea principal que les dejó el debate?, ¿a poco no fue el asunto de la lana? O la que unos decían: que el gober les dio un billete y que los diputados la recibieron para ratificarlo; o la que decían los otros: que los diputados le pidieron un billete, y que el gober se los dio para que lo ratificaran.
Sepa la bola quiénes eran más o menos, o si son más los que creyeron una, o menos de los que creyeron la otra. Lo único que sé es que la enorme mayoría se quedó con una idea básica: “hubo lana de por medio”.
Tristísimo legado al de por sí choncho legajo de historias parecidas que refuerzan las mismas ideas en la conciencia colectiva: los medios y los fines de la lucha por el poder político comienzan y terminan en el presupuesto público (la marmaja, el billelle, pa’ decirlo con justa vulgaridad); todos, o casi todos los políticos son corruptos, tienen precio, cojean del mismo pie, le entran o se hacen ciegos, sordos o guajes; más trompudos unos que otros, pero todos cuches.
Follow the money, susurra en la penumbra de un estacionamiento subterráneo la voz gutural de Deep Throat (Garganta Profunda), a un ojiabierto Robert Redford, en una escena de la película Todos los hombres del presidente (All the president’s men, 1976), la cinta de Alan J. Pakula sobre el escándalo Watergate que provocó la renuncia de Richard Nixon, descubierto por los reporteros de The Washington Post, Carl Bernstein (Dustin Hoffman) y Bob Woodward (Redford), de quienes Deep Throat fue informante principal.
Deep Throat: Sigue la pista del dinero (Follow the money).
Bob Woodward: ¿Qué quieres decir? ¿Dónde?
Deep Throat: ¡Oh!, eso no te lo puedo decir.
Bob Woodward: Pero me puedes decir algo.
Deep Throat: No, tengo que hacerlo a mi manera. Tú dime lo que sabes, y yo lo confirmo. Te mantendré en la dirección correcta si puedo hacerlo, pero es todo. Sólo… sigue la pista del dinero.
Desde ese año, Follow the money comenzó a usarse frecuentemente por policías y periodistas como regla para trazar las principales líneas de investigación de crímenes y reportajes, así como en debates políticos; obvio, la frase también se volvió común en películas y seriales televisivos policiacos y políticos.
En un episodio de The Wire, serie producida por HBO acerca de policías y políticos coludidos en el narcotráfico, el detective Lester Freamon usa la frase para explicar la dificultad de investigar al crimen organizado: “Si sigues la pista de las drogas, te lleva a los adictos y a los vendedores. Pero cuando comienzas a seguir la pista del dinero, no sabes a dónde chingados vas a parar”.
Hoy, la frase aplica sin fronteras, porque las pasiones y ambiciones que desnuda no son exclusivas de policías y políticos gringos, sino propias de la naturaleza humana. La bronca para nosotros, humanos mexicanos, es que mientras los gringos no creen que todos sus policías y políticos siempre son corruptos, ni que en todos sus conflictos y debates siempre hay lana de por medio… la mayoría de los mexicanos sí.
Por eso, volviendo a la idea principal que dejó el debate, prefiero pensar que nadie pagó ni cobró nada, quiero creer que nadie ofreció ni aceptó nada. Prefiero y quiero, porque si pienso mal, no me gustaría nada acertar.
Prefiero pensar y creer que el gobernador y los diputados dicen la verdad, que ni él ni ellos pervirtieron con dinero una decisión que sólo debía obedecer el interés y el bienestar de la mayoría.
Y es que, neta, sin pena que de aquí no sale, no me dejarán mentir: aunque es cierto que el gobierno de Ángel Aguirre ha sido el más acusado y señalado por muchos sectores y ciudadanos de corrupción y mal uso de los dineros públicos, también es cierto que el meollo de las críticas no era haber sido deshonesto, sino haber sido más deshonesto que los anteriores.
Por eso, a más de 40 años de la susodicha frase, la bronca es que para los gringos la influencia del dinero en la política sigue siendo un problema, para no-sotros, se ha convertido en casi una norma.
Por eso, lo de verdad tristísimo será que la tragedia de Iguala y el gobierno ciudadano de Rogelio Ortega, no sean padres de un paradigma virtuoso, y verdugos del vicioso.
Depende de todos que lo sean.
De los políticos y sus partidos, para elevar la calidad y la altura del debate de la agenda pública; para buscar más los acuerdos y consensos, y menos los opuestos, y entender que si entre ellos no confían, los ciudadanos nunca confiarán en los políticos.
De los ciudadanos, para no engancharse en la grilla de los políticos, para no creer en todos los rumores de corrupción, para exigir cuentas públicas, organizarse y participar más en los asuntos de gobierno, y entender que si ellos no cambian, menos cambiarán los políticos.
De los periodistas y sus medios, para tampoco engancharse en la grilla política, para cubrir e informar más y mejor sobre los temas sustantivos de la agenda, y menos y peor los adjetivos, para imprimir menos declaraciones y más investigaciones, y entender que si la sociedad se interesa y participa más en los asuntos públicos, ellos tendrán más lectores.
De todos, sin excepción, depende el cambio de paradigmas, para demostrar que los guerrerenses somos de veras ese pueblo valiente y bravo, capaz de luchar y derrotar enemigos, pero también prudente y sincero para reconocer culpas propias, y entender que si no somos capaces de unirnos por causas colectivas, seremos de nuevo y sin remedio, el peor de nuestros enemigos.




