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Eduardo Pérez Haro

De elecciones y política  para el cambio democrático (6)

Para Abraham López Gutiérrez.

La población se indignó con el gobierno de Enrique Peña Nieto por el crimen de los normalistas de Guerrero y las complicidades de las autoridades, ante los excesos del glamour de la familia presidencial y su indisposición ante los cuestionamientos al régimen; pero se extendió el cuestionamiento a las fuerzas armadas y de seguridad, y ahora alcanza a las elecciones como institución; lejos queda de ser creíble como vehículo de cambio. Las campañas están desprovistas de contenido en una clara reafirmación de la falta de relación de los partidos políticos con los problemas de la gente, con sus dinámicas, con sus lenguajes y sus sentimientos. No son partidos políticos que reúnan liderazgos, sino que construyen sistemas de promociones por dedazo, incondicionalidad y servilismo a las cúpulas de los dirigentes burocráticos, por encima de la gente a la que acuden con métodos clientelares para enganchar adherencias, una modalidad que inauguró el PRI al desvanecerse el corporativismo eficaz, y que los partidos de derecha e izquierda le aprendieron, a veces hasta superarlo, aunque al contar con menos dinero se volvieron carroñeros. Mas eso es lo de menos, pues ahora se muestra la presencia del crimen organizado, que ya no son traficantes de drogas sino que se han convertido en poderes paralelos en el control de territorios, cargos públicos y negocios ilegales varios, y no serán pocos los de condición legal pues movilizar decenas de miles de millones de dólares no se puede hacer en circuitos informales cuando las operaciones comerciales están bancarizadas, y digo mezcla ante la serie de candidatos asesinados que no lo han sido por diferencias ideológicas sino por el choque de intereses.
Éstas son las elecciones frente a las cuales el INE se desgarra en sus promocionales para decir que el voto sí cuenta. ¿Y por qué aclararlo?, ¿qué acaso no cuenta? ¿o alguien sospecha algo además del INE, que las elecciones no son transparentes?, vuelvo a preguntarme. Y si alguien lo pone en duda además del INE, o nos dice que no es correcto vender el voto, válgame pues, ¿acaso alguien lo vende o acaso alguien lo compra? Sobre estas bases, las elecciones son vehículo de cambio, son creíbles, son confiables, y si no lo son ¿por qué nos cuesta trabajo entender que la gente no quiera ir a votar?
¡Ah!, claro es que no votar es intrascendente y le deja el camino abierto al PRI para que construya su mayoría parlamentaria y sin ninguna oposición pueda acomodar sus leyes secundarias para poner a modo las reformas estructurales que, de suyo, han sido diseñadas en favor de los grandes capitales, o que filtre el nombre de funcionarios directivos de los órganos ciudadanos, y sin consideración alguna sobre los trabajadores y la población nacional; mas ello es, en las condiciones establecidas, una ilusión que ha hecho de la oposición un negocio que, a bajo precio se ha entregado al contubernio, que le resta tiempo y dinero al PRI, pero que no lo inhibe y mucho menos lo impide. La disyuntiva entre presidencialismo y partidocracia no existe, sólo hay presidencialismo con partidocracia barata o menos barata, Morena no está en el alineamiento y el contubernio, pero tampoco está en el movimiento social, y la inconformidad de la población con el régimen está en su inconformidad y en su discurso justiciero, pero es el suyo, no es en esencia diferente de los métodos de la construcción del capital político respecto de los que conforman la partidocracia, pero este tema ya lo abordamos en nuestra entrega anterior, sólo cabe señalar que no es por hoy el partido que se requiere y no lo digo por la pobreza del discurso de AMLO, que la tiene, sino por la deformación de origen en su construcción y su desapego de las oleadas del movimiento social, en sus diferentes manifestaciones estructurales y de coyuntura, y la inconformidad de las personas que, como he señalado, ya está en los hogares.
El voto de los inconformes por algún partido de oposición sólo ha creado partidos verticales y antidemocráticos, como consecuencia de sus negociaciones, favoreciendo nuevas burocracias sin ningún beneficio respecto a la necesidades y demandas fundamentales de la gente, por más que haya algunos puntos con los que los analistas y miembros de la misma clase política se ufanen de que hay avances, que no los niego pero cuya significación es asimétrica respecto de los asuntos esenciales que no avanzan, sino que retroceden. Pero más aún, su existencia confunde, mediatiza y, lo que es peor, legitima. O para qué están el Verde, Encuentro Social, Nueva Alianza y el Humanista, acaso no son creaciones y recreaciones del poder del PRI, principalmente, y el PAN y el PRD los alfiles consentidos de la estratagema del poder real que es el poder económico, y ahora a la vez político, y ahora a la vez legal e ilegal.
Cuando la sociedad, en varios de sus segmentos y estratos de clase, se harta y se pronuncia, no vive una confusión sino un coraje que no por ser subjetivo carece de argumento y sentido, que no por no expresarse a la manera de un discurso articulado o no, por ser de facto un partido político, es un hecho intrascendente, pues esas personas son las bases potenciales de los movimientos; sólo que ahora son eso, una sociedad harta e inconforme, pero es una sociedad tomando posición frente a los hechos; sin embargo, los pregoneros del cambio democrático quedan atrapados en los estereotipos, sin los cuales no se reconocen como tales, pero estas condiciones de la gente inconforme pueden consolidarse en expresiones políticas, como las de los miles que salieron a las calles por los normalistas de Ayotzinapa y que pusieron de cabeza al Presidente y las instituciones de seguridad, como la misma Secretaría de Gobernación y la PGR, que hoy gozan de gran descrédito internacional, y que esperan reponerse con “unas elecciones muy votadas y sin oposición”, porque no la hay.
Es a partir de esta crítica de la sociedad nacional en sus segmentos más despiertos y en la confirmación de que no se equivocan en sus cuestionamientos, y en el desdén a las elecciones, que se pueden abonar los procesos de movilización bajo nuevas formas que logren ejercer una presión tal, que los cambios legislativos e institucionales que se precisan para la elección de representantes auténticos se lleven a cabo. Los cambios para la democracia no vendrán de la negociación de la partidocracia, sino de la movilización social que ya ha colocado el descredito del Estado mexicano en el plano internacional y que, sin duda, le debilita y le acota sus márgenes de maniobra, y que es ahí donde el movimiento social en el ciberespacio y la calle, en los foros y en los medios, muy definidamente en los medios de comunicación, puede perfilar los cambios básicos para emprender nuevamente los procesos por la democratización y la colocación de los asuntos de fondo para el desarrollo con la incorporación de las exigencias sociales de primer orden, que no se reducen a la lucha contra la pobreza sino que representan la realineación de las condiciones del desarrollo capitalista, y las libertades para el despliegue de la ciencia y la cultura como ámbitos, recintos y espacios del desempeño creativo.
A la manera en que ya han expresado algunos analistas, hay que repensar la democracia, hay que conformar de otra manera nuevos partidos políticos, hay que innovar o impulsar formas de lucha que ya se expresan con mayores alcances, hay que poner sobre la mesa los contenidos de la discusión contemporánea, hay que reconocer en su verdadera dimensión las necesidades y demandas sociales, empero, todo ello y los cambios institucionales se tendrán que hacer con la movilización de la gente informada y dispuesta, y no con la partidocracia subordinada y complicitada.

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