Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Rogelio Ortega Martínez

Guerrero en estos días

(Cuarta parte)

Hoy abusaré de la paciencia de mis cuatro lectores (aunque capaz que ya solo quedan tres, recuerden que uno reclamó aquí mi devoción por la mitología griega), para tratar varios asuntos.
El primero, porque creo que es el de mayor importancia, además de dar continuidad al artículo anterior y tiene que ver con el desafío de la igualdad en el siglo XXI. Recuerden: la desigualdad es la gran piedra que oprime a nuestro cuerpo social y le impide respirar con la intensidad requerida para la reconstrucción del tejido vital y para la creación de sólidas bases de convivencia. El libro de Thomas Piketty al que hice referencia somera en la entrega anterior (El capital en el siglo XXI) muestra que cuando el retorno de los beneficios de las elites es mayor que el crecimiento económico, la desigualdad se incrementa. Algo de esto deben saber los caciques guerrerenses.
Y eso es lo que ha venido ocurriendo desde los años 80 en el llamado mundo globalizado, cuando se pusieron en marcha los primeros experimentos, a cargo de los gobiernos de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, en lo que luego acabaría llamándose neoliberalismo. Descontrol absoluto de las ganancias y los salarios de los altos ejecutivos, que cobran 40 veces más que sus antecesores de los años 70 del siglo pasado, sin ser 40 veces más productivos. Incremento del patrimonio de los más ricos y de los beneficios asociados con ellos, superando los índices de crecimiento económico y, por tanto, incrementando la desigualdad.
Las propuestas de solución han sido muchas, como corresponde a la intensidad del problema. Desechada ya la opción de Procustes El Estirador, algunas iniciativas tienen mayor calado que otras. El propio Piketty ha propuesto una especie de impuesto mundial sobre el patrimonio. Claro que desde Guerrero sobre eso poco podemos hacer. Pero sí podemos actuar en un ámbito en el que todo el mundo, Piketty incluido, está de acuerdo. Y no es otro que el ámbito de la educación.
Si simplificamos mucho, la educación no es más que la relación, en buena manera unidireccional, entre quien tiene conocimientos y quien carece de ellos o tiene otros distintos que los de su educador. A veces sofisticamos mucho las cosas, y le damos mil vueltas. Pero volvamos a Atenas (y esta vez sin mitos, que dejaremos para la próxima entrega, ya ven que luego se enoja mi crítico y regañón dueño de la verdad absoluta),  y miremos a la Academia, que por ese entonces no sería mucho más que cuatro piedras para sentarse y dos olivos tras sombra. Allí estaría Platón enseñando y Aristóteles aprendiendo. Y vaya con qué resultado.
Podemos poner toda la tecnología que queramos, pero la clave, como en Atenas, está en los docentes. Compleja simbiosis, educador educando, complejo binomio, en el que el educador debe ser educado y el discípulo superar al maestro. El educador es el maestro, el de las grandes luces, el alumno es el que no tiene luces, pero asiste a las clases magistrales para ser iluminado, para adquirir y dar luz, para brillar en la oscuridad; para interactuar y juntos construir nuevos conocimientos, nuevos saberes, nuevas reflexiones y nuevos comportamientos. He ahí la gran trascendencia del quehacer educativo. Liberador, desenajenante.
Los mexicanos tenemos una visión ambivalente o contradictoria respecto de los maestros. Por un lado, y como hemos constatado días atrás, al celebrarse su día, vemos en ellos el brillo de la historia patria, desde el Calmecac de nuestros tlatoanis, pasando por la Universidad Pontificia, los Institutos Literarios y la nueva universidad de Justo Sierra, donde la verdad no se impone como dogma, porque se investiga; con grandes próceres, desde los liberales y federalistas como Abad y Queipo e Hidalgo, Gómez Farías y José María Luis Mora, hasta Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano. Luego, el resultado de los mejores esfuerzos del régimen posrevolucionario, de su también mejor época, la herencia de Justo Sierra y la obra de Vasconcelos, junto a la del general Lázaro Cárdenas y su empeño en llevar la educación a los más remotos lugares con Bassols y Torres Bodet. Y luego, la era de la rebelión magisterial con Othón Salazar y Rubelio Fernández (“No somos apóstoles ni misioneros, somos asalariados”). Y surgió el Movimiento Revolucionario del Magisterio y la insurgencia sindical en la sección 9 del SNTE en el DF.
Así surgieron las otras caras del magisterio. Desde el maestro alcoholizado, bohemio, irresponsable o abusador de su entorno; el líder social y magisterial, el gran gestor, el luchador social y guerrilleros emblemáticos: Genaro Vázquez, Arturo Gámiz y Lucio Cabañas. Por otro lado, hay maestros que muestran una cara poco amable con su accionar público, beligerante en plantones, manifestaciones, bloqueos de carreteras, exigencias y reclamaciones, muchas justas y otras no tanto. Tenemos, en el cine, al lamentable e incomprendido Simitrio; al entrañable Cantinflas en El Profe, o a Sidney Poitier en Al maestro con cariño. Veneradas maestras y maestros en himnos, loas, odas y elegías.
Todo ello me lleva a preguntarme ¿cuáles serían las causas de unos resultados globales en educación que no se corresponden con otras dimensiones de nuestro país? No puede ser que México sea la 14 economía mundial medida por el Producto por Habitante (PIB) y ocupemos el lugar 53 en calidad educativa (en concreto, 55 en ciencias, 53 en matemáticas y 52 en lectura). Y no, no se vale argumentar que el país es muy grande, o que somos muchos los mexicanos. En el mismo ranking de calidad educativa nos superan países como Vietnam, que está en el puesto 17 en calidad educativa y en el 57 en producto por habitante.
Lo preocupante es que no se trata de recursos, al menos vistos en bruto. Según el Banco Mundial, en México el gasto en educación respecto del Producto Interno Bruto equivale al 5.1, una cifra mayor que la de Alemania (5.0), igual a la de Argentina y menor a la de Vietnam (6.3). Y estos tres países tienen mejores resultados educativos que nosotros. O sea que algo pasa. Se puede hacer más con lo mismo o menos como Alemania y Argentina; y se puede hacer bastante más con un poco más, como Vietnam.
Si convenimos en que la enseñanza es el arma más poderosa contra la pobreza y contra la exclusión social y la desigualdad, creo que deberíamos dedicar nuestros mejores esfuerzos colectivos para incrementar la calidad de nuestra educación. Concluidos los fervores electorales, llamaré a la búsqueda de un Pacto por la Educación en Guerrero, como resultado de un gran congreso internacional, con mesas temáticas por niveles y especialización, al que acudan todos los grupos e instancias relacionadas con la educación para, en conjunto, reflexionar sobre las carencias de nuestro sistema educativo y las posibilidades de mejora en el marco de las limitaciones que tenemos. Y también, para elaborar propuestas a la Federación en aquello que le compete. En paralelo, presentaré al Congreso de Guerrero una reforma del Título Décimo Segundo de nuestra Constitución, relativo a la Educación Pública, de modo que se consagre en nuestro máximo texto legal un artículo en el que se establezca la obligación constitucional por parte del Estado, de dedicar un porcentaje fijo –y elevado– del presupuesto anual a la educación.
No es una ocurrencia sin fundamento. Se ha hecho en otros lugares con excelentes resultados. Quizás el caso de mayor éxito sea Costa Rica, un país con apenas 51 mil kilómetros cuadrados de territorio, más pequeño que Guerrero, que tiene 64 mil. Costa Rica con 5 millones de habitantes, Guerrero con 6 millones, pero 3 viven fuera de nuestro estado. Costa Rica es uno de los países con mayor calidad democrática, mayor desarrollo humano y uno de los más igualitarios, pese a algunos retrocesos recientes. Es obvio señalar que la relación entre gasto educativo y calidad de vida democrática no es automática, y que históricamente han intervenido otros factores, pero también es obvio que sin ese empeño en mejorar la calidad de su educación, Costa Rica no estaría donde está. De igual manera, que consigamos por obligación constitucional fijar un mínimo de recursos para la educación no tendrá efectos de un día para otro, pero lo que es seguro es que si no incrementamos la inversión educativa no saldremos de nuestro rezago ancestral.
Y ahora,  les platicaré de las mil y una maneras de mover piedras. Me ha llegado el texto inédito de un ensayo histórico de un autor novel, amigo, que ha sistematizado los mecanismos usados en la historia para los movimientos de piedras, desde aquellos imponentes llevados a cabo a las órdenes de Pericles en la construcción del Partenón o los más livianos, los de los guijarros que iba arrojando Pulgarcito para saber cómo volver a casa, o las que arrojan contra los edificios públicos los manifestantes enardecidos por tantos agravios.
Y hay piedras cuyo peso es metafórico, pero cómo pesan. Las de la Tecampana, en Teloloapan, las protestas y reclamos injustos, los plantones, los bloqueos, los incendios, todos, quizá pesan más que la del pobre Sísifo, o, para ser exactos, su peso no es mensurable en una báscula. Pero de que pesan en la convivencia social de Guerrero y de México, pesan. Y para removerlas no viene al caso echarse la piedra al hombro y subir la cuesta. El recurso no es solo la fuerza para cargar con ella, sino otras cosas. Paciencia, por ejemplo. Sensatez y mesura a la hora de conversar y escuchar mucho lo que dicen todas y todos los liderazgos sociales, lo que profesan, lo que reclaman, lo que solicitan, lo que exigen. Predisposición al acuerdo, pero firmeza también cuando lo que se pide no es razonable o más aun: imposible de cumplir. Y hablar, hablar, hablar. Y, si llega el caso, volver a hablar, pero sobretodo: hacer, hacer, hacer y cumplir. Todo esfuerzo es poco para intentar coadyuvar a la armonía colectiva, a recuperar la confianza social en las instituciones, en la política como vocación de servicio, en las elecciones para renovar en paz los poderes públicos, en el diálogo como método eficaz para construir acuerdos positivos.

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