Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Arturo Solís Heredia

Canal Privado

* Casa Guerrero: el debate que viene

Por un error de este su seguro escribidor, la columna de antier se publicó incompleta, cuando apenas terminaba de describir los detalles del proyecto de convertir a Casa Guerrero en el eje de un complejo cultural de poco más de 100 hectáreas.
“Hasta aquí el resumen del proyecto en cuestión”, seguía la susodicha columna, que gracias a la hospitalidad del direc de El Sur, concluyo este viernes.
Sobran motivos y justificaciones para simpatizar con un proyecto de intervención y sutura urbana, para devolver la ciudad (un poco al menos, una zona para empezar) a sus habitantes.
Un proyecto para hacer la ciudad mas habitable y armónica, con espacios abiertos de convivencia colectiva sana y funcional, con oportunidades culturales para ejercer ocio y descanso lejos del consumo y las plazas comerciales.
No para rechazar desarrollos económicos como la ciudad de los servicios, pero sí para buscar un balance entre esa y otra ciudad alterna, más sensible e inteligente.
Pero no faltan tampoco motivos y justificaciones para estar en desacuerdo con la idea. Como mi respetado político querido amigo mencionado al inicio.
La obvia de sus discrepancias, la seguridad.
Pos sí, pensé luego de caerme el veinte. Todos los gobers mexicanos, gringos y anexas, viven en residencias oficiales construidas para el efecto. Por seguridad, sí, sobre todo en zonas críticas como la nuestra. Pos cómo no, imagínense lo expuestos que estarían nuestros pobres gobernadores a las amenazas de ciudadanos inconformes, si vivieran en una vecindad cualquiera.
Por eso la residencia oficial, la barda, la guardia, los autos blindados, la valla, la distancia… para separarse de la gente, para protegerse de la gente.
Pos sí, pensé, pero tons pensé que por qué piensan eso, si hasta el presidente Peña Nieto asegura que “no es posible gobernar un país, ni trazar políticas en pro del bienestar si no se escucha a su gente. Si no se le siente y se le toca” (febrero 2015, en Mérida). Claro, dudo que quiera mudarse de Los Pinos, que de modesta no tiene nada
Pero no todos los mandatarios viven en Palacios. Los británicos, por ejemplo, son más congruentes en eso de la cercanía con la vida de sus gobernados. En contra de la creencia popular, el primer ministro británico no vive en el 10 de Downing Street, que de por sí es una casa normalona. Como ya hicieron sus predecesores en el cargo, tanto los Blair como los Brown, David Cameron y su mujer prefirieron instalarse en un apartamento de cuatro dormitorios ubicado en el 11 de esa misma calle, algo más pequeña que la residencia oficial, la que ha sido cerrada en varias ocasiones y de la que han planteado su destrucción en otras tantas debido a su costoso mantenimiento.
La polémica salpicó a los Cameron recientemente, especialmente a su esposa Samantha, tras realizar unas obras en el apartamento del número 11, para instalar una cocina más moderna, cuyo costo se negaron a revelar. Las críticas desde la oposición no tardaron en aparecer, alegando que el matrimonio vive ahí “de manera temporal”.
Por su parte, la canciller alemana Angela Merkel siempre tuvo claro que no abandonaría su vivienda en el centro de Berlín, si llegaba algún día a dirigir Alemania. Y así fue. Cuando el 22 de noviembre de 2005 los alemanes la eligieron como su máximo representante político, Merkel continuó viviendo en su departamento, ubicado frente al famoso Museo Pérgamo, en la berlinesa Isla de los Museos.
Y qué decir del ex presidente uruguayo, José Mujica. Al asumir su cargo, en vez de trasladarse a la residencia presidencial en las avenidas Suárez y Reyes, Mujica y su esposa decidieron permanecer en su casa, en la que vivían (y viven) con gran austeridad desde hace décadas, en una pequeña finca rural donde se dedicaron al cultivo de flores como actividad económica, lo cual implicó agregarle mejoras en materia de seguridad y comunicaciones.
Para algunos, sin embargo, los inmuebles tienen una importancia simbólica que fortalece la gobernabilidad democrática. Y conste que hablo de residencias presidenciales, no de gobernadores, porque en estos casos la defensa política es más endeble.
Sobre todo cuando pensamos en el criterio de los británicos a la hora de declarar la casa en el número 10 de Downing Street como residencia oficial: “debe reflejar el modo de vida del británico promedio”.
Si aceptamos el criterio como políticamente correcto, Casa Guerrero es indefendible, pues rebasa incluso el promedio de vida de los guerrerenses ricos.
Pero no pretendo ser grosero, induciendo la opinión de los lectores sobre este tema, que seguramente será debatido con amplitud después de las elecciones, cuando el gobernador Ortega envíe al Congreso local la iniciativa de derogar el decreto de casa Guerrero como residencia oficial, y declararla centro cultural.
Pero sí pretendo que, cuando llegue ese debate los guerrerenses estemos informados lo mejor posible, particularmente los de Chilpo, para hacerle sentir a los diputados cuál es la respuesta de la mayoría a una pregunta sencilla: ¿queremos vivir en una ciudad mejor, con mayor calidad de vida, aunque los gobernadores vivan en una casa más sencilla?

[email protected]

468 ad