Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Vite

La tradición en sí mismo

(Segunda de dos partes)

William Gaddis empieza su andanada literaria con Los reconocimientos, en 1955. Novela de asombrosas dimensiones que, visto en retrospectiva, coloca la piedra de una catedral iconoclasta, la de los narradores estadunidenses de la segunda mitad del siglo XX. Da cuenta de la histeria, pero narrada desde un punto de vista irónico, burlesco.
El novelista toma como eje de acción la vida de Wyatt Gwyon, un genio para hacer falsificaciones pictóricas, y con la idea de la reproducción del mal en la cultura nos muestra la endeble pose de los bohemios, fermentada por los clichés del artista que deriva en una vago sin ideas, un plagiario que se nutre estéticamente en los cocteles; no lee, sin embargo, trata de consumar sus proposiciones artísticas de la manera mas cómoda: haciendo escándalos, porque en eso consiste el espectáculo, en crear ruido.
Gaddis inaugura una pista a seguir en la literatura justamente por sondear lo absurdo de un comportamiento megalomaniaco, como el gringo; es decir, no hay motivos para sentirse inseguro en un país que, pensando de manera capitalista, se encuentra en la aún próspera abundancia, pero lleno de copias. Y tomar la reproducción a manera de credo es justamente el hecho que detona la insaciable inconformidad con uno mismo, pues se es mediante el exacto parecido al semejante, pero no basta creerlo, sino presumirlo. Gaddis comprendió que un país amueblado por las copias es el símil idóneo para explicar la obsesiva búsqueda de la originalidad.
Los personajes de Los reconocimientos deambulan por las páginas sin tener una descripción corpórea exhaustiva; hablan mucho, practican el diálogo escénico y se adentran, aprovechando las fisuras en la piel de un continente literario, en la ironía, en el abuso a los inocentes, los que aún confían que tanto la literatura como el catecismo van a poner en cintura a los malosos, tanto de la literatura como de la vida. Pero no. Gaddis nos advirtió que la publicidad y la noción de consumo terminarán por degradar la expresión humana (pintura, cine, escultura, teatro, danza, arquitectura y literatura). No en el sentido inocente de cambiar el valor por el precio, sino en el aspecto que realmente duele: trastocar el sentido del goce estético para sustituirlo por el del espectáculo. Esa es la herida más profunda del libro de Gaddis. El autor no invierte mil páginas reproduciendo la piedra angular de su credo literario (Ulysses), sino que retoma desde el punto en el que James Joyce dejó la narrativa y con los mismo recursos (monólogo interno, diálogos, descripciones exhaustivas, manejo espectacular del tiempo) revistió el monumento llamado Los reconocimientos, un titulo que deriva —pensemos que Gaddis está obsesionado con la noción de la duplicidad— de Reconocimientos clementinos, una novela religiosa, atribuida al papa San Clemente I, porque la noción de la duplicidad en Los reconocimientos va más allá del arte, sondea las profundidades religiosas de varios cultos y el protagonista descubre en ellas la terrible compresión de que uno de los dioses es la reproducción, no el original, pero están tan bien cimentadas que no hay manera de saberlo, salvo internándose en los rituales de sanguinarios de la fe.
Insisto: Gaddis usa las mil 300 páginas de la novela para confirmar que la apuesta literaria para los anglosajones ya no puede ser el realismo. Todo escritor, después de James Joyce, entiende que hacer una novela requiere de seguridad en sí mismo, de ego, porque ese libro debe ser ambicioso, buscará un aporte literario mucho más allá de la buena voluntad de sus personajes y de la anécdotas en torno a ellos. A estas alturas del partido, no hay forma de volver a lo ya escrito, esa fue la proposición de Gaddis e hizo de la reproducción la vía para comprender su tiempo, para criticarlo y, específicamente, para dotarlo de importancia estética. Es normal que un país con tanta copia genere la sintomatología de un mal que no obedece al cuerpo, sino al capital simbólico de la existencia: la histeria. Por ello, Thomas Pynchon, en su novela más corta, La subasta del 49, reproduce el terror sicológico de los Estados Unidos al final de la segunda Guerra Mundial. La inminencia de un ataque se calcó incluso en la literatura, pero con cinismo.
Con La broma infinita, David Foster Wallace recobra el tono más histérico de su obra, no sólo para mostrarnos una de las preocupaciones de Gaddis, el temor de ser uno mismo, no en comparación con el otro, sino en la verdadera coyuntura de aceptar, como bien dijera Wallace, “la primera pesadilla lejos de tu casa y de tu familia, tu primera noche en la academia, todo eso ha existido siempre: el sueño es que te despiertas de un sueño profundo, y te sientes abrumado por la sensación imprevista de que a tu lado hay una destilación de mal absoluto en esta residencia desconocida”.
En un texto de más de mil páginas hay algo que quitar. A Los reconocimientos le vendría bien 100 páginas menos, sobre todo en los excesos descriptivo de las fiestas, pero el libro es una piedra fundacional, después de esta novela: la literatura requiere de un artefacto mucho más histérico que la existencia misma.

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